Valores no negociables en Noruega y en Roma

Los fondos de inversión pueden parecer el paradigma del capitalismo salvaje, guiado solo por criterios de rentabilidad. Pero no es así. Cada vez hay más fondos que tienen en cuenta criterios éticos y sociales en sus decisiones de inversión. El respeto a los derechos humanos, la salvaguarda del medio ambiente, unas condiciones laborales correctas, son valores que cuentan en muchos casos a la hora de invertir o no en determinadas empresas. El mayor fondo público europeo, el Fondo Estatal de Pensiones de Noruega, es un buen ejemplo de una política de inversiones atenta a las exigencias éticas, según sus propios criterios.

Noruega es el tercer exportador mundial de petróleo, tras Arabia Saudí y Rusia. Desde que el petróleo del Mar del Norte empezó a engrosar sus arcas, el Estado noruego decidió colocar las ganancias en un Fondo, para garantizar las pensiones futuras y evitar el sobrecalentamiento de la economía. Con la vertiginosa subida de los precios del petróleo, el Fondo ha amasado un botín que le convierte en uno de los mayores inversores del mundo. Sus decisiones mueven miles de millones de euros e influyen en la cotización de empresas transnacionales.

El Fondo busca obtener una rentabilidad -un 7,9% fue el beneficio de 2006-, pero combina la gestión profesional con el respeto a los niveles éticos que se ha marcado. Según el código ético establecido en 2004, sus inversiones excluyen a los fabricantes de bombas de racimo, de armas nucleares o productos relacionados, de minas antipersonas, a las empresas que causan daños al medioambiente y a las que en sus condiciones laborales no respetan los derechos de los trabajadores.

Para cumplir escrupulosamente estos criterios el Fondo ha vendido los activos que tenía en empresas tan importantes como Boeing, Honeywell, Wal-Mart, EADS, General Dynamics o Lockheed. Doce de las 21 empresas excluidas por Noruega son estadounidenses. Algunas de estas empresas, como Wal-Mart, acusada de prácticas laborales injustas, se han quejado ante el gobierno noruego, alegando que se basa en informaciones distorsionadas.

En cualquier caso, es innegable que los noruegos quieren ser coherentes con sus valores y respaldar su ética con sus inversiones. El Fondo excluye por este motivo a empresas que gozan de amplia aceptación en el mundo de los negocios, sin importarles lo que otros hagan.

En una sociedad pluralista como la noruega, no todo el mundo comparte los criterios éticos del Fondo. Unos le acusan de ser demasiado escrupuloso, otros de aplicar un doble rasero. Pero la actual ministra de Finanzas, Kristin Halvorsen, líder del Partido Socialista de Izquierda, ha dejado bien claro que le gustaría aplicar otra vuelta de tuerca a los criterios éticos. Las tabaqueras y las empresas que contribuyen al calentamiento climático están ya en el punto de mira. Los no-ruegos se sienten responsables de utilizar su riqueza para impulsar valores que consideran buenos para todo el mundo. Y su coherencia está bien vista.

La incoherencia no es progresista

No debería, pues, sorprender que también otros mantengan valores no negociables, como hace la Iglesia católica al pedir coherencia entre fe y vida a sus seguidores. En su reciente exhortación apostólica sobre la Eucaristía, Benedicto XVI hablaba de una “coherencia eucarística”, de modo que el que desea comulgar no defienda luego en su actuación pública posturas incompatibles con su fe. “Esto vale para todos los bautizados-escribe el Papa-, pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos valores no son negociables”.

Esta referencia a valores no negociables le ha valido por parte de algunos la descalificación de hombre no abierto al diálogo, que pretende imponer a la sociedad unos criterios éticos particulares. Pero ¿alguien ha reprochado al Fondo de Pensiones noruego que no dialogue con Boeing o que pretenda imponer sus criterios a los fabricantes de bombas de racimo?

Curiosamente, cuando se trata de los valores que defiende la Iglesia católica parece que lo progresista es la incoherencia. Si los obispos dicen que un político católico que vota a favor del aborto no está en condiciones de ir a comulgar mientras no se arrepienta y cambie de conducta, algunos tachan esta postura de “intransigente”. Pero lo que exige la ética es no transigir si están en juego valores irrenunciables. Para unos, los daños al medio ambiente son intolerables; para otros, el respeto a la vida humana en todas sus fases es la primera condición en la defensa de la ecología humana.

No se trata solo de ser coherente personalmente. Es necesario también, como hacen los noruegos con sus inversiones, utilizar sus recursos en defensa de los valores que defienden. Por eso, seguía diciendo Benedicto XVI, “los políticos y los legisladores católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben sentirse particularmente interpelados por su conciencia, rectamente formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en la naturaleza humana”.

La Iglesia católica tiene en su doctrina y en su praxis un rico fondo que puede invertir en hacer avanzar la dignidad humana. Algunos preferirían que negociase sus valores, para no molestar a la mentalidad bien pensante del momento. Pero si un fondo de pensiones ha de mirar al largo plazo, una Iglesia debe mirar a la eternidad.

Ignacio Aréchaga
ACEPRENSA

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