Líneas de fuerza del mensaje del Papa en la JMJ de Madrid 2011

En Internet hay decenas de miles de vídeos sobre la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid 2011. Y han aparecido los primeros libros con textos, fotos, etc. Pero no viene mal una síntesis sistemática de las grandes ideas desarrolladas por el Papa aquellos días de agosto. Este es un intento, que arranca de las pautas que el propio Pontífice mostró en la audiencia general celebrada en Castelgandolfo el miércoles siguiente a la celebración de la JMJ.

1. Nueva evangelización, sin miedo.

La JMJ se inscribe dentro del gran objetivo de la nueva evangelización, como señalaba a los periodistas durante el vuelo hacia Madrid. Después de haber presidido ya dos Jornadas, concluía que Juan Pablo II había recibido una gran inspiración. Son “una cascada de luz; dan visibilidad a la fe, a la presencia de Dios en el mundo, y confirman el coraje de ser creyentes”. Frente a posibles aislamientos, aquí se palpa la universalidad, la existencia de una “red universal de amistad, que une al mundo con Dios, y que es una realidad importante para el futuro de la humanidad, para la vida de la humanidad de hoy”.

A la vez, es un acontecimiento de libertad. Frente a posibles excesos históricos, la realidad es que la verdad es accesible sólo en la libertad. “Se pueden imponer por la fuerza comportamientos, normas, actividades, ¡pero no la verdad! La verdad se abre sólo a la libertad, al consentimiento libre, y por lo tanto, la libertad y la verdad están íntimamente unidas: una es condición de la otra”. De ahí la crítica del Papa a la imposición de valores desde una razón positivista. Y su convicción de que “la verdad como tal, es dialógica, porque trata de comprender y entender mejor, y lo hace en el diálogo con los demás. Por tanto, buscar la verdad y la dignidad humana es la mayor defensa de la libertad”.

Desde el primer día de la JMJ, en la plaza de Cibeles, planteó la cuestión radical: “Sí, hay muchos que, creyéndose dioses, piensan no tener necesidad de más raíces ni cimientos que ellos mismos. Desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto; decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias; dar en cada instante un paso al azar, sin rumbo fijo, dejándose llevar por el impulso de cada momento. Estas tentaciones siempre están al acecho. Es importante no sucumbir a ellas, porque, en realidad, conducen a algo tan evanescente como una existencia sin horizontes, una libertad sin Dios”.

Pero la fe no se confunde con ideologías. En el texto preparado para la vigilia en Cuatro Vientos, les decía: “Sí, queridos amigos, Dios nos ama. Ésta es la gran verdad de nuestra vida y que da sentido a todo lo demás. No somos fruto de la casualidad o la irracionalidad, sino que en el origen de nuestra existencia hay un proyecto de amor de Dios. (…) Queridos jóvenes, no os conforméis con menos que la Verdad y el Amor, no os conforméis con menos que Cristo.

“Precisamente ahora, en que la cultura relativista dominante renuncia y desprecia la búsqueda de la verdad, que es la aspiración más alta del espíritu humano, debemos proponer con coraje y humildad el valor universal de Cristo, como salvador de todos los hombres y fuente de esperanza para nuestra vida”.

En definitiva, “no tengáis miedo al mundo, ni al futuro, ni a vuestra debilidad. El Señor os ha otorgado vivir en este momento de la historia, para que gracias a vuestra fe siga resonando su Nombre en toda la tierra”.

2. Escuchar la palabra revelada.

Benedicto XVI propuso desde el primer momento a los jóvenes la necesidad de orientarse y enraizarse en la verdad más profunda, “la verdad que Dios ha dado a conocer en Cristo”.

