Es arriesgado titular una película con el nombre de una de las novelas más leídas, adaptadas y escuchadas de los dos últimos siglos. Desde que, en 1862, Victor Hugo publicara Los miserables, han sido cientos las versiones: en teatro, cine y musicales.
El cineasta francés Éric Besnard (La primera escuela) matiza su atrevimiento añadiendo un “el origen”. Porque esto es lo que cuenta su película: cómo arranca todo. Y arranca, lo sabemos, cuando el obispo Myriel perdona a Jean Valjean su delito.
Con otras palabras, la base narrativa sobre la que se inspira Besnard son las primeras 150 páginas de la novela de Victor Hugo (tiene 1500 páginas) o los diez primeros minutos del musical. A esto le suma el argumento y el diseño de personajes de una novela muy corta –Claude Gueux– que narra la injusta condena de un hombre que roba para dar de comer a sus hijos, y que Victor Hugo escribió para oponerse a la pena de muerte y defender la posibilidad de redención de cualquier hombre.
Hay mucho riesgo en abordar un relato tan condensado, que el espectador conoce de sobra y que siempre le han contado como prólogo. El cineasta francés, consciente del reto, ha apostado por centrar la película en un duelo moral y darle un tono de western.
Besnard no ha tenido reparo en señalar que ha tomado este género, y el cine de Clint Eastwood en particular, como referentes. Del western clásico ha tomado prestado el formato panorámico. Igual que Eastwood, ha querido utilizar el encuadre, la luz, los silencios, el paisaje y, por supuesto, la caracterización para magnificar la batalla entre los personajes. Que es una batalla entre el bien y el mal, la redención y la culpa.
Estamos ante una película exigente para el espectador. No hay apenas subtramas. Hay un tempo lento. Predomina la voz en off –con una intención narrativa muy concreta– y hay una gran parte del relato en la que abunda la oscuridad, tanto en los planos como en los personajes.
Pero el espectador que supere esas barreras disfrutará de una película bien escrita, bien interpretada, que aporta luz sobre la obra de Victor Hugo y proporciona una clave de lectura muy sugerente para seguir disfrutando de las diferentes versiones de esta historia universal.
Un comentario
Muy de acuerdo en todo lo comentado por la autora de esta crítica. Me gustaría añadir una reflexión que después de ver la película, se me hizo cada vez más evidente. Y es la forma que tiene este director de contar una historia con una gran carga religiosa, sacando por completo a Dios de la historia, y sustituyéndolo por el principio revolucionario de fraternidad universal. Más cercano a los ideales masónicos que a los cristianos.
Parece como si el obispo hubiera descubierto su “fe” tras hablar con un ermitaño que le explica en dos minutos que se puede ser bueno sin creer en la virginidad de la Virgen, ni en la divinidad de Cristo, entre otras perlas.
En la misma línea se dibuja a los otros personajes secundarios: la hermana que no cree, y el ama de llaves que queda como un personaje ridículo a pesar de ser la que manifiesta su fe, quizás una fe sencilla, pero valiente y abnegada, de manera más expresa.
Creo pues que el autor ha sido capaz de hacer algo sumamente difícil: ha cuadrado el círculo, al descristianizar un argumento netamente cristiano. Me parece necesario pensar en esto para completar el cuadro.
En cuanto a los aspectos puramente estéticos y técnicos, me parece una muy buena película que recomiendo din duda. Pero creo necesario analizar con más profundidad sus intenciones últimas, que veo más cercanas al discurso masónico que al mensaje cristiano de la salvación.