Para los cristianos, la “nueva era” comenzó con Jesucristo

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Duración lectura: 13m. 21s.

Un informe de la Santa Sede analiza el trasfondo religioso de la “New Age”
No es una secta religiosa, aunque propone una visión de Dios, del hombre y del mundo. El mensaje New Age cruza pacíficamente las culturas y se manifiesta en la música, el cine, la literatura, en el sector de la “auto-ayuda”, en algunas terapias, en la protesta “no global”. Como es muy heterogéneo, sería incorrecto sostener que todo lo que está relacionado con él es positivo o negativo. Pero una cosa es cierta: es difícil conciliar la perspectiva que subyace en la New Age con la doctrina y con la espiritualidad cristianas.

Referirse a estas alturas a la New Age parecería volver el calendario treinta años atrás. La diferencia es que en los años setenta sus expresiones estaban ligadas de algún modo a la contracultura, mientras que ahora ya no sorprenden, pues han sido asimiladas por las tendencias dominantes. Por ejemplo, es mérito suyo, en buena parte, si en los países occidentales mucha gente cree hoy en la reencarnación. Al mismo tiempo, parece evidente que sólo una minoría de las personas que se sienten atraídas por este fenómeno profundiza sobre su significado teórico o “místico”. La mayor parte son simples consumidores de productos que llevan esa etiqueta, a veces por razones puramente comerciales.

Para ayudar a descifrar este cuadro, dos organismos de la Santa Sede han publicado un estudio que traza las líneas generales de la Nueva Era, se centra en los aspectos que tocan el ámbito religioso y espiritual, e ilustra algunos puntos en los que sus posiciones se oponen a la fe católica (1). La publicación está presentada como un “informe provisional”, por lo que no tiene el valor doctrinal de un documento definitivo. Pero se trata, sin duda, de un análisis autorizado.

Un sucedáneo

Un aspecto que se evidencia a través de las páginas del libro es que muchas de las aspiraciones humanas a las que la New Age pretende responder tienen un origen real en la vida de muchas personas. Entre ellas figuran “la importancia de la dimensión espiritual del hombre y su integración con el resto de su vida, la búsqueda de un significado a la existencia, la relación entre los seres humanos y el resto de la creación, el deseo de un cambio personal y social, y el rechazo de una visión racionalista y materialista de la humanidad”. Lo que se critica es que esta corriente no ofrece una respuesta auténtica, sino un sucedáneo: se busca la felicidad donde no está.

En unión con lo anterior, se subraya la necesidad de que los católicos conozcan la fe que profesan, y se recomienda para ello usar el Catecismo de la Iglesia Católica. Y es que cuando la formación doctrinal es pobre, “se puede sostener, erróneamente, que la religión cristiana no inspira una profunda espiritualidad y entonces puede surgir la tentación de buscarla fuera”. Se afirma que esa tentación se da también dentro de instituciones y actividades calificadas de católicas. E incluso que existen “algunos centros católicos de espiritualidad que se dedican activamente a difundir la religiosidad New Age dentro de la Iglesia”.

Origen astrológico

La variedad de la New Age supone un problema para un tratamiento sistemático, pues parecería una contradicción querer clasificar un “magma” cuya esencia es, precisamente, infringir “las estrechas limitaciones del discurso racional”. En el ámbito New Age se afirma que no tienen una doctrina, de modo que la tarea de organizar su contenido queda a cargo del observador (con la desventaja de que podrá ser criticado cuando no guste, como ha ocurrido con este documento). Lo que no se niega, de todas formas, es que proponen una “espiritualidad”, aunque de contornos difuminados.

En todo caso, el marco en el que fragua la New Age está relacionado con el cambio de milenio. Para los astrólogos (es decir, los dedicados a “desentrañar” cómo los movimientos de los astros influyen en el comportamiento de los hombres), el inicio del tercer milenio coincide con el período en el que comenzará la Era de Acuario, que sustituirá a la actual Era de Piscis, que identifican con la era cristiana. Así, Acuario será la Nueva Era: llena de paz y de armonía, en contraste con las guerras y divisiones de la era cristiana. No está muy claro en qué momento habría que situar ese paso, pues los cálculos tienen un margen de oscilación -según los autores- que va de 1967 a 2376.

Banderín de enganche

Cuando se trata de ver exactamente cuál es el contenido de ese “cambio inminente” quedan de manifiesto al menos dos aspectos: que se trata más de una visión, de un deseo de cambio, que de una teoría. La segunda característica es que a ese tren se han enganchado muchas ideas que no tienen en su origen una conexión explícita con el “cambio de era” preconizado por los astrólogos. Lo “nuevo” del New Age es precisamente el sincretismo de elementos esotéricos y seculares, que se presentan como alternativa al cristianismo. En realidad, lo que tiene unido el network de la New Age es un espíritu alternativo a la tradición cristiana.