Para la ceremonia de acogida en Cibeles, se había elegidoun pasaje del Evangelio que habla de acoger las palabras de Jesús y de ponerlas en práctica: “Hay palabras que solamente sirven para entretener, y pasan como el viento; otras instruyen la mente en algunos aspectos; las de Jesús, en cambio, han de llegar al corazón, arraigar en él y fraguar toda la vida. Sin esto, se quedan vacías y se vuelven efímeras. No nos acercan a Él. Y, de este modo, Cristo sigue siendo lejano, como una voz entre otras muchas que nos rodean y a las que estamos tan acostumbrados. El Maestro que habla, además, no enseña lo que ha aprendido de otros, sino lo que Él mismo es, el único que conoce de verdad el camino del hombre hacia Dios, porque es Él quien lo ha abierto para nosotros, lo ha creado para que podamos alcanzar la vida auténtica, la que siempre vale la pena vivir en toda circunstancia y que ni siquiera la muerte puede destruir”.

No es cuestión de sentimientos. Hace falta doctrina, búsqueda intelectual rigurosa, según sus palabras a universitarios en El Escorial el 19-8, previniéndoles contra excesos bien conocidos: “cuando la sola utilidad y el pragmatismo inmediato se erigen como criterio principal, las pérdidas pueden ser dramáticas: desde los abusos de una ciencia sin límites, más allá de ella misma, hasta el totalitarismo político que se aviva fácilmente cuando se elimina toda referencia superior al mero cálculo de poder. En cambio, la genuina idea de Universidad es precisamente lo que nos preserva de esa visión reduccionista y sesgada de lo humano”.

3. Seguir la propia llamada.

Una de las preguntas de los periodistas en el vuelo hacia Madrid, se refería a la eficacia real de estos eventos. Con toda sencillez, Benedicto XVI recordó que la siembra divina “es siempre silenciosa, no aparece inmediatamente en las estadísticas”. Con la semilla de la JMJ pasa lo mismo que con la de la parábola del Evangelio. Y, como la de la mostaza, crece poco a poco y se convierte en un árbol grande.

Fueron abundantes las referencias al seguimiento de Cristo. En la vigilia del 20-8, invitaba “a pedir a Dios que os ayude a descubrir vuestra vocación en la sociedad y en la Iglesia y a perseverar en ella con alegría y fidelidad. Vale la pena acoger en nuestro interior la llamada de Cristo y seguir con valentía y generosidad el camino que él nos proponga.

“A muchos, el Señor los llama al matrimonio, en el que un hombre y una mujer, formando una sola carne (cf. Gn 2, 24), se realizan en una profunda vida de comunión. (…) Por eso, reconocer la belleza y bondad del matrimonio, significa ser conscientes de que solo un ámbito de fidelidad e indisolubilidad, así como de apertura al don divino de la vida, es el adecuado a la grandeza y dignidad del amor matrimonial.

“A otros, en cambio, Cristo los llama a seguirlo más de cerca en el sacerdocio o en la vida consagrada. Qué hermoso es saber que Jesús te busca, se fija en ti y con su voz inconfundible te dice también a ti: «¡Sígueme!» (cf. Mc 2,14)”.

De modo particular reiteró esa esperanza –ya real entre los seminaristas y jóvenes religiosas, a los que dedicó actos específicos– en la reunión con una amplia representación de los voluntarios, camino del aeropuerto de Barajas el día 21: “Es posible que en muchos de vosotros se haya despertado tímida o poderosamente una pregunta muy sencilla: ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Cuál es su designio sobre mi vida? ¿Me llama Cristo a seguirlo más de cerca? ¿No podría yo gastar mi vida entera en la misión de anunciar al mundo la grandeza de su amor a través del sacerdocio, la vida consagrada o el matrimonio? Si ha surgido esa inquietud, dejaos llevar por el Señor y ofreceos como voluntarios al servicio de Aquel que «no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10,45). Vuestra vida alcanzará una plenitud insospechada. Quizás alguno esté pensando: el Papa ha venido a darnos las gracias y se va pidiendo. Sí, así es. Ésta es la misión del Papa, Sucesor de Pedro. Y no olvidéis que Pedro, en su primera carta, recuerda a los cristianos el precio con que han sido rescatados: el de la sangre de Cristo (cf. 1P 1, 18-19). Quien valora su vida desde esta perspectiva sabe que al amor de Cristo solo se puede responder con amor, y eso es lo que os pide el Papa en esta despedida: que respondáis con amor a quien por amor se ha entregado por vosotros. Gracias de nuevo y que Dios vaya siempre con vosotros”.

