A orillas del amor

TÍTULO ORIGINALAu temps du fleuve Amour

GÉNERO

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Galaxia Gutenberg. Barcelona (2001). 252 págs. 2.400 ptas. Traducción: Zoraida de Torres Burgos.

Andreï Makine (Krasnoiarsk [Siberia], 1957) vuelve a recurrir a la memoria cargada de sentimientos que ya apareció en El testamento francés (ver servicio 3/97). En A orillas del amor repite ese tono de difícil equilibrio, tan propicio al tropezón de la cursilería, pero sabe eludir el peligro. Compone así una novela de aparente sencillez con una trama de mecanismos complejos y equilibrados, donde cada episodio, cada detalle, encaja con precisión.

La búsqueda de matices en el amor parte desde el título original de esta novela -Au temps du fleuve Amour (En los tiempos del río ¿Amor o Amur?)-, que juega con el doble sentido del Amour en francés hasta tocar las orillas del río fronterizo entre Rusia y China, el Amur. Matices acertados de los tres personajes masculinos (Juan, el amante y narrador de la historia; Samurai, el guerrero; y Utkin, el poeta) que se abren paso de la adolescencia a la madurez y alcanzan la vocación vital que animará el resto de sus vidas, y acaso sus muertes.

Los tres viven en una aldea del este siberiano, un lugar alejado de todo menos de la naturaleza, donde la proyección de las películas de Belmondo en un pueblo cercano (la omnipresente presencia francesa en Makine) remueve las conciencias aletargadas y anima las aspiraciones secretas de aquellos ciudadanos de la Unión Soviética a comienzos de los setenta. Pero la máquina de los sueños cinematográfica alumbra sólo una chispa, el descubrimiento de la complejidad del amor es la verdadera revolución, el molde del carácter para los adolescentes y de la futura nostalgia en los hombres.

Makine aún escribe y vive con la retina impresionada por la naturaleza de su infancia en Siberia, cargada de imágenes imperecederas, como las huellas en el hielo o el relato de los aldeanos, casi topos, que abren un túnel desde la puerta de su casa y asoman en la superficie de la nieve saludándose después de una gran nevada. Por eso no cabe saltarse esa prosa gratuita sin diálogos que los lectores impacientes tienden a cruzar en diagonal; desaparecerían los gulags, los ecos de la Segunda Guerra Mundial, los rieles del Transiberiano y la presencia de la cultura francesa como vía de escape. Aunque otra vez Francia es mujer (Olga), destino (Occidente) y ficción que anima la vida (las películas de Belmondo), el centro de gravedad se queda en aquel tiempo, en aquella orilla del título en castellano.

José Antonio Pérez Aguirre

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