Tom atiende de día la tienda de ropa de su madre y descarga de noche su resentimiento en internet. Desde el anonimato acosa a mujeres, en especial a una conocida humorista. Cuando su identidad queda al descubierto y el escarnio se vuelve contra él, se esconde bajo una peluca y un vestido. Como “Berit”, empieza a recibir el trato que él mismo repartía desde el teclado.
Anders Baasmo (The Arctic Convoy, La decisión del Rey) sostiene la serie con una interpretación construida sobre la pequeñez: la inseguridad, el nerviosismo, el afán de pasar inadvertido de un hombre que ha ido encogiéndose hasta caber en un pseudónimo. A su lado destaca Jonas Strand Gravli como el vecino, un padre de familia desbordado por sus propios miedos. Las tramas que rodean a Tom tardan en encontrar su sitio, aunque la ayuda que Berit acaba prestando a su vecino es de lo más aprovechable de la serie.
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Donde la serie pisa terreno firme es en el retrato del mundo que denuncia: el anonimato como refugio de la frustración, la facilidad con que el resentimiento se vuelve odio, la humillación pública que funciona igual en ambas direcciones. Todo ello se despliega a un ritmo pausado, en cuatro episodios lineales que se detienen sobre todo en el proceso interior del protagonista.
El reparo mayor está en lo que decide mostrar. Las agresiones sexuales se ruedan casi por entero, el sexo y el lenguaje soez ocupan el primer plano, y la sordidez —ciberacoso, prostitución, enfermedades venéreas— recibe más atención de la que la denuncia necesita. Nada de eso añade fuerza al mensaje: lo que la serie quiere condenar queda claro mucho antes de que la cámara termine de mostrarlo, y la insistencia acaba convirtiendo la denuncia en exhibición. Había maneras de contar lo mismo apartando la mirada a tiempo, y la historia no habría perdido nada.
El desenlace, con todo, juega a favor de la serie: la redención de Tom es sincera, se hace cargo de lo que ha hecho, y quien llega al final no reconoce al hombre del principio. Ese cierre explica parte del entusiasmo con que ha sido recibida; no borra, sin embargo, lo anterior. Queda una serie que convence más por su destino que por el camino que elige para recorrerlo.