4. La importancia de la oración.

En la audiencia general del 24-8 Benedicto XVI recordó emocionado ¡la vigilia y la misa en Cuatro Vientos: al atardecer “una multitud de jóvenes festivos, sin ningún temor a la lluvia y al viento, permaneció en adoración silenciosa de Cristo presente en la Eucaristía, para alabarlo, darle gracias y pedirle ayuda y luces”.

En su discurso les diría que “para descubrir y seguir fielmente la forma de vida a la que el Señor os llame a cada uno, es indispensable permanecer en su amor como amigos. Y ¿cómo se mantiene la amistad si no es con el trato frecuente, la conversación, el estar juntos y el compartir ilusiones o pesares? Santa Teresa de Jesús decía que la oración es «tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (cf. Libro de la vida, 8).

“Os invito, pues, a permanecer ahora en la adoración a Cristo, realmente presente en la Eucaristía. A dialogar con Él, a poner ante Él vuestras preguntas y a escucharlo. Queridos amigos, yo rezo por vosotros con toda el alma. Os suplico que recéis también por mí. Pidámosle al Señor en esta noche que, atraídos por la belleza de su amor, vivamos siempre fielmente como discípulos suyos. Amén”.

De modo particular había subrayado el día 20 la necesidad de la oración en la misa para los seminaristas celebrada en la catedral de la Almudena, con palabras de alcance general: “¿Cómo vivir estos años de preparación? Ante todo, deben ser años de silencio interior, de permanente oración, de constante estudio y de inserción paulatina en las acciones y estructuras pastorales de la Iglesia. Iglesia que es comunidad e institución, familia y misión, creación de Cristo por su Santo Espíritu y a la vez resultado de quienes la conformamos con nuestra santidad y con nuestros pecados. (…) La santidad de la Iglesia es ante todo la santidad objetiva de la misma persona de Cristo, de su evangelio y de sus sacramentos, la santidad de aquella fuerza de lo alto que la anima e impulsa. Nosotros debemos ser santos para no crear una contradicción entre el signo que somos y la realidad que queremos significar”.

5. Amigos de Dios.

El papa aludió muchas veces a la amistad, ya desde la ceremonia de acogida en Cibeles el 18-8-11, donde les presentó a Cristo como “el único Amigo que no defrauda y con el que queremos compartir el camino de la vida. Bien sabéis que, cuando no se camina al lado de Cristo, que nos guía, nos dispersamos por otras sendas, como la de nuestros propios impulsos ciegos y egoístas, la de propuestas halagadoras pero interesadas, engañosas y volubles, que dejan el vacío y la frustración tras de sí”.

En la homilía del domingo 21-8, abría con gozo su corazón a los jóvenes “pensando en el afecto especial con el que Jesús os mira. Sí, el Señor os quiere y os llama amigos suyos (cf. Jn 15,15). Él viene a vuestro encuentro y desea acompañaros en vuestro camino, para abriros las puertas de una vida plena, y haceros partícipes de su relación íntima con el Padre”.

Ya al final de su homilía insistiría en esa relación íntima del alma con Dios, fundamento de la amistad y comunión eclesial: “Queridos jóvenes, permitidme que, como Sucesor de Pedro, os invite a fortalecer esta fe que se nos ha transmitido desde los Apóstoles, a poner a Cristo, el Hijo de Dios, en el centro de vuestra vida. Pero permitidme también que os recuerde que seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él”.

6. Servir a los hombres.

La idea de servicio salió en diversas ocasiones pero, quizá de modo particular, en la despedida de los voluntarios, en la tarde del 21-8. Quiso darles expresamente las gracias, antes de regresar a Roma: “Es un deber de justicia y una necesidad del corazón. Deber de justicia, porque, gracias a vuestra colaboración, los jóvenes peregrinos han podido encontrar una amable acogida y una ayuda en todas sus necesidades. Con vuestro servicio habéis dado a la Jornada Mundial el rostro de la amabilidad, la simpatía y la entrega a los demás”.

