La palabra del Papa junto a la música de Bob Dylan

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Roma. Que Juan Pablo II sabe sintonizar con los jóvenes es algo sabido, pero se volvió a demostrar el pasado 27 de septiembre con motivo de la vigilia musical organizada en el marco del XXIII Congreso Eucarístico Nacional italiano, celebrado en Bolonia. En el estrado había cantantes como Bob Dylan, Adriano Celentano, Lucio Dalla, Giovanni Morandi o Andrea Bocelli, pero el «personaje» más aplaudido por los trescientos mil presentes fue el Papa.

Tomando pie en la letra de una famosa canción de Bob Dylan («Blowing in the wind»), en la que se dice que la respuesta a las preguntas de la vida está soplando en el viento, el Papa dijo: «Es verdad, pero no en el viento que dispersa todo en el torbellino de la nada, sino en el viento que es soplo y voz del Espíritu Santo, voz que llama y dice: ‘ven’. Me habéis preguntado -añadió, refiriéndose a las cuestiones evocadas por las canciones de la vigilia- cuántos caminos debe recorrer el hombre para poderse reconocerse hombre. Os respondo: ¡uno solo! Sólo uno es el camino del hombre y ese camino es Cristo, que ha dicho ‘Yo soy el camino’. Él es el camino de la verdad y de la vida».

La inclusión entre los actos del congreso eucarístico de un festival de música, al que estaban invitados estrellas del rock y de la música ligera, había levantado polémicas. El festival, sin embargo, no hizo olvidar cuál era el motivo de la fiesta, sin que por ello degenerara en una manifestación clerical. La gente supo aplaudir y silbar, y al mismo tiempo seguir con entusiasmo las palabras del Papa.

«Querría ahora haceros una confidencia» -añadió Juan Pablo II al concluir su intervención-. «Para mí, con el paso del tiempo, la cosa más importante y maravillosa continúa siendo el hecho de ser sacerdote desde hace más de cincuenta años, ¡porque cada día me es posible celebrar la Santa Misa! La Eucaristía es el secreto de mi jornada. Es lo que da fuerza y sentido a cada una de mis acciones en servicio de la Iglesia y del mundo entero». «Dejad que Jesús, presente en el Sacramento, hable a vuestro corazón».

El Papa, al que se le veía en muy buena forma, saludó y regaló un rosario, como es su costumbre, a cada uno de los cantantes. En ese mismo día había presidido la ceremonia de beatificación de Bartolomeo Maria Dal Monte que tuvo lugar en el centro de Bolonia, durante algún tiempo emblema del comunismo italiano.

En otro momento, recordó también que el congreso eucarístico de Bolonia era el último del siglo, un siglo en el que se ha atentado, quizá como nunca antes, contra la dignidad del hombre, del más débil y del no nacido. Al día siguiente, en la misma explanada de la vigilia musical, celebró la misa de clausura del Congreso con todos los obispos italianos. Ante unos 200.000 fieles denunció «la locura asesina» de los campos de concentración y la del aborto legalizado: en el nombre «de ideologías totalitarias y mentirosas -dijo-, este siglo ha sacrificado millones de vidas humanas. Y, en nombre de una pseudolibertad, se continúa suprimiendo seres humanos que todavía no han nacido y son inocentes».

A juzgar por los ecos recogidos en los medios de comunicación, el mensaje del Papa a los jóvenes no fue, en efecto, una pausa entre varias canciones, sino que presentó un llamamiento capaz de suscitar respuestas: «El mundo está lleno de caminos cómodos, caminos cuesta abajo que se sumergen en las sombras del valle, donde el horizonte se hace cada vez más pequeño y sofocante. Jesús os propone un camino empinado, que cuesta trabajo recorrer, pero que permite a los ojos del corazón moverse con libertad en horizontes cada vez más amplios. A vosotros toca la elección».

Diego Contreras

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