Coloso. Auge y decadencia del imperio americano

Colossus: The Price of America's Empire

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Debate. Barcelona (2005). 503 págs. 24 €. Traducción: Magdalena Chocano Mena.

El historiador Niall Ferguson aborda, con estilo fluido, buen ritmo y un surtido arsenal de datos y argumentos, la gran cuestión acerca del poder sobre la tierra y de su ejercicio práctico. Sostiene que sólo una ordenada convivencia política es capaz de favorecer el adecuado desarrollo económico. Para conseguirla, se necesita un sistema político que respete y garantice las libertades, sistema que, lejos de crecer espontáneamente, es una planta rara. No prolifera si nadie la cultiva, y para cultivarla se precisa un imperio liberal que ejerza su beneficioso influjo en el mundo. De la historia pueden extraerse algunos ejemplos sobre lo que en la práctica significa un tal empeño, y de ello trata “Coloso”. El libro es un análisis típico del realismo político, escrito por un hombre con ideales y alejado de cualquier idealismo.

Ferguson es británico, de tendencia conservadora -hay veces que uno creería estar leyendo a Winston Churchill o a Margaret Thatcher puestos al día-, y su punto de vista es tan anglófono como cabía esperar. Escribe historia, sobre todo, de la economía política. Está, además convencido, al contrario que la mayoría de sus colegas europeos, de que una intervención intensa y constante de los Estados Unidos fuera de sus fronteras beneficiaría al conjunto del mundo.

Y no es un fanático, es un cuidadoso analista que confronta, de forma cuidadosa y sistemática, los datos que apoyan sus opiniones con los que parecen socavarlas. Valga como ejemplo esta cita de un artículo del general de marines más condecorado en los años treinta: “Colaboré en hacer de Haití y Cuba lugares decentes para que los chicos del National City Bank recaudaran los ingresos. Contribuí a la violación de media docena de repúblicas centroamericanas para beneficio de Wall Street (…). Al mirar hacia atrás, siento que podría haberle dado unos cuantos consejos a Al Capone. Lo máximo que él podía conseguir era hacer operar a su mafia en tres distritos de la ciudad. Nosotros, los marines, trabajábamos en tres continentes” (p. 115). Ferguson tiene convicciones que pueden ser controvertidas, pero no es un maquillador.

Su idea del ejercicio del poder en el mundo se apoya en datos históricos interpretados de la forma más pragmática: así fue, esto funcionó, y lo otro fracasó. Y esa regla la aplica a la relación de los norteamericanos con la idea y la práctica imperial, una relación contradictoria que tiene por centro su reiterada afirmación de que “no somos un imperio”, al menos no un imperio como lo fueron los que nos precedieron. El autor de “Coloso” sostiene lo contrario: lo son, y lo son como lo han sido todos los Estados suficientemente poderosos y orgullosos como para pretender llevar su influjo más allá de sus fronteras.

El análisis de ese imperialismo vergonzante norteamericano ocupa buena parte de la obra y es una buena lección de historia. El punto de comparación más abundante, pero no el único, es el ejercicio del dominio imperial por los británicos en los siglos XIX y XX.

El enfrentamiento más neto de Estados Unidos con el dilema imperial tuvo lugar, según el autor, a comienzos de los años cincuenta. Avatares de la política interna -bien descritos en la obra- les condujeron entonces a renunciar a convertirse, sin ambages, al modo clásico, en un imperio. Siguieron con su estilo de serlo sin decirlo y actuar unas veces como quien lo es y otras no. En los últimos años, desde el final de la guerra fría y la desaparición de la Unión Soviética, ese dilema se ha planteado de nuevo a los norteamericanos, que utilizan pudorosamente términos como “hiperpotencia” -una ironía francesa domesticada- o “única potencia hegemónica”, que le permiten emprender algunas empresas coloniales, pero también abandonar otras que un imperio debería llevar hasta el final. Frente a él parecen dibujarse otras instancias de poder internacional de entre las que Ferguson analiza con detalle Europa y China. Es muy interesante que en la comparación no se limite a los datos económicos y aborde los aspectos culturales: en mi opinión se trata de una de las argumentaciones más lúcidas de la obra.

Pablo Pérez López

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