Brasil

Tusquets. Barcelona (1994). 283 págs. 2.000 ptas.

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John Updike ha sido, desde que en 1959 publicara su primera novela, un escritor norteamericano de temas norteamericanos. Su más famoso y utilizado personaje, “Conejo”, es el prototipo de estadounidense del siglo XX, el ciudadano made in USA por excelencia. Después de más de tres décadas en esta línea, ahora, rebasados los sesenta años, el autor ha emprendido un rumbo distinto con esta nueva novela, tan propiamente titulada Brasil.

La obra encarna el espíritu exótico, rebelde, vital y polícromo de aquel país en la pareja protagonista. Ella, blanca y rubia, pertenece a una familia rica de Río de Janeiro. Él, negro y pobre, es un pequeño delincuente, criado en un barrio de favelas donde su madre ejerce la prostitución. Ninguno de los dos llega a los veinte años cuando un día se encuentran en una playa de Copacabana y sienten una atracción mutua e instantánea, destinada a durar para siempre y a superar cualquier obstáculo.

Con este arranque, bastante convencional, la acción se desarrolla al principio de modo realista. Las abismales diferencias de una sociedad oligárquica están descritas con claros matices de crítica social. Sin embargo, cuando los amantes, tras dos años de separación impuestos por la violencia familiar, se reencuentran en Brasilia y deciden huir hacia el interior amazónico, la acción cambia rápidamente de carácter, derivando hacia la epopeya mítica cargada de elementos simbólicos. El realismo social es sustituido por el realismo mágico, siguiendo las huellas de la narrativa sudamericana de mediados de siglo, y la pasión que une a los protagonistas se eleva desde el desenfreno erótico a una especie de sublimación del instinto, a la que se pretende dar rango casi religioso en el sentido más pagano de este término.

A pesar de la veteranía del autor, el quiebro que con Brasil ha dado a su trayectoria creativa no llega a ser convincente. Los personajes resultan poco verosímiles, incluso con la intervención de los conjuros de un chamán, que decolora la negritud de él en detrimento de la blancura de la piel de ella. Ni con magia ni sin ella dejan de ser unos personajes incoherentes, a medias símbolos, a medias seres humanos vulgares. Tampoco el estilo se adapta al ambiente, con una afectación léxica y una estructura barroca que no es riqueza expresiva sino adecuación impropia.

Salvo el principio y el final, en 1966 y 1988 respectivamente, sobre la arena de la famosa playa de Río, la loca aventura de los protagonistas no pasa de ser una mezcla disonante de folklore, elucubración onírica y sexo.

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