Coescrita con Sean Baker (The Florida Project, Anora), esta ópera prima de la taiwanesa Shih-Ching Tsou relata la historia de tres mujeres en distintas etapas vitales en Taipéi, conectadas por las carencias materiales y afectivas. Una madre asume el peso moral de sostener a su familia gestionando un puesto de fideos donde cada venta cuenta; una hija rebelde intenta escapar de su realidad en busca de afecto y estabilidad trabajando en un local de betel nut; y una niña observa y escucha a los adultos desde la más pura inocencia, intuyendo que ser zurda está mal visto.
Filmada con un iPhone, la película presenta una estética bellísima gracias a su apuesta por colores dinámicos que reflejan el movimiento del mercado nocturno de Taipéi, sus calles, el tráfico y las motos, así como los lugares más íntimos, como el humilde hogar de las protagonistas. El reparto es asimismo un acierto: destacan las actuaciones contenidas y la espontaneidad alegre de Nina Ye, quien aporta ternura en medio de la mirada escéptica que destila el relato. La iluminación, junto con los primeros planos refuerzan lo dramático, generando un equilibrio visualmente enriquecedor.
Si bien el filme presenta una gran belleza fotográfica, La chica zurda plasma un mundo crudo y, desafortunadamente, muy realista en la sociedad de Taipéi, marcada por familias que viven entre penurias económicas, estructuras afectivas inestables, la opresión ancestral y la presión laboral. La película se sostiene con tramas bien hiladas y un ritmo medido, logrando un conflicto incómodo sin caer en la lamentación excesiva.
Pese a la innegable fuerza narrativa de la historia, este drama cae en un bucle pesimista y desagradable del que no termina de salir. Lejos de rescatar la luz que se intuye en la pequeña I-Jing, que podría ser un símbolo de esperanza para la familia, opta por mostrar en exceso lo crudo, lo sexual en su forma más banal (muy del gusto de Sean Baker), y lo deprimente de la vida, dejando poco espacio para el amor, la redención o la esperanza.