Allí se encuentran, como en un supermercado, contenidos procedentes de las prácticas ocultas egipcias, de la alquimia medieval, del “cristianismo céltico”, del budismo zen, del yoga, etc. Ingredientes diversos, pero unidos por una difuminada percepción de que los tiempos están maduros para un cambio fundamental de los individuos, la sociedad y el mundo.

Ese deseo de cambio se expresa frecuentemente con la idea de que se implantará un “Nuevo Paradigma” de vida. Ese término significa no sólo un nuevo modo de ver la religión y la espiritualidad, sino también una reinterpretación de lo que se considera el paradigma anterior (cristiano). Así, cuando en la esfera New Age se habla de Cristo, se trata de un Cristo reinterpretado, que no se corresponde con el de la fe cristiana. Lo mismo ocurre con otros términos; a veces se usan las mismas palabras, pero con significados no cristianos: Dios, ángeles, oración, salvación, etc.

Psicología y espiritualidad

La matriz esencial del pensamiento New Age hay que buscarla en la tradición esotérico-teosófica, de moda en los círculos intelectuales europeos en los siglos XVIII y XIX. Estuvo particularmente presente en la masonería, en el espiritismo y el ocultismo, que tienen en común una idea del mundo según la cual los elementos visibles e invisibles están conectados. Las personas pueden entrar en contacto con mundos superiores o inferiores a través de la imaginación, de intermediarios o de ritos. Y pueden ser iniciadas en los misterios del cosmos, de Dios y de sí a través de un recorrido espiritual de transformación.

A esa visión hay que unir una corriente de “sacralización de la psicología” inspirada en las teorías de Carl Gustav Jung, que ha llevado a confundir psicología con espiritualidad. En el contexto New Age, con el término “espiritualidad” se entiende la experiencia interior de armonía y de unidad con toda la realidad, que elimina el sentido de imperfección y de limitación propio de la persona. La “mística” no se refiere, por tanto, al encuentro con un Dios trascendente sino a la experiencia de ser uno con el universo.

Dios inmanente

En el campo religioso, la New Age ofrece una alternativa a la herencia judeo-cristiana. “Quien se pregunte si es posible creer en Cristo y en Acuario, que sepa que ésta es una situación en la que se está o de una parte o de otra”, mantiene el informe. No hay que olvidar, además, que muchos de los movimientos que han nutrido la New Age son explícitamente anti-cristianos.

Un punto clave que impregna todo el pensamiento y la práctica New Age es un implícito panteísmo en el que no se distingue a Dios de las criaturas. El Dios al que se refiere no es personal ni trascendente, sino una energía inmanente al mundo. Se habla también de Cristo, pero como un nombre aplicado a aquellos que han alcanzado un estado de conciencia en el cual perciben su propia divinidad. Jesús de Nazaret es una de las figuras históricas que alcanzaron ese nivel, al igual que Buda y otros.

La visión del hombre es congruente con lo anterior: somos esencialmente divinos, aunque participamos en la divinidad cósmica según los diversos niveles de conciencia. La identidad de cada ser humano está diluida en el ser universal y en el proceso de encarnaciones sucesivas. No es necesaria ninguna Revelación o Salvación que venga de fuera, sino el cumplimiento de la experiencia de salvación que está dentro de nosotros: algo que se hace posible mediante técnicas psico-físicas que llevan a la iluminación definitiva. La descripción podría ampliarse, pero bastan esos trazos para comprender que las diferencias con el cristianismo no son de matiz.

La New Age “comparte con algunos grupos de influencia internacional el objetivo de suplantar y superar las religiones concretas para dar espacio a una religión universal capaz de unir a toda la humanidad”. Muy ligado a este fin está el esfuerzo conjunto de muchas instituciones para inventar una ética global, un marco que reflejaría la naturaleza global de la cultura, de la economía y de la política. Empeño del que no están ausentes algunos cristianos.

Respuesta cristiana

Aunque muchas prácticas New Age no plantean en quienes las siguen estas cuestiones doctrinales, “es innegable que esas mismas prácticas comunican, aunque sólo sea indirectamente, una mentalidad que puede influir en el pensamiento e inspirar una visión del mundo”. El discernimiento se hace a veces difícil, pues el mismo clima que las rodea puede difuminar las fronteras entre lo inocuo y lo que se debe poner en discusión.

El documento hace algunas sugerencias para hacer frente al desafío cultural y religioso que presenta esta corriente, en la que cabe ver un síntoma de la crisis actual y al mismo tiempo una respuesta engañosa a las aspiraciones más profundas del corazón humano, como son la paz, la armonía consigo mismo, con los demás y con la naturaleza. Una respuesta, además, que se alimenta cada día de nuevos elementos.