No dejó de mencionar que los voluntarios sacrificaron la participación directa en muchos actos: “esa renuncia ha sido un modo hermoso y evangélico de participar en la Jornada: el de la entrega a los demás de la que habla Jesús. (…) El Señor trasformará vuestro cansancio acumulado, las preocupaciones y el agobio de muchos momentos en frutos de virtudes cristianas: paciencia, mansedumbre, alegría en el darse a los demás, disponibilidad para cumplir la voluntad de Dios. Amar es servir y el servicio acrecienta el amor. Pienso que es este uno de los frutos más bellos de vuestra contribución a la Jornada Mundial de la Juventud”.

De modo especial presentó ese panorama de servicio en la misa para los seminaristas: “Pedidle, pues, a Él, que os conceda imitarlo en su caridad hasta el extremo para con todos, sin rehuir a los alejados y pecadores, de forma que, con vuestra ayuda, se conviertan y vuelvan al buen camino. Pedidle que os enseñe a estar muy cerca de los enfermos y de los pobres, con sencillez y generosidad. Afrontad este reto sin complejos ni mediocridad, antes bien como una bella forma de realizar la vida humana en gratuidad y en servicio, siendo testigos de Dios hecho hombre, mensajeros de la altísima dignidad de la persona humana y, por consiguiente, sus defensores incondicionales”.

En el caso de los profesores universitarios en El Escorial, ese espíritu de servicio exigirían una revisión a fondo del fin de la Universidad, que no se reduce a una tarea utilitaria: “formar profesionales competentes y eficaces que satisfagan la demanda laboral en cada preciso momento”. “En cambio, la genuina idea de Universidad es precisamente lo que nos preserva de esa visión reduccionista y sesgada de lo humano”. Los jóvenes necesitan maestros, que les encaminen hacia la verdad.

7. Aliviar el dolor espiritual y material.

En su Magisterio, Benedicto XVI no deja pasar ninguna ocasión de recordar las obras de misericordia, que están en el centro de la vida cristiana desde el sermón de la montaña hasta la Cruz. Se comprende que esa inquietud estuviera particularmente presente en el Vía crucis celebrado en el paseo de Recoletos el 19-8. Fueron momentos de recogimiento ante las escenas de la pasión y el recuerdo de tantas formas de sufrimiento por parte de las personas que llevaban la cruz de la JMJ de una escena a otra.

El Pontífice apelaba a la generosidad de los jóvenes: “no paséis de largo ante el sufrimiento humano, donde Dios os espera para que entreguéis lo mejor de vosotros mismos: vuestra capacidad de amar y de compadecer”.

Como en otros viajes, el Papa incluyó en su programa un acto concreto en esta línea: la visita al Instituto San José, camino de la vigilia en Cuatro Vientos el 20-8. Allí reflexionó sobre esa situación tremenda del sufrimiento y la limitación profunda en personas jóvenes. Lo había tratado en la Encíclica sobre la esperanza, que citó oportunamente: “La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre (…). Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana” (Spe salvi, 38)”.

Era una ocasión también para recordar “la dignidad de cada vida humana, creada a imagen de Dios. Ninguna aflicción es capaz de borrar esta impronta divina grabada en lo más profundo del hombre”. La predilección del Señor por el que sufre lleva a “darle, además de las cosas externas que precisa, la mirada de amor que necesita”. El Papa tuvo palabras sentidas para quien trabajan a diario con estos jóvenes: “Vuestra vida y dedicación proclaman la grandeza a la que está llamado el hombre: compadecerse y acompañar por amor a quien sufre, como ha hecho Dios mismo. Y en vuestra hermosa labor resuenan también las palabras evangélicas: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40)”.

“Queridos amigos, nuestra sociedad, en la que demasiado a menudo se pone en duda la dignidad inestimable de la vida, de cada vida, os necesita: vosotros contribuís decididamente a edificar la civilización del amor”.

8. Autenticidad: la humildad es la verdad.

Si la humildad es la verdad, como enseñó santa Teresa, nadie se extrañó de que lo recordase con fuerza a los universitarios en El Escorial el 19-8: “el camino hacia la verdad completa compromete también al ser humano por entero: es un camino de la inteligencia y del amor, de la razón y de la fe. No podemos avanzar en el conocimiento de algo si no nos mueve el amor; ni tampoco amar algo en lo que no vemos racionalidad: pues “no existe la inteligencia y después el amor: existe el amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor” (Caritas in veritate, n. 30)”.

