Contra el rebaño digital

Debate.
Barcelona (2011).
255 págs.
19,90 €.
Traducción: Ignacio Gómez Calvo.

TÍTULO ORIGINALYou're not a gadget: A manifesto

En los últimos años abunda la literatura ocupada en el análisis de los efectos sociales y culturales de la llamada realidad virtual. Pues bien, el padre de esa noción se llama Jaron Lanier (Nueva York, 1960) y su ensayo Contra el rebaño digital es uno de los más sugerentes generadores de debate en los ya de por sí animados foros que analizan la revolución digital.

Lanier desarrolla el argumento basilar de su obra desde una sencilla afirmación: lo importante de una tecnología es cómo cambia a las personas. Quien se pregunta esto es el inspirador del ingenio Second Life (ver Aceprensa 11-07-2007), aquel fallido mundo en el que habitaron los primeros avatares virtuales de seres humanos reales. Lleva años implicado en la creación de gadgets digitales, algunos de los cuáles están plenamente implantados y extendidos en el acontecer diario de sociedades tan distintas como la japonesa o la brasileña. Por eso es tan interesante que un autor así se decida a hacer una inquisición humanista de la creación tecnológica.

“Si blogueo, twitteo y wikeo todo el tiempo, ¿cómo afecta esto a lo que soy?”. Una pregunta tan retórica como interesante, sin duda. Pero nada innovadora: otros se la han hecho y han analizado alternativas respuestas (ver Aceprensa 23-03-2011). Lanier dice que esta debe ser -y cada vez más en un mundo que incorpora masivamente y a un ritmo vertiginoso nuevas tecnologías- una obligada interpelación para los creadores de engendros digitales. Él lo es y de los buenos: de ahí el interés de esta obra.

Reconoce pertenecer a ese pequeño grupo de ingenieros que, a veces de forma un tanto irreflexiva, juguetean con cacharros capaces de moldear “el futuro de la experiencia humana a velocidad increíble”. Y hace una propuesta concreta: “antes de que se diseñen esas manipulaciones directas, desarrolladores y usuarios deberían mantener una discusión crucial acerca de como construir una relación humana con la tecnología”. De esas discusiones, versa el libro.

Tecnología que moldea la cultura

En los primeros capítulos, Lanier muestra con claridad cómo nada en este mundo digital es culturalmente gratuito. No son juegos de niños para mantener entretenidos a dicharacheros infantes: diseñar de un modo u otro una tecnología que, al poco, pasará a las globales y acogedoras manos de la sociedad, moldea la cultura. Cuando se implanta, se produce el anclaje (brillante expresión de Lanier) y queda fijado un modus operandi capaz, con el tiempo, de configurar la sociedad.

Sirva para ilustrar este ejemplo, el más arcaico de los que utiliza Lanier. Estamos en los ochenta cuando un tal Dave Smith, diseñador de sintetizadores musicales, inventa sin darle demasiada importancia –“jugueteando”-, un sistema de patrones digitales para representar las notas musicales. El MIDI –que así se llamaba- no tenía que preocuparse por todas las variedades de la expresión musical: bastaría lo necesario para poder disponer de una paleta mayor de sonidos mientras se tocaba un solo teclado. Pasan los años y el MIDI está presente en los teléfonos y en mil aparatos más. Una gran parte de la música popular que se crea y del sonido que nos rodea –música ambiental, pitidos, tonos de llamada, despertadores- se concibe en MIDI. Y se produce el anclaje: “la experiencia auditiva humana está plagada de notas discretas que encajan en una cuadrícula”.

O piénsese en el sistema informático de archivos que tan familiar nos resulta ya, estando como está bien anclado en nuestra cultura. Dice Lanier que entre las nociones implícitas del concepto de archivo se encuentra “la idea de que la expresión humana se da en fragmentos separables que se pueden organizar como hojas de un árbol abstracto; y la de que los fragmentos tienen versiones y necesitan ser combinados con aplicaciones compatibles”. Son nociones que están repitiéndose en el contexto cotidiano del actuar humano.

Un humanismo que se haga preguntas

Quien desarrolla Twitter no está jugando solamente, ni haciendo negocio. Ni quien, en la disyuntiva entre uno u otro modo de expresar digitalmente el saber enciclopédico, opta por la concepción de la “mente colmena” propia de la filosofía wiki. ¿Es bueno o malo universalizar la síntesis de los mensajes a 140 caracteres? ¿Significa el hecho de colocar el acento sobre la masa retirarlo de la opinión individual? ¿Es el anonimato o pseudo-anonimato de las redes algo bueno? ¿Y la ficción de perfiles? ¿Y la desinhibición de la propia intimidad?

Jaron Lanier teme que lo que ha pasado con los archivos o con las notas musicales ocurra con la definición del ser humano. No es –laus deo- un profeta del apocalipsis digital, pero llama a la reflexión creativa, quizá reformadora –sostiene que aun estamos muy a tiempo de golpes de timón–, pero ante todo optimista. Y por eso auspicia una presencia mucho mayor del humanismo en los cenáculos de la creación tecnológica. De un humanismo que se haga preguntas, muchas preguntas sobre lo que queremos que sea el hombre.

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