Se sugiere, ante todo, la formación doctrinal de los católicos, que se completa con la práctica de la oración y el recurso a los sacramentos. Es preciso también ofrecer “una presentación buena y profunda del mensaje cristiano”, que incluye aspectos como el cuidado de la Tierra en cuanto creación de Dios. Y como idea de fondo, la conciencia de que para los cristianos, la “nueva era” comenzó hace dos mil años con la encarnación de Jesucristo.

Razones del éxito: un terreno abonado

Es preciso reconocer que la borrosa oferta de la Nueva Era encuentra el terreno abonado por algunas características de la sociedad actual. Una de ellas es la “sospecha” ante las instituciones y la búsqueda de soluciones “alternativas” que puedan satisfacer las necesidades más profundas del hombre. Algo que se manifiesta no sólo en el ámbito religioso, sino también, por ejemplo, en el ámbito político y médico.

Como la ciencia y la tecnología no han dado la felicidad que prometían, algunas personas se han dirigido hacia la espiritualidad en busca de significado y liberación.

La New Age es atractiva sobre todo porque parece saciar aspiraciones que con frecuencia no son satisfechas por las instituciones oficiales. Sin embargo, si bien es una reacción a la cultura contemporánea, en muchos aspectos es también hija de esa cultura. Examinando la mayoría de las tradiciones New Age queda claro enseguida que de new -salvo el sincretismo- hay muy poco. Si ha tenido gran éxito es porque su visión del mundo había sido ya ampliamente asumida. El campo había sido preparado por el desarrollo y aceptación del relativismo, por la indiferencia o abierta antipatía hacia la fe cristiana.

Los primeros símbolos de esta corriente que penetraron en la cultura occidental fueron el famoso festival de Woodstock, en el Estado de Nueva York, celebrado en 1969, y el musical Hair, que presentó los temas principales de la New Age en la emblemática canción Aquarius. De ahí se siguió un idealismo unido al mundo de los adolescentes, a las opciones políticas de izquierda, a las drogas psicodélicas. Pero eso fue sólo la punta del iceberg: la diferencia es que ahora sus contenidos no aparecen ya como revolucionarios. Las tendencias “espirituales” y “místicas”, antes limitadas a la contracultura, forman ya parte de la cultura dominante.

La ideología New Age ha penetrado en el mundo de la política a través, sobre todo, de las ideas de algunos movimientos ecologistas. Si se examinan algunos programas se comprueba, en efecto, que en el sustrato está presente un “biocentrismo” que niega la visión antropológica de la Biblia, en la que son los seres humano, y no una genérica naturaleza (que cabe reconducir a la diosa Gaia), los que están al centro de la creación.

Pero la evolución de la New Age no ha terminado. Algunos autores sostienen que se advierte ya una “segunda fase”, al menos en los centros más avanzados, en la que la utopía política ha cedido el puesto a una Nueva Era privada e individual.

Sospecha ante la normalidad y exaltación de la “diversidad”

“Con independencia de las cuestiones que plantea y de las críticas que suscita, la New Age -señala el informe- es un intento de llevar un poco de calor al mundo tan duro y despiadado en el que vivimos. Como reacción a la modernidad, actúa sobre todo en el nivel de los sentimientos, de los instintos y de las emociones. El ansia ante un futuro apocalíptico de inestabilidad económica, de incertidumbre política, de cambio climático, cumple un papel importante en la búsqueda de una alternativa, de una relación decididamente optimista con el cosmos. Se buscan la integridad y la felicidad, con frecuencia a un nivel declaradamente espiritual.

“No es una casualidad -continúa el documento- que la New Age haya tenido un enorme éxito en una época que se caracteriza por una exaltación casi universal de la diversidad. La cultura occidental ha ido más allá de la tolerancia, en el sentido de aceptación forzada o de resignación ante la idiosincrasia de una persona o de un grupo minoritario, y ha llegado a una consciente erosión del respeto por la normalidad. La normalidad nos viene presentada como un concepto moralmente plúmbeo, ligado necesariamente a normas absolutas. Para un número cada vez más alto de personas, normas y credos absolutos no son otra cosa que la incapacidad de tolerar los puntos de vista y las convicciones de los otros. En tal clima, los estilos de vida y las teorías alternativas han tenido un éxito extraordinario: ser diversos no es sólo aceptable, si no que es una cosa buena y positiva”.

Diego Contreras____________________(1) Cfr. Pontificio Consiglio della Cultura / Pontificio Consiglio per il Dialogo Interreligioso. Gesù Cristo Portatore dell’acqua viva. Una riflessione cristiana sul “New Age”. Libreria Editrice Vaticana (2003). 93 págs.