Religión mundial busca “papa”

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Duración lectura: 4m. 27s.

Fanáticos puede haber en cualquier credo; pero aún hoy autoridades religiosas musulmanas (ayatolás, imanes, muftíes…) promulgan fetuas que definen lícito u obligado para el fiel dar muerte al apóstata o al blasfemo, o justifican los actos de terrorismo suicida. Claro que otras fetuas afirman lo contrario, y a decir verdad la discrepancia entre maestros se extiende a prácticamente todos los temas. Por eso, últimamente se habla, sobre todo en Egipto, de “caos de fetuas”, y los que lamentan la confusión parecen, en el fondo, echar de menos lo que la Iglesia católica tiene en el magisterio del Papa.

En sentido estricto, una fetua (fatwa en árabe) es un dictamen jurídico que da el muftí. Determina cómo se aplica el Corán y la tradición a un caso y puede versar sobre cualquier aspecto de la vida, desde lo más elevado a lo más corriente. Muchos creyentes las piden para saber a qué atenerse en caso de duda. En la universidad Al-Azhar, de El Cairo, que pasa por ser una autoridad, todos los días menos los viernes, de 10 a 2, cinco muftíes atienden, gratis, las consultas del público y dictan las correspondientes fetuas. Muchas otras son publicadas sin que nadie lo pida, entre ellas las de organizaciones radicales o terroristas que han establecido sus propios comités de fetuas, como los que tienen las instituciones islámicas de más solera. En una religión como la musulmana, sin autoridad doctrinal central, la moderna facilidad de comunicaciones ha favorecido la proliferación de emisores de fetuas, en Internet (efatwa.com, askimam.com, muftisays.com…), en la radio o la televisión. Hay fetuas que se promulgan para contradecir otras.

Los maestros “oficiales” acusan a los “tele-imanes” y demás espontáneos de ignorancia e intrusismo, y de crear confusión entre los fieles. Como hace unos meses dijo el gran muftí de Egipto en una conferencia pronunciada en Londres: “Cuando la opinión de cualquiera se considera fetua, perdemos un instrumento de la mayor importancia para frenar el extremismo y preservar la flexibilidad y equilibrio de la ley islámica” (cfr. International Herald Tribune, 12-06-2007). Otros, en cambio, señalan que algunas de las fetuas más ridículas, absurdas u ofensivas vienen de las instancias oficiales. Muftíes de Al-Azhar han dictaminado que las esculturas están prohibidas, que no se debe tener un perro dentro de casa, que es lícita la llamada circuncisión femenina o -en el caso más citado- que una mujer puede estar sola con un hombre no emparentado con ella si fue su ama de cría (el muftí que, apoyándose en una oscura tradición de los tiempos de Mahoma, tuvo esa ocurrencia, fue luego desautorizado y despedido por la universidad).

Definir criterios universales

Para poner coto al “caos”, Alí Gomaa, maestro de la mezquita de Al-Azhar, dependiente de la universidad homónima, ha propuesto que se definan criterios y requisitos universales para pronunciar fetuas, válidos para todos los musulmanes. No es mala idea, pero ¿cómo lograr tal cosa, si la comunidad islámica carece de jerarquía religiosa única? Para eso habría de tener un “papa”, pues la misma falta de autoridad doctrinal común que provoca la confusión de fetuas no permite la unificación de criterios necesaria para remediarla.

De momento, algunas instituciones oficiales han optado por enfrentarse a la competencia en su propio terreno. A principios de octubre, el Consejo de Muftíes de Arabia Saudita decidió crear una web dedicada a publicar sus fetuas. Poco antes, la propia Al-Azhar anunció que empezaría una emisora de televisión propia para difundir las suyas (cfr. International Herald Tribune, 7-11-2007). Esto es claramente contrario a una fetua de Dar ul-Ulum, la mayor escuela de imanes de la India, según la cual para los musulmanes no es lícito ver televisión.

Un problema adicional, que fomenta la multiplicación de emisores de fetuas, es la desconfianza de mucha gente hacia las instituciones oficiales. La Dar al-Ifta de Egipto, el comité de fetuas vinculado con el gran muftí, depende del Ministerio de Justicia, y Al-Azhar también está bajo vigilancia del Estado. En situación parecida está el Consejo de Muftíes saudita, como en general las instituciones religiosas de aquel país. También en Marruecos, Turquía y otros países musulmanes el gobierno controla a los imanes y muftíes, aunque desde luego hay disidentes (algunos en la cárcel).

Esa es otra propiedad del magisterio católico que podría echarse en falta en el islam: la independencia con respecto al poder político. Es una libertad que ha sido costosa de defender, trabajada a lo largo de siglos, con avances y retrocesos. Y donde aún un gobierno, como el comunista chino, pretende dominar a la Iglesia, el papado es para los católicos garantía de la pureza religiosa de la enseñanza y para el régimen un enemigo de su totalitarismo. Una autoridad común e independiente no siempre evita las divisiones, pero delimita con claridad el terreno: así, las divergencias pueden ser reconciliadas o acabar en separación, pero difícilmente llevarán a un “caos de fetuas”.