Donde los ángeles no se aventuran

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Where Angels Fear To TreadDirector: Charles Sturridge. Intérpretes: Rupert Graves, Helena Bonham-Carter, Judy Davis.

No deben de quedar ya casi novelas de E.M. Foster que llevar al cine. Donde los ángeles no se aventuran es otra feliz transcripción. Esta vez ha sido realizada por Charles Sturridge, un director abierto a la literatura, cuyas obras más destacadas son Un puñado de polvo y la serie televisiva Retorno a Brideshead, basadas en las novelas homónimas de Evelyn Waugh.

Es patente que la película se sostiene en la firme estructura de una buena novela. Con ella vienen ya dados, como de regalo, no sólo los ambientes -bellísimos exteriores de Siena e interiores londinenses-, sino los personajes, que unos valiosos actores enriquecen acudiendo también a la obra literaria. Hasta Rachel Portman -música- y Michael Coulter -fotografía- parecen seguir los dictados de la novela. Y así, el resultado es una nueva y distinta resurrección de la obra de Foster, para satisfacción de muchos espectadores.

La historia se inicia en Londres a principios de siglo, en el seno de una familia acomodada. Lilia (Helen Mirren), ya nada joven, acaba de quedarse viuda. Por consejo de su cuñado, viaja a Italia para distraerse en compañía de Caroline (Helena Bonham-Carter), la institutriz de su hija. Allí, embriagada por la espontaneidad mediterránea y lejos de hipócritas fórmulas, Lilia se casa con un joven italiano (Giovanni Guidelli), del que tendrá un hijo. La reacción orgullosa e insolidaria de la familia inglesa de Lilia será el desarrollo del argumento y del tema.

El tema son los defectos británicos habituales y la crítica que de ellos hace Foster. Con su agudeza de observación, frases brillantes, situaciones muy expresivas…, la crítica está hecha con humor, con una burla no amarga. Aunque la burla acaba con una seria reconvención: con estas cosas no se juega -parece decir-, y estas cosas son las personas, cualquier persona, aunque no sea inglesa.

El movido montaje de Peter Coulson ayuda a dar al relato ese tono ligero, de casi comedia de costumbres, que debe mantenerse hasta el tremendo desenlace. La dirección es sólo correcta y, acorde con la elegancia de época y ambientación, elude cualquier presentación directa de sensualidad. Se muestra también, en discreto segundo plano, la eficacia apostólica del catolicismo. La interpretación de todos los actores, espléndida.

Pedro Antonio Urbina