Los 80 de “Lolo Kiko”

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El sábado 17 de diciembre, el Papa Francisco cumple 80 años. Su compatriota Gardel, en un memorable tango, confortaba a la audiencia con aquello de “… que 20 años no es nada, qué febril la mirada…”, aunque quizás, multiplicados por cuatro, ya esos 20 sean algo. Una vida, por decir lo menos. Muy provechosa, por decir más.

En el Vaticano no habrá ninguna celebración extraordinaria. La agenda de siempre: la Eucaristía, la bienvenida a algún jefe de Estado, una comida con colaboradores… Francisco no es amigo de los grandes fastos, aunque debe imaginar que hay millones que querrían abrazarlo. Sería físicamente imposible pero, gracias a la tecnología, todo el que lo desee puede darle un achuchón digital: basta con enviarle un mensaje de felicitaciones a [email protected]. Y claro, no olvidarse de la golosina que más apreciará el homenajeado: una oración por él.

Narra el Papa que, en su viaje a Filipinas en 2015, la multitud le aclamaba alegremente con un “¡Lolo Kiko, Lolo Kiko!”. Abuelo Francisco, Abuelo Francisco. Quizás porque el ser abuelo no lo confiere solo el ADN, sino los modos y el contenido: el cariño a los más jóvenes, la preocupación por el bienestar de la familia, particularmente el de aquellos que están enfermos o se han quedado rezagados, y la sabiduría, el saber utilizar la experiencia en pro del bien. Con propiedad, pues, el Papa (del griego pappa, papá) es, además de padre, abuelo. Y no solo para mil millones de católicos, sino para todos los que, de otras religiones o de ninguna, han escuchado de su preocupación por los más olvidados entre los olvidados y de su oración constante por los que sufren.

Entre estos últimos, por cierto, hay muchos “de la misma quinta” del Papa. Muchos ancianos abandonados, recluidos en su soledad, acallados por los que creen que ya pasó su cuarto de hora y no tienen nada que aportar. Francisco, que ya sufre los embates de la edad, la debilidad del cuerpo, los tiene en mente constantemente y pide un cambio de actitud hacia ellos. No desea asilos que parezcan prisiones, sino hogares que sean “pulmones de humanidad”. Dios –según advertía recientemente en Amoris laetitia–no solo nos quiere atentos a las necesidades de los pobres: “También espera que escuchemos el grito de los ancianos”.

“Debemos –añadía entonces– despertar el sentido colectivo de gratitud, de aprecio, de hospitalidad, que haga sentir al anciano parte viva de su comunidad. Los ancianos son hombres y mujeres, padres y madres que estuvieron antes que nosotros en el mismo camino, en nuestra misma casa, en nuestra diaria batalla por una vida digna”.

Para el Papa, por otra parte, la vejez no es la hora de “tirar los remos en la barca” –él mismo no los ha tirado, ¡y menuda barca la suya!–, sino un oportuno momento para transmitir a los más jóvenes la historia de la familia y del pueblo, la buena experiencia, y sobre todo, en el caso de los abuelos cristianos, el tesoro de la fe: “En aquellos países donde la persecución religiosa ha sido cruel (…), han sido los abuelos los que llevaban a los niños a bautizar a escondidas, los que les dieron la fe”, afirmaba en una catequesis en septiembre de 2014. Además, reconoce un plus espiritual en los mayores: “Los abuelos tienen una capacidad para comprender las situaciones más difíciles: ¡una gran capacidad! Y cuando rezan por estas situaciones, su oración es más fuerte ¡es poderosa!”.

Es por estas convicciones que Francisco, un anciano acompañado, respetado y muy querido, quiere que las canas de otros cientos de millones sean también acariciadas, respetadas y queridas, y que, en lo que les toca, los abuelos sean conscientes de lo mucho que pueden hacer. El niño Mario Jorge, que hace muchos años, allá en Buenos Aires, iba de la mano de su abuela, bebiendo de ella la fe, el respeto por los demás y un afecto que forzosamente tenía que dejar poso –“las palabras que me dejó por escrito el día de mi ordenación sacerdotal las llevo todavía conmigo, siempre en el breviario, las leo a menudo y me hace bien”–; ese niño se ha hecho mayor, considerablemente mayor. Pero como Jesús y el Padre, “aún trabaja”.

Así lo hará mientras le quede vida, y después más. Por eso, en los 80 años por venir y mucho más allá, la Iglesia, ¡el mundo!, tendrán motivo para agradecer a Dios el regalo de este anciano laborioso.

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