Libertad de conciencia no es el mero permitir

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La prohibición de la fecundación heteróloga recién aprobada por los diputados italianos (ver servicio 83/99) fue calificada por algunos políticos como una “imposición de criterios morales” contraria a la laicidad del Estado. El profesor Ernesto Galli della Loggia, exponente del pensamiento liberal italiano, desmonta algunos de los tópicos contenidos en esas argumentaciones en un artículo publicado en Corriere della Sera (Milán, 30-V-99).

Los argumentos en contra de ese punto de la ley (que aún deberá ser ratificada por el Senado) los había sintetizado Walter Veltroni, secretario del Partido Democrático de la Izquierda (PDS), en un artículo en forma de carta publicado dos días antes en el mismo periódico milanés (Corriere della Sera, 28-V-99).

Veltroni afirma que la prohibición de la fecundación heteróloga (es decir, la que se hace con el concurso de una persona ajena a la pareja) supone para Italia quedarse fuera de Europa; sería, además, discriminatoria con las personas de escasos recursos económicos, pues los acomodados sí podrían someterse a esos procedimientos en otros países europeos; se trataría, en definitiva, de una ley contraria a la laicidad del Estado y a la libertad de conciencia.

“Si Europa debe ser Maestra, replica Galli della Loggia, ¿por qué no hemos visto nunca que Veltroni invoque ese magisterio a propósito, qué se yo, de la legislación sobre las pensiones, de la legislación sobre los arrepentidos de la mafia, o sobre el sistema de licencias de apertura de farmacias, por poner sólo casos de reconocidas peculiaridades italianas? Tal invocación, por tanto, tan enfática como políticamente selectiva, aparece inevitablemente como una invocación instrumental”.

Galli ve carente de fuerza persuasiva otra de las acusaciones: que esta ley aumentaría la disparidad entre ricos y pobres: “También mantener relaciones sexuales legales con niños está al alcance de la mano de quien dispone de una cierta renta y puede ir a los lugares donde eso desgraciadamente es lícito: pero a nadie, me parece, le pasaría por la cabeza aducir ese argumento para sostener la oportunidad de legalizar la pederastia en Italia”.

El ensayista italiano se detiene algo más en el tercer punto. La libertad de conciencia es “la libertad de no ser obligado a profesar ideas contrarias a las propias convicciones íntimas: es decir, a la propia conciencia”. Pero “el hecho de que ninguna mayoría pueda lícitamente obligarme a creer en los Diez Mandamientos no quiere decir que una mayoría no pueda obligarme, con todo el derecho, a abstenerme, por ejemplo, de la práctica de la eutanasia, aunque ella forme parte de mis principios y de los del enfermo”. Se deduce que la salvaguarda de la libertad de conciencia no quiere decir dar vía libre a todas las opiniones. Desde luego, “permitir” encarna aparentemente una posición más liberal que “prohibir”. Pero esa apariencia no debe conducir a identificar el respeto a la libertad de conciencia con el mero permitir.

Es distinto, añade Galli della Loggia, una ley que instituye una obligación de la que instituye una prohibición. Sólo la primera puede violar la libertad de conciencia, mientras que la segunda es más díficil, aunque no imposible; no es el caso, desde luego, de la ley que nos ocupa.

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