Selección y traducción de Laura Freixas. Muchnik. Barcelona (1997). 218 págs. 2.500 ptas.
Al cumplirse los 300 años de la muerte de Madame de Sévigné, la editorial Muchnik publica esta nueva traducción -la tercera española- de las célebres Cartas a la hija. En el reinado de Luis XIV, el género epistolar constituyó uno de los principales modos de expresión, rivalizando con la novela, las memorias, las oraciones fúnebres y hasta el teatro. Escribir cartas fue una ocupación especialmente predilecta de las grandes damas del siglo XVII.
Ayúdanos a sacar adelante Aceprensa. Suscríbete o haznos un Bizum (10010) por la cantidad que quieras.
La carta no tiene reglas, se escribe con la intención de ser leída únicamente por la persona a la que va dirigida, bajo la impresión que el autor quiere transmitir. Es lo que hace la Marquesa de Sévigné, entristecida por la partida de su querida hija a Provenza, donde su marido ha sido destinado, y por la que siente verdadera pasión de madre.
En un estilo natural y espontáneo, cuenta lo que ocurre en la Corte que frecuenta asiduamente, los estrenos teatrales, las anécdotas de la vida ciudadana o campesina, según se encuentre en París o en sus casa de campo. En este último caso se recrea también en describir la naturaleza cambiante, y los asuntos de gerencia de su patrimonio, si bien predomina el análisis de sus estados de ánimo, de sus pensamientos más íntimos.
Madame de Sévigné, que enviudó a los 25 años y no se volvió a casar, tenía una naturaleza fuerte, una salud a prueba de bomba, un espíritu alegre y lleno de sentido común, imaginación y picardía. Indulgente, con una marcada predisposición a ver lo bueno y lo bello tanto en las personas como en las cosas, amiga fidelísima y abuela tierna, fue ante todo madre apasionada. La forma en que idolatraba a su hija le hace ser absorbente y agotadora en sus manifestaciones de afecto y de preocupación por ella. Por eso, quizá se disfruten más estas cartas leyéndolas au ralenti, dos o tres al día.
Madame de Sévigné es hija de su tiempo y de su sociedad, de la cual tiene también sus defectos. Puede sorprender, en tan buena persona, que no intente denunciar los abusos e injusticias sociales, que los había y muchos. Se limita a contarlos.
Conversadora brillante, cualidad indispensable en esa época para frecuentar los salones, Sévigné escribe como habla. Sus cartas, no exentas de coquetería, llegaron a circular discretamente y se decía que en ellas pasaban, además de sus relatos y sentimientos, la sonrisa de sus labios y la viveza de su mirada. Todavía hoy cautivarán a los lectores interesados en la pequeña historia del Grand Siècle.
María Isabel Miralles