La Virgen de Kazan, “embajadora de unidad” entre católicos y ortodoxos

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Duración lectura: 3m. 13s.

Roma. La nueva iniciativa de Juan Pablo II en relación con los cristianos ortodoxos ha superado esta vez la “política de los gestos”. La devolución a la comunidad ortodoxa rusa del venerado icono de la “Madre de Dios de Kazan” va más allá de una muestra de buena voluntad. Lo ha dejado entrever el propio Pontífice al señalar que muchas veces ha rezado ante “este sagrado icono” pidiendo por la unidad de los cristianos; el Papa considera providencial que -en su larga peregrinación por el mundo- el icono se haya parado junto al obispo de Roma, “velando mi trabajo diario por la Iglesia”.

Se trata de una copia del icono original, que apareció en la ciudad de Kazan en 1579 y fue destruido a principios del siglo XX. Durante los once últimos años el icono ha acompañado la vida diaria del Papa, pues lo conservaba en su apartamento privado desde que se lo regaló el “Ejército Azul” de Fátima, quien a su vez lo había adquirido de un coleccionista que lo compró en los años veinte. El icono comenzó su periplo por Occidente a raíz de la revolución rusa. Un dictamen llevado a cabo por expertos del Vaticano y de Rusia en abril de 2003 dictaminó que fue realizado en torno a 1730 y que se trata posiblemente de la copia más antigua del original.

El Papa ha recordado durante estos días que desde que llegó a sus manos buscaba la oportunidad para restituirlo a la veneración del pueblo ruso. Su deseo, sin duda, era hacerlo él mismo. El último intento tuvo lugar el año pasado, cuando se planteó la posibilidad de que lo entregara a la comunidad ortodoxa de Kazan, durante una escala del viaje a Mongolia, que luego no realizó (en parte, por el rechazo del Patriarcado ortodoxo a la idea).

En vista de que darlo personalmente no parecía viable, el Papa decidió enviar una delegación a Moscú, que lo dejó en manos del Patriarca Alexis II durante una solemne ceremonia celebrada el sábado 28 de agosto en la iglesia de la Asunción (o de la Dormición), del Kremlin, el templo más representativo de la ortodoxia rusa. Los medios de comunicación rusos dieron gran resalto al evento. Antes de salir de Roma, el icono fue despedido por Juan Pablo II y expuesto a la veneración de los fieles en la basílica de San Pedro. Para esa ocasión, el Papa compuso una oración a la Virgen, que se leyó en ruso, en la que pide su intercesión para que llegue cuanto antes “el tiempo de la plena unidad entre Oriente y Occidente, de la plena comunión entre todos los cristianos”.

A juzgar por las declaraciones públicas, la iniciativa del Papa ha producido una progresiva participación de la jerarquía ortodoxa rusa, que conforme se acercaba la fecha de la entrega pasó de una acogida más bien fría a un tono de sincero agradecimiento. Si en los primeros momentos se intuía un deseo por disminuir la importancia del gesto -subrayando que, en realidad, no se trata del icono original-, al final prevaleció el dar “gracias por un don que nos recuerda los tiempos en que la cristiandad no estaba dividida”. El Patriarca Alexis II declaró en la vigilia que dejando de lado las discusiones sobre la autenticidad, el icono “tiene valor por las oraciones que ha recibido: las de generaciones de ortodoxos, las de los fieles que han rezado ante ella en Fátima, las del Papa”. La esperanza ahora es que este nuevo paso represente un salto de calidad en las relaciones entre católicos y ortodoxos, que se han caracterizado en los últimos años por frecuentes altibajos.

Diego Contreras