Autobiografía

TÍTULO ORIGINALThe Autobiogaphy of Mark Twain

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Espasa. Madrid (2004). 471 págs. 26 €. Traducción: Federico Eguíluz.

Quizá algunos lectores tengan a Mark Twain (1835-1910) por un autor de literatura juvenil, memorable ante todo por la creación de dos pícaros inmortales: Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Este juicio es tan parcial como el de los coetáneos de Twain que lo consideraban como humorista y escritor de historias ligeras. En realidad, el tratamiento nostálgico y picaresco de la infancia y el empleo de un personalísimo tono humorístico son antes que nada una elección temática y un rasgo de estilo dentro de una concepción de la literatura única en su generación y en la historia de la narrativa norteamericana. Porque Mark Twain ha mantenido hasta hoy su condición de clásico universal y figura fundacional de la gran literatura norteamericana, junto con Melville, Whitman o Poe. Hemingway lo consideraba el maestro de la prosa jamás superado.

Mark Twain (ps. de Samuel Langhorne Clemens) era hijo de un virginiano imbuido del espíritu de la frontera y de grandes sueños de riqueza fácil nunca hechos realidad. Consagró gran parte de su vida a ese ideal, y en su Autobiografía narra, desde el escepticismo y la parodia de sí mismo, cómo fue ejerciendo sucesivamente de piloto fluvial en el Mississippi, minero durante la Fiebre del Oro, soldado en una milicia de confederados durante la guerra civil, corresponsal de prensa en el extranjero, conferenciante y por fin escritor.

Este volumen no recoge todo el material autobiográfico escrito por Twain, pues ha sufrido la poda y ordenación de su editor norteamericano Charles Neider. Sigue un plan bastante original: en la estructura, el autor compone el libro a lo largo de un periodo de unos treinta años; en cuanto al contenido, selecciona momentos especialmente significativos como condensación de cada etapa de su vida. Hay por ello notables saltos en el tiempo, si bien no deja de advertirse el hilo conductor.

Twain expone no sólo su vida, sino también su poética y su ideario religioso, político y antropológico. Hay capítulos para la narración, otros para el retrato, y otros para el ensayo. El nexo de unión lo aporta el estilo, siempre fresco y chispeante, y una ideología escéptica fruto de sus convicciones darwinistas. De todos modos, su falta de fe en la bondad humana es más teórica que real, pues Twain fue sobre todo un hombre honrado y un ejemplar padre de familia. La mayoría de las páginas son muestras antológicas de todas las modalidades posibles del humor (ironía, parodia, sátira, cinismo), pero hay momentos dominados por una conmovedora tristeza, como cuando tiene que enterrar a su esposa y dos de sus hijas. El gran valor del libro es la sinceridad, pues Twain quiso que fuera póstumo, lo que concede la libertad necesaria para el desahogo íntimo y, en ocasiones, para el ajuste de cuentas. En definitiva, esta es una amenísima lectura que nos enseña una época y una literatura llena de humanidad.

Jorge Bustos Táuler

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