Venus

Director: Roger Michell. Guión: Hanif Kureishi. Intérpretes: Peter O'Toole, Leslie Phillips, Vanessa Redgrave, Richard Griffiths, Jodie Whitaker. 96 min. Adultos. (XD)

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El gran problema de esta película es que alguien acuda a verla confiando en su presentación y espere encontrarse con una “divertida y cariñosa historia acerca de jóvenes y mayores” o “el delicioso romance entre el deseo adulto y la alegre despreocupación de la juventud”. “Venus” no es exactamente eso, aunque a ratos lo intente… No es más que la historia de un viejo verde bastante degenerado y de una joven muy procaz y casi igual de degenerada, capaz de venderse por un tatuaje. Aunque entonces estaríamos hablando de un subproducto destinado a una estantería especial de los ya casi inexistentes videoclubs… cosa que “Venus” intenta evitar.

Entre un extremo y otro -el del drama tipo “el amor no tiene edad” y la comedia erótica escabrosa- bandea una película que pierde el tono, para no encontrarlo nunca, pasados los siete primeros y deliciosos minutos. En esos primeros minutos, y en algunas breves escenas, se atisba la buena película que Roger Michell (“Nothing Hill”) habría podido rodar: impecable diseño de producción, buenos actores (Peter O’Toole, nominado a un Oscar, a pesar de su lastimoso personaje) e incluso algunas reflexiones sobre el placer, la muerte o la fama que podrían haber dado juego. Sin embargo, por culpa del pobre guión del londinense de origen paquistaní Hanif Kureishi (autor de productos tan escabrosos como “The Mother” o “Intimidad”), a todos estos elementos, les rodea una impostura en el dibujo de los personajes y las tramas que hacen imposible que el espectador medianamente inteligente se crea nada de lo que le están contando… y sobre todo cómo se lo están contando: “Venus” no deja de ser una triste historia de corrupción de dos seres humanos que se utilizan -a veces de forma muy burda- vestida comedia romántica, y esto, por muy bien que estén los actores y muy bonita que sea la fotografía, es difícil de tragar.

Aunque siempre habrá gente a la que le parezca muy emotivo que un anciano muera -lejos de su familia y acompañado de su último capricho- después de haberse entregado a dos sutiles placeres: oler un pescuezo y meter el dedo gordo del pie en el agua helada del mar. Esto es lo que la película llama una buena muerte. Tengo mis dudas: aunque estoy segura que mi perro firmaría por ella.

Ana Sánchez de la Nieta

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