Los terroristas que están entre nosotros

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Los autores de la matanza en Londres el pasado 7 de julio eran británicos, aunque de ascendencia extranjera, que llevaban una vida aparentemente normal y no despertaron sospechas. “The Economist” (16 julio 2005) se pregunta cómo jóvenes musulmanes como ellos pueden convertirse en terroristas.

Los terroristas suicidas de Londres eran ciudadanos establecidos en Leeds. Frecuentaban las mezquitas del barrio de Beeston, conocían a los vecinos, se reunían en los centros sociales. Pero, como ahora resulta claro, albergaban un profundo resentimiento hacia su país y aun a toda la civilización europea.

Sin embargo, eso no es explicación suficiente. “The Economist” plantea dos incógnitas inquietantes y relacionadas. Primera: “¿Qué induce a una pequeña minoría de los musulmanes de Europa a pasar del descontento o la frustración personal al terrorismo activo?”. Segunda: “¿El ataque a Londres fue un acto de terrorismo originado en el país o una atrocidad ordenada por personas en alguna lejana zona de guerra que guardan rencor a Gran Bretaña?”. Estas preguntas no admiten respuestas fáciles. “En esta era de ideologías globalizadas, comunicaciones globalizadas y fronteras porosas, no hay distinción real entre amenazas internas y amenazas exteriores”.

Padrinos extranjeros

Dos hechos dan una posible clave. Por un lado, los terroristas de Londres consiguieron explosivos no comunes; por otro, estaban imbuidos de ideas sobre el Islam que circulan en el ciberespacio, y seguirían circulando aunque se lograra detener a todos los terroristas que intentaran entrar en el país. De modo que en el caso de los jóvenes de Leeds, como en otros semejantes, es decisiva la conexión con el extranjero. Internet permite a jóvenes musulmanes radicales que viven en Occidente ponerse en contacto con cabecillas terroristas de Afganistán, Irak o Marruecos. Éstos saben cómo planear los atentados y encuentran en los países de Occidente gente dispuesta a realizarlos.

Un ejemplo de este patrocinio extranjero es el de Abu Musab al-Zarqawi, el cerebro del terrorismo en Irak, que -según informaciones recientes- ha formado una red de simpatizantes y voluntarios en España. Otro es el de Mohammed Bouyeri, el asesino del director de cine holandés Theo van Gogh. Se encontraba relacionado con el grupo Hofstad, formado por jóvenes musulmanes descontentos con su país de acogida, Holanda, que navegaban por Internet en busca de inspiración. Al principio, los miembros de este grupo eran terroristas inexpertos y torpes: uno de ellos fue capturado en 2003 cuando intentaba fabricar una bomba casera a partir de fórmulas halladas en Internet; pero no lo habría conseguido porque se equivocó en un componente. Pero en determinado momento, los jóvenes de Hofstad dieron con un mentor: un yihadista sirio llegado a Holanda que los adoctrinó y entrenó.

Un caso más es el de la “célula de Hamburgo” que cometió los atentados del 11-S. Se introdujeron en el terrorismo tras conocer a alguien que les presentó primero a un agente de Al Qaeda en Alemania, y después a cerebros de la organización en Afganistán. Si no hubiera sido por eso, Mohamed Atta y los demás miembros de su grupo quizá habrían desfogado su odio combatiendo como voluntarios en Chechenia.

Lo singular -y más preocupante- es que no suelen ser los padrinos extranjeros quienes reclutan jóvenes en Europa; en la mayoría de los casos ocurre al revés: son los aspirantes a terroristas quienes buscan padrinos. Al Qaeda no recluta activamente, en parte porque ello atraería la atención de las fuerzas de seguridad, y en parte porque, tras la destrucción de sus bases en Afganistán, no tiene estructura para hacerlo. Se ha producido un proceso de “autorreclutamiento” y “autorradicalización” entre jóvenes musulmanes de Occidente, mientras la red de Al Qaeda se ha difuminado en multitud de células y grupúsculos presentes, con infinidad de conexiones, en muchos países, lo que dificulta su detección.

Después del 11-S, Al Qaeda no constituye una organización terrorista convencional. “Se trata de una comunidad ideológica” que no necesita reclutar a jóvenes dispuestos a la guerra santa. De estos últimos parte la iniciativa; ellos son quienes inician los contactos, buscan información sobre técnicas terroristas, reclaman patrocinio ideológico y finalmente se convierten en quintacolumnistas. En este sentido, el nuevo radicalismo es más difuso y menos controlable.

El camino al radicalismo

Así pues, los terroristas islámicos occidentales son jóvenes exaltados que encuentran mentores e instructores extranjeros. Pero ¿cómo se introducen en ese camino? Aunque los casos pueden ser muy distintos, se pueden hallar algunas pautas comunes. “A menudo, un joven varón musulmán se despega de la sociedad y empieza a sentirse ajeno tanto a sus padres como al ambiente ‘cargado’ de la cultura islámica en que creció. Puede hacerse más devoto, pero es más probable lo contrario. Recurre a la bebida, a las drogas y a los pequeños delitos hasta que ve una ‘solución’ a sus problemas en el islam radical”.

Según el especialista francés Oliver Roy, el neo-fundamentalismo es una reacción de musulmanes asentados en Occidente tanto contra sus familias como contra la sociedad de acogida. Se encuentran, por decirlo así, a la deriva entre dos culturas: la de su país de origen, que han abandonado, y la occidental, cuyos valores les suscitan rechazo. Entonces “son atraídos por una versión simple de la fe, que fácilmente se propaga por los medios electrónicos entre gente de todas las culturas”.

Otro islamólogo francés, Atoine Sfeir, opina que la segunda generación de musulmanes europeos se ha “reislamizado” a consecuencia también de las nuevas relaciones entre los sexos. Las jóvenes musulmanes se adaptan mejor a la sociedad occidental que los hombres (tienen mejor rendimiento escolar, por ejemplo), con lo que se alteran las estructurales patriarcales. Sus coetáneos varones se sienten atraídos al integrismo con el fin de restaurar el antiguo orden.

En muchos casos, esos jóvenes musulmanes alienados forman grupos, en los que unos a otros se incitan al extremismo. “Jóvenes unidos por el mismo origen étnico, el culto religioso o la actividad delictiva desarrollan un interés común por el sufrimiento de los musulmanes en el mundo. Sitios de Internet y canales de televisión por satélite les suministran imágenes y retórica incendiaria de cualquier lugar donde hay musulmanes en lucha contra infieles. Antes, la guerra favorita era la de Chechenia; ahora es la de Irak”.

Además de los inmigrantes de segunda generación, los servicios de inteligencia han identificado otros dos tipos de musulmanes que pueden convertirse en terroristas. Primero, los inmigrantes recién llegados, que tienden al radicalismo al estar afectados por enfrentamientos en sus países de origen; así, en los años noventa la guerra civil de Argelia llevó a Francia a los extremistas que cometieron atentados como los ataques con bombas en el metro de París. Segundo, los conversos con antecedentes criminales o marginados, que asimilan formas de fe más violentas.

Para hacer frente a esta amenaza, concluye “The Economist”, no basta la vigilancia de los servicios de seguridad. El caldo de cultivo del terrorismo es un problema interno de la comunidad musulmana. Por tanto, “los musulmanes tienen que aprender a vigilarse a sí mismos”.

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