Los católicos y la Biblia

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John M. Haas, en la actualidad profesor en un seminario de Pensilvania (Estados Unidos), era pastor protestante y se convirtió al catolicismo. Como explica en First Things (Nueva York, agosto-septiembre 1995), pese a la creencia común entre los protestantes, en la fe católica la Escritura ocupa un lugar principal.

Mi vecino de asiento en aquel avión era un hombre realmente agradable. Iba bien vestido, tenía una expresión amable y mostraba un amistoso interés por mí, cosa sorprendente, puesto que yo era un completo desconocido para él. Así que no me extrañé cuando finalmente me dijo que era pastor protestante. Hablaba de modo abierto y desenvuelto de su fe y de la alegría que encontraba en su relación con el Señor.

No dejó de ser cortés conmigo al enterarse de que yo era católico. Dijo que le complacía saber que también yo conocía y amaba al Señor Jesús. Pero finalmente llegó un momento en la conversación en que no pudo evitar expresar cierto disgusto con la Iglesia católica.

– No logro entender -dijo- por qué ustedes los católicos se aferran a esas tradiciones que no tienen base alguna en la Escritura.

– ¿A qué tradiciones se refiere concretamente? -respondí, un tanto sorprendido.

– Por ejemplo, esa de que unos hombres crean poder perdonar los pecados a otros hombres: la práctica de la confesión.

– Pero eso está basado en la Escritura. El Señor, después de la Resurrección, se apareció a sus discípulos, sopló sobre ellos y dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes los retengáis, les son retenidos”.

– Eso será en su Biblia, no en nuestra Biblia protestante.

– ¿Tiene ahí un ejemplar de su Biblia?

– Por supuesto -respondió en tono de reproche, como si yo creyera que él podía viajar sin ella.

Tomé la Biblia del Rey Jacobo que me ofreció: un ejemplar gastado, encuadernado en piel. Fui al capítulo XX de San Juan y leí en voz alta el pasaje, escrito en elocuente prosa isabelina. En el rostro de mi compañero de viaje se dibujó una expresión de asombro y de confusión. “Nunca había reparado en eso”, dijo. Tras un momento de silencio, añadió: “Tendré que pensar en este asunto”.

Por supuesto, ese simpático pastor sin duda había leído el pasaje muchas veces. Pero nunca a la luz de la tradición católica.

En los años transcuridos desde ese encuentro, me he preguntado muchas veces qué habrá sido del pastor. Quisiera saber si su nuevo modo de ver la Escritura finalmente le ha llevado a avanzar por el camino hacia la Iglesia católica que tantos amigos míos han recorrido. La mayoría de mis amigos protestantes que se han hecho católicos (parece que las conversiones son cada vez más numerosas) lo hicieron por su amor a la Escritura, no a pesar de él.

Conocí a un matrimonio de protestantes -médicos los dos, con profundo amor a nuestro Señor- que a diario meditaban las Escrituras. Y a medida que aumentaba su conocimiento de la Biblia, les resultaba más claro que lo que veían en la Iglesia protestante no se conformaba con el testimonio de la Escritura tanto como la tradición católica. Leían, por ejemplo, el relato bíblico en que Jesús confiere a los apóstoles el poder de perdonar los pecados, y comprobaban que la Iglesia católica sigue cumpliendo esta misión mediante el sacramento de la penitencia, mientras que en la confesión protestante a la que pertenecían no ocurre así.

Leían las palabras de Jesús sobre la Eucaristía -“Esto es mi cuerpo… Esta es mi sangre”-, y veían que sus amigos católicos creían en ellas a la letra, mientras que los protestantes les daban diversas interpretaciones que diluían el sugnificado obvio de lo que dijo el mismo Verbo encarnado. Leían el mandato, dado a los cristianos por Santiago, de llamar a los presbíteros de la Iglesia para que ungieran a los enfermos en el nombre del Señor. Veían que eso se practicaba en la Iglesia católica, pero en vano lo buscaron en la suya propia.

Finalmente, llevados del deseo de ser más fieles a la Escritura y seguir al Señor más de cerca, pidieron ser recibidos en la Iglesia católica y admitidos a los sacramentos, en los que creían encontrarse con Cristo en persona. Habían comprendido que los sacramentos no son obstáculos que se ha de superar para encontrar a Jesús, sino justamente medios que Dios nos ha dado para que lleguemos a Cristo. Comprendieron la verdad católica de que la humanidad de Jesús no es ningún obstáculo para alcanzar su divinidad. Simplemnete, no hay otro camino: el Verbo se hizo carne. (…)

Esto fue lo que nos llevó a mi familia y a mí -yo era pastor protestante-, y a muchos de nuestros amigos -algunos de ellos también eran ministros protestantes- a abrazar la fe católica. No es que no amáramos a nuestro Señor cuando éramos protestantes. Al contrario, le amábamos, y profundamente. Nos hicimos católicos porque queríamos estar lo más unidos a Él que es posible estar en esta vida y aprovechar al máximo todos los dones que Él nos dejó, al confiarlos a los ministros autorizados de su Iglesia.

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