La humildad intelectual se impone porque la verdad está más allá de nuestro alcance: “Podemos buscarla y acercarnos a ella, pero no podemos poseerla del todo: más bien, es ella la que nos posee a nosotros y la que nos motiva. En el ejercicio intelectual y docente, la humildad es asimismo una virtud indispensable, que protege de la vanidad que cierra el acceso a la verdad. No debemos atraer a los estudiantes a nosotros mismos, sino encaminarlos hacia esa verdad que todos buscamos. A esto os ayudará el Señor, que os propone ser sencillos y eficaces como la sal, o como la lámpara, que da luz sin hacer ruido (cf. Mt 5,13-15)”. Sin duda, es el autorretrato del Papa Benedicto, que lleva a la gente –a millares de jóvenes– hacia Cristo, no hacia su persona.

9. Optimismo y esperanza

En la audiencia general del 24-8, el Papa recordó la JMJ como “un gran don”: “ha sido ante todo una estupenda manifestación de fe para España y para el mundo”.

Benedicto XVI había llegado con una ilusión grande, como dijo en el propio aeropuerto el 18-9: “Este descubrimiento del Dios vivo alienta a los jóvenes y abre sus ojos a los desafíos del mundo en que viven, con sus posibilidades y limitaciones. Ven la superficialidad, el consumismo y el hedonismo imperantes, tanta banalidad a la hora de vivir la sexualidad, tanta insolidaridad, tanta corrupción. Y saben que sin Dios sería arduo afrontar esos retos y ser verdaderamente felices, volcando para ello su entusiasmo en la consecución de una vida auténtica. Pero con Él a su lado, tendrán luz para caminar y razones para esperar, no deteniéndose ya ante sus más altos ideales, que motivarán su generoso compromiso por construir una sociedad donde se respete la dignidad humana y la fraternidad real (…) no están solos. Muchos coetáneos suyos comparten sus mismos propósitos y, fiándose por entero de Cristo, saben que tienen realmente un futuro por delante y no temen los compromisos decisivos que llenan toda la vida (…) La Jornada Mundial de la Juventud nos trae un mensaje de esperanza, como una brisa de aire puro y juvenil, con aromas renovadores que nos llenan de confianza ante el mañana de la Iglesia y del mundo”.

El Papa no ignora las dificultades: desempleo, drogas, discriminaciones que sufren los creyentes. “Pero yo vuelvo a decir a los jóvenes, con todas las fuerzas de mi corazón: que nada ni nadie os quite la paz; no os avergoncéis del Señor”.

En la a cogida en Cibeles el 18-9 insistió: “Vuestra alegría contagiará a los demás. Se preguntarán por el secreto de vuestra vida y descubrirán que la roca que sostiene todo el edificio y sobre la que se asienta toda vuestra existencia es la persona misma de Cristo, vuestro amigo, hermano y Señor, el Hijo de Dios hecho hombre, que da consistencia a todo el universo. Él murió por nosotros y resucitó para que tuviéramos vida, y ahora, desde el trono del Padre, sigue vivo y cercano a todos los hombres, velando continuamente con amor por cada uno de nosotros”.

10. En manos de la Virgen.

Fueron continuas las referencias del Papa a la Virgen, hasta el agradecimiento final, en la audiencia del 24-8: “Ruego, por intercesión de María Santísima, que los jóvenes que en ella han participado, «arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe», lleven al mundo entero la alegría del Evangelio, con la palabra y una vida colmada de obras de caridad”.

Así había comenzado la acogida en Cibeles 18-9: “Encomiendo los frutos de esta Jornada Mundial de la Juventud a la Santísima Virgen María, que supo decir «sí» a la voluntad de Dios, y nos enseña como nadie la fidelidad a su divino Hijo, al que siguió hasta su muerte en la cruz. (…) Y pidamos que, como Ella, nuestro «sí» de hoy a Cristo sea también un «sí» incondicional a su amistad, al final de esta Jornada y durante toda nuestra vida”.

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