Cazadores de cuerpos

451 editores. Madrid (2009). 336 págs. 19,50 €. Traducción: Ricardo García Pérez.

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En los últimos años, la industria farmacéutica ha venido sufriendo un declive en su imagen pública (la población que estimaba que los laboratorios prestaban un buen servicio a los ciudadanos pasó, en sólo ocho años, de un 97% a un 44%).

Las causas que han conducido a esa situación son variadas. Se pueden señalar aspectos tan dispares como la proliferación de medicamentos más caros y sin ventajas terapéuticas (es frecuente que se haga alusión a la falta de equilibrio entre los aspectos sanitarios y económicos, a favor de los últimos); la agresividad en el marketing; o la cobertura que los medios de comunicación han ofrecido a los últimos escándalos de los laboratorios.

Esta situación ha propiciado el surgimiento de una nueva “modalidad literaria”: los libros de denuncia de los desmanes de la industria farmacéutica. Desde El jardinero fiel, novela de ficción de John Le Carré, sobre la actuación de las farmacéuticas en los países del llamado tercer mundo, se han sucedido una serie de títulos sobre esta cuestión: Los inventores de enfermedades, de Jörg Blech; El gran secreto de la industria farmacéutica, de Philippe Pignarre; The truth about the drug companies, de Marcia Angell; etc.

A esta lista se suma la reciente publicación de Cazadores de cuerpos, de la periodista Sonia Shah. La autora es conocida por su denuncia, en distintas obras, de las multinacionales agrícolas y petroleras. En esta ocasión, su interés se ha focalizado hacia las grandes empresas farmacéuticas.

En las décadas de 1940 y 1950, gracias al descubrimiento y desarrollo de nuevos productos como las sulfamidas, la penicilina y otros antibióticos y las nuevas hormonas, la industria farmacéutica despertó la admiración del público. Este es uno de los motivos por los que la industria farmacéutica fue adquiriendo un mayor protagonismo en nuestra sociedad. No obstante, y aunque parezca paradójico, esa mayor presencia de la empresa farmacéutica fue acompañada de una pérdida de crédito en la población.

Aún reconociendo su importante labor en la investigación y desarrollo de las especialidades farmacéuticas, se le comenzó a acusar de contaminar el aire, suelo o agua; de haberse aprovechado de la confianza de la sociedad y exagerado los beneficios aportados por sus descubrimientos; de excesiva connivencia con la organización médica y los investigadores; de influencia en las revistas médicas (muchas de ellas financiadas por los propios laboratorios); de comercializar productos sin las suficientes garantías; de promocionar sus especialidades ocultando riesgos; de fomentar la proliferación de fármacos que no ofrecen ninguna nueva ventaja terapéutica; de utilizar sofisticadas técnicas de marketing para incrementar los beneficios; etc. Esta situación ha creado un clima favorable a la aparición de libros, artículos y películas (se puede recordar Sicko de Michael Moore) que intentan “levantar el velo” sobre ciertas prácticas de las grandes compañías farmacéuticas. El libro de Shah aparece en este marco.

Cazadores de cuerpos ofrece una descripción de la experimentación en seres humanos desarrollada por las grandes compañías farmacéuticas. La mayor parte de la obra se centra en los ensayos clínicos programados en países en vías de desarrollo; de ahí que el subtítulo que la autora ha elegido para su libro sea “La experimentación farmacéutica con los pobres del mundo”.

El libro de Shah se puede dividir en tres apartados (clasificación que no coincide linealmente con la sucesión de capítulos). El primero dedicado a la descripción de los ensayos clínicos, su evolución histórica y su gran desarrollo en los países en vías de desarrollo. Todo esos datos pueden servir para contestar al interrogante que formula la autora: “¿Hay algo intrínsecamente malo en que los fabricantes de medicamentos u otros investigadores médicos occidentales se beneficien de la disparidad que existe entre un Occidente sano y rico en medicinas y un mundo pobre famélico de ellas si los pacientes dan su consentimiento, ninguno sufre ningún daño y algunos pueden incluso recibir una pequeña ayuda?”

En la segunda parte del libro se ofrecen varios ejemplos del desarrollo de ensayos clínicos: desde el clásico de Tuskegee, al de la talidomida, o al de algunos medicamentos concretos como claritin, viagra, o la variada gama de productos contra el VIH o la meningitis, etc.

El tercer bloque está destinado a la discusión de aquellas cuestiones que tienen una vital importancia en los ensayos clínicos y que, en ocasiones, son asumidas sin la necesaria discusión. En este apartado se puede destacar la valiente reflexión que se aporta sobre los códigos éticos y sobre el consentimiento informado. Shah titula el capítulo dedicado al consentimiento informado como: “El emperador está desnudo: las erráticas manifestaciones del consentimiento informado”, haciendo alusión a que hay una gran mayoría de personas que son conscientes de las deficiencias del consentimiento informado en los ensayos clínicos y que son incapaces de denunciarlas.

El libro de Shah es un buen medio para conocer algunas prácticas ilícitas llevadas a cabo en los ensayos clínicos. Está bien escrito y documentado (las numerosas citas de periódicos y revistas no científicas, y los datos de entrevistas personales, pueden hacer dudar de la objetividad de algunos apartados). No obstante, se hubiera agradecido un mayor trabajo de síntesis y una estructura menos reiterativa.

Una ventaja, con respecto a la mayoría de libros sobre esta cuestión, es que intenta ofrecer soluciones. Por ejemplo, señala que se debería exigir “que los nuevos fármacos demuestren ser mejores que los ya existentes, no simplemente mejores que nada”, o que la participación de los sujetos en los ensayos clínicos debería ser, realmente, voluntaria, y para ello se tendría “que exigir que el consentimiento informado se verifique y se confirme”. En la parte negativa se encuentra el sesgo sensacionalista que se deriva de asimilar ciertos ejemplos abusivos con aquello que supone la práctica ordinaria.

Sin duda, la experimentación con seres humanos es necesaria y conveniente. El problema se suscita cuando se olvida que la investigación, y en suma toda actividad humana, debe estar al servicio del hombre, de su inherente dignidad, de sus derechos inalienables. De ahí, que Sonia Shah afirme que “convertir el cuerpo humano en un objeto atenta directamente contra nuestra sensibilidad acerca de lo que significa ser humano”. Una afirmación sensata que tiene aplicación en experimentación humana y en otras cuestiones insertas en el debate actual como pueden ser las técnicas de reproducción asistida, el aborto o la eutanasia.

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