Bailando al borde del precipicio

Turner. Madrid (2010). 491 págs. 29€. Traducción: José Adrián Vitier.

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Lucie Dillon (1770-1853), marquesa de la Tour du Pin por su matrimonio con Fréderic, conde de Gouvernet y más tarde marqués de la Tour du Pin, tenía 19 años cuando estalló la Revolución Francesa. Era dama de la corte de María Antonieta. Cuando murió, en 1853, reinaba en Francia Napoleón III, sobrino del gran Napoleón. La marquesa había conocido, en su larga vida, al desdichado Luis XVI y a María Antonieta, a Napoleón, a Josefina y a María Luisa de Austria, a Luis XVIII (restauración borbónica después de Napoleón), a su sucesor Carlos X, a Talleyrand, a Teresa Cabarrús, a madame De Staël, entre otros muchos personajes claves de la época.

Vivió de cerca los horrores de la revolución: además de perder todos sus bienes, su padre y su suegro fueron guillotinados.

Era una mujer inteligente, práctica, magnífica esposa y madre. De sus muchos embarazos le nacieron seis hijos, de los que solo llegó a la edad adulta el más pequeño.

Desde los años veinte del siglo XIX empezó a escribir sus memorias, pero no pensando en publicarlas. Sólo en 1907, un biznieto de Lucie decidió darlas a la imprenta, con el título de El diario de una mujer de 50 años.

Con ese y otros materiales, Carolina Moorehead ha publicado una biografía de la marquesa. En la edición española se ha sustituido el subtítulo inglés por el engañoso Una vida en la corte de María Antonieta, porque la marquesa estuvo poco con la reina y se pasó la vida yendo de un lugar a otro (Holanda, Bélgica, Inglaterra, Estados Unidos, Italia, Suiza) casi sin residencia fija, emigrante en varias ocasiones. Murió en Pisa a los 83 años.

El libro de Moorehead, como el diario de Lucie, es una visión distinta, familiar, honesta, con algo de prejuicio aristocrático, de ese amplio periodo que fue crucial en la historia de Francia y de Europa. Una versión no ideológica, sencilla, y con un profundo conocimiento de la gente. Es una obra que puede servir de contraste con la mejor que existe sobre el mismo periodo, las Memorias de ultratumba, de Chateaubriand, entre otras razones porque a Lucie no le caía nada bien el vizconde, que no correspondió al amor ardiente que le profesaba la mejor amiga de la marquesa, la escritora Claire du Duras.

Lo mejor del libro es la crónica de la Revolución Francesa, la confirmación de su parte más inhumana: entre 35.000 y 40.000 víctimas, contando guillotinados, muertos en prisión o ejecutados sin juicio. Especialmente cruel la persecución religiosa: como relata Carolina Moorehead, “Los primeros en ser sacados a rastras fueron veinticuatro curas, matados a tajos en los jardines de la prisión de l’Abbaye. Más de ciento fueron masacrados en el convento de los carmelitas, después de una breve parodia de juicio. Disparaban contra los obispos mientras estaban rezando. Vicarios, abades, curas párrocos, canónigos, limosneros, seminaristas, hombres reconocidos por su piedad su cultura, fueron asesinados”.

Lucie, por su parte, da este juicio sobre Talleyrand, el obispo apóstata que sirvió a la Revolución, a Napoleón y a Luis XVIII: poseía “un encanto mayor que cualquier otro hombre que yo haya conocido. Cualquier intento de protegerse de su inmoralidad, su conducta, sus formas de vida y todas las faltas que se le atribuían, era en vano. Su encanto siempre penetraba la coraza y la dejaba a una indefensa como un pájaro fascinado por la mirada de una serpiente”.

Quienes gusten de la historia, de las biografías tienen aquí un libro sin desperdicio, ameno, de amplio aliento.