Alex y Tess son un matrimonio al borde del divorcio. Comparten la crianza de dos adolescentes y acumulan frustración y malos entendidos. En plena crisis vital, y como un medio para evadirse, Alex inicia una carrera como monologuista de humor.
En su tercera película como director, Bradley Cooper (Ha nacido una estrella, Maestro) plantea una interesante reflexión sobre las crisis de la mediana edad en el matrimonio. Los dos protagonistas se complementan y se quieren, pero la rutina, el paso del tiempo, las dificultades y los roces los han colocado en una situación que parece insostenible. El fuerte de esta cinta, aparentemente pequeña y de modestas pretensiones, es que disecciona bien toda una paleta de emociones y sentimientos y dibuja con ellos un arco de transformación convincente y profundo, muy creíble también gracias a unas notables interpretaciones.
Es una película apoyada en las conversaciones que protagonistas y secundarios -familiares y amigos- van manteniendo sobre el amor, las relaciones de pareja, las decepciones que minan y las expectativas… que minan aún más.
En cierto modo, y aunque desde una perspectiva menos dramática y profunda, la cinta “conecta” con Valor sentimental. Los dos títulos reflexionan -desde una perspectiva realista pero esperanzada- sobre las luces y sombras de los vínculos. Valor sentimental se centra en las relaciones padre-hijo y Sin conexión en las relaciones de pareja.