La salvación no es autoayuda

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La carta Placuit Deo, dirigida a los obispos, que la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó el mes pasado, recuerda que el hombre por sí solo no puede salvarse y que la salvación atañe a la persona en su realidad corporal y espiritual. Ofrecemos las principales claves del documento, más una visión de conjunto aportada por el teólogo Miguel Brugarolas Brufau.

El objetivo de la carta es recordar la enseñanza de la Iglesia sobre la salvación cristiana en un contexto en el que los cambios culturales y ciertas actitudes que se han extendido pueden dificultar su comprensión. De esta forma, el documento viene a sumarse a otros del magisterio, en especial la declaración Dominus Iesus (2000), sobre la unicidad y universalidad salvífica de Jesucristo y la Iglesia.

Se advierten hoy, dice la Congregación, dos corrientes que contradicen aspectos esenciales de la doctrina católica y a las que el Papa se ha referido insistentemente: el individualismo, que rebaja la salvación a autorrealización humana, y una tendencia a concebirla como meramente interior o espiritual. Ambas se oponen a la doctrina católica, de acuerdo con la cual la salvación “consiste en nuestra unión con Cristo, quien, con su Encarnación, vida, muerte y resurrección, ha generado un nuevo orden de relaciones”, recuerda la carta.

Neopelagianismo y neognosticismo

Entender la salvación de un modo humano equivaldría a convertir a Cristo en un simple modelo moral y haría olvidar que en la persona de Jesús el aspecto curativo de la salvación y el edificante están indisolublemente unidos

En algunos aspectos, esas dos tendencias concuerdan con dos antiguas herejías. Una, el pelagianismo, afirmaba que no es necesaria la gracia para merecer la salvación. El gnosticismo, por su parte, un movimiento más amplio y sincrético, contraponía materia y espíritu, condenando la primera, y subrayando solo la dimensión espiritual de la salvación.

La Congregación precisa que entre aquellos errores y las actitudes de hoy, existen grandes diferencias, pero también semejanzas. Ya Benedicto XVI aludió en alguna ocasión a las mismas analogías, y el Papa Francisco se ha referido en su magisterio al “neopelagianismo” y al neognosticismo”.

La relevancia que la cultura actual concede al individuo y la confianza en las posibilidades humanas pueden hacer olvidar la dependencia con respecto al Creador y difundir la creencia de que uno puede salvarse por sí mismo, sin necesidad de la gracia. Además, erróneamente se puede suponer que salvarse es lo mismo que “realizarse”, lo que orillaría el sentido sobrenatural de la salvación cristiana. En su lugar, se ofrece una salvación subjetiva y espiritual, que despoja a la realidad material y a la relación con los demás de su relevancia salvífica. Es fácil reconocer estas ideas en la literatura de autoayuda.

La auténtica salvación cristiana

Ante estos equívocos, la Congregación considera necesario recordar la forma en que “Jesús es Salvador”. Señala que “la fe en Cristo nos enseña, rechazando cualquier pretensión de autorrealización, que [los hombres] solo se pueden realizar plenamente si Dios mismo lo hace posible, atrayéndonos hacia Él”. Asimismo, destaca que entender la salvación de un modo humano equivaldría a convertir a Cristo en un simple modelo moral y haría olvidar que en la persona de Jesús el aspecto curativo de la salvación y el edificante están indisolublemente unidos.

Frente a las actitudes neognósticas, la promesa de salvación no concierne solo al interior del hombre, ni a su dimensión espiritual, sino “al ser integral”, es decir, a la persona completa, en cuerpo y alma. “La salvación integral del alma y del cuerpo es el destino final al que Dios llama a todos los hombres”, sostiene la carta, y la salvación que procura Cristo sana también las relaciones del hombre con su prójimo y con la naturaleza.

Tanto el individualismo, que rebaja la salvación a autorrealización humana, como una concepción meramente interior o espiritual del hecho salvífico, se oponen a la doctrina católica, afirma el documento

La declaración Dominus Iesus recordaba que Cristo es el único Salvador y llamaba a la Iglesia “misterio salvífico”. Siguiendo estas enseñanzas, la carta afirma que la Iglesia es el lugar donde se recibe la salvación y que los sacramentos son los medios por los que Dios ha querido salvar a la persona humana y permitirle participar en la vida de la gracia. De hecho, es la verdad de la salvación en Cristo lo que subyace a la vocación misionera de la Iglesia, y solo desde esta verdad se puede iniciar un diálogo constructivo con los creyentes de otras religiones.

Cristo y la filiación divina

En declaraciones a Aceprensa, Miguel Brugarolas Brufau, profesor de Teología Dogmática de la Universidad de Navarra, sostiene que “la importancia del texto va más allá de los dos peligros concretos que denuncia, el individualismo y el espiritualismo, pues no se limita a señalar sus límites, sino que ayuda a centrar nuevamente la mirada en Jesucristo”. En este sentido, el documento sostiene que Cristo no solo indica el camino para “encontrar a Dios (…); se ha convertido Él mismo en camino”.

“La carta –continúa Brugoralas–, al explicar la salvación como un ‘nuevo orden de relaciones’ en sentido vertical (relaciones con Dios) y en sentido horizontal (relaciones con los demás), ayuda a redescubrir la filiación divina que aúna todas las dimensiones de la existencia auténticamente cristiana. En efecto, solo en la relación filial con Dios, en cuanto hijo del Padre en Cristo por el Espíritu Santo, alcanza su sentido pleno la vida del hombre, tanto en las aspiraciones más altas de su libertad, como en los elementos más materiales de su corporalidad”.

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