Alban Berg y sus ídolos

TÍTULO ORIGINALAlban Berg und seine Idole

GÉNERO

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Pre-Textos. Valencia (2002). 432 págs. 32 €. Traducción: Eduardo Gil Bera.

Tres advertencias destinadas a encuadrar el presente libro. Primera: pertenece a una trilogía autobiográfica, formada además por unos Recuerdos de infancia en Galitzia (de próxima publicación) y por Huida y fin de Joseph Roth (Pre-Textos, 1999). Segunda: es una obra que resucita toda una época, la de la Viena y el Berlín de los años 20 y 30, en la que relumbraron astros como Karl Kraus, Adolf Loos, Robert Musil o el propio Alban Berg, obra por tanto en la estirpe de El mundo de ayer de Zweig o las memorias de Canetti. Tercera: el autor, Soma Morgenstern (1890-1976), es un escritor por desempolvar: testigo directo de la mítica Viena de entreguerras, fue purgado después por el nazismo, del que escapó huyendo a Estados Unidos, donde el espectáculo de las atrocidades cometidas en Europa le sumió en una depresión.

Alban Berg y sus ídolos es pues la crónica de una época anterior a la barbarie, escrita por un superviviente que tiene todavía recuerdos frescos. Importante aviso: el Berg de Morgenstern no está escrito con espíritu de pleitesía. No es equiparable al Kafka de Brod ni al Joyce de Budgen. Es más bien el relato de una amistad entre dos temperamentos artísticos, que tienen a bien intercambiar ideas, ofrecerse apoyo y -por qué no- cultivar un delicado sentimiento de reconocimiento y de afecto mutuos.

El título de la obra está muy bien elegido, porque marca la tonalidad en que transcurre su desarrollo. Berg idolatraba a una serie de creadores que operaban en su vida como una suerte de dioses domésticos. En cambio, Morgenstern, que sin duda tenía también su propio panteón, era mucho más dado a poner en cuarentena los méritos de algunas de estas lumbreras, y he aquí que uno de los sentimientos que nutrieron la amistad entre ambos fue precisamente el contraste de pareceres y el debate enriquecedor.

Biógrafo y biografiado se conocen en un tranvía suburbial de Viena, cuando Morgenstern sorprende a Berg leyendo y tarareando la partitura de uno de sus ídolos, Gustav Mahler. Más adelante, en visitas que el uno cursa a la casa del otro, será Karl Kraus, a quien Berg no tolera que se critique, al que Morgenstern en cambio irá demoliendo sobre la base de su antisemitismo. Schoenberg es otro de los popes del momento a quien Berg veneraba y el autor cuenta aquí con sarcasmo hasta qué punto llegaba esta admiración.

El libro, por tanto, da cuenta de estas devociones del discípulo por sus maestros, y a su vez Morgenstern (cinco años mayor que Berg) no se recata en explicar el papel que, en relación con su amigo, si no de maestro sí de orientador, desempeñó en los predios de la cultura de su tiempo. Le presentó a Béla Balázs, el libretista de Bartok; le descubrió Las aventuras del soldado Švejk, de Hašek; le guió en sus lecturas mannianas (aunque Morgenstern más bien abominaba de Mann), y le señaló la Lulú de Wedekind como una obra idónea para musicar operísticamente. Morgenstern, aunque ciertamente admiraba, y mucho, a Berg, en este retrato de su persona, no se deja deslumbrar por su aura, y pormenoriza sus fallos, flaquezas y caprichos. Cuenta que fue un marido reiteradamente infiel; que, lejos de ser un artista sufridor y monómano, tenía inclinaciones sibaritas: los coches, el coñac, el tabaco…; y que, en cuanto se encontraba en la compañía de mujeres, se libraba al cotilleo. Morgenstern traza, en suma, un Berg que no se parece en nada a un santón de la música y que en contrapartida presenta un perfil humanísimo, cotidiano, tierno y hasta entrañable.

Dos últimas apreciaciones: el libro interpola un fajo de cartas cruzadas entre los dos personajes que permiten seguir de primera mano los vaivenes de su amistad. Por último, el escritor Enrique Gil Vera ha hecho una traducción modélica y la ha arropado de un aparato de notas de consulta jugosísimo. Una edición excepcional, sólo afeada por algunas erratas.

Marta Onandía