La Navidad, baja en calorías

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Se acerca la Navidad, fiesta para niños y también para adultos. La descristianización de Europa, el aumento de la inmigración musulmana, el bombardeo publicitario, las macrofiestas de fin de año, pueden eclipsar el sentido religioso de esta celebración. En el comienzo del Adviento, entre noticias de árboles de Navidad que se suprimen en Bruselas o Dinamarca, el Papa publica su libro sobre la infancia de Jesús.

La aproximación de la Navidad conlleva cada año un debate acerca de esta celebración de evidente carácter religioso. De una parte, encontramos argumentos adversos que empiezan a sonar viejos: la Navidad se ha convertido en una fiesta consumista que traiciona sus valores espirituales; las costumbres locales –los Reyes Magos en el caso de España– se pierden en detrimento de la globalización; estas fechas implican una alegría forzada para aquellas personas que tienen malos recuerdos –en otras palabras, que los demás no sean felices, porque yo no lo soy–; se alimenta un espejismo de buenas intenciones que solo beneficia a los más sagaces vendedores; los excesos en regalos, compras, comidas y banquetes deben compensarse con dietas hipocalóricas y rebajas en enero.

Navidad y solsticio
En los últimos años se han sumado otras objeciones a la Navidad, por lo general alentadas por personas que se han topado, de repente, con pequeñas raciones de cultura clásica. Para empezar, se aduce que la festividad del 25 de diciembre es un “hurto” cristiano de la antigua celebración “pagana” de la adoración al Sol invictus. En efecto, la ubicación de la Natividad de Cristo en el final del calendario no se debe a que, realmente, la Iglesia tenga constancia del día exacto de su nacimiento, y que fuera en tal día. De hecho, ni siquiera hay consenso cerrado acerca del año en que María dio a luz a Jesús, si bien muy probablemente fuese en el 748 de la fundación de Roma (6 antes de Cristo). El 25 de diciembre cae cerca del solsticio de invierno, esto es, del día más corto del año, a partir del cual los días comienzan a alargarse; clara metáfora de la victoria de la luz sobre las tinieblas, de la vida sobre la muerte. Ya el apóstol San Juan explica esto mismo al principio de su Evangelio.

Los detractores de la Navidad que esgrimen la fiesta del Sol invictus, sin embargo, se olvidan de algo esencial: el Sol invictus fue un culto solar bastante tardío en la historia de Roma. De hecho, se trataba de una suerte de monoteísmo del que participaba incluso el emperador Constantino. Y gracias a la extensión del monoteísmo, el cristianismo acabó arrinconando a las creencias en los dioses olímpicos. Y hay más: si celebramos el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre, hemos de celebrar su circuncisión el día 1 de enero, que es también fiesta religiosa (en la actualidad, Solemnidad de Santa María, Madre de Dios).

Resulta llamativo que en determinados ámbitos laicistas se evite hablar de “fiestas navideñas” y se emplee la forma alternativa “celebración del solsticio de invierno”. Se arguye que la celebración, en realidad, forma parte de los ciclos naturales que los pueblos precristianos conocían. El problema de esta denominación radica en que –al menos en España– la Navidad incluye la Epifanía (6 de enero), que nada tiene que ver con los “sabios” celtas que “vivían en comunión con la naturaleza”, sino con la manifestación de Dios a toda la humanidad y no solo al pueblo de Israel. La referencia a la estrella que guía a los Magos recalca que Dios se presenta al hombre por medio de su Creación y de la inteligencia humana. De todos modos, el intento de despreciar la Navidad, ensalzando el “solsticio de invierno”, es viejo, ya que fue uno de los grandes esfuerzos de propaganda del III Reich (cfr. Aceprensa, 7-12-2009). Aunque, si algún político “laico” desea celebrar acontecimientos del firmamento celeste, podría empezar por dar ejemplo renunciando al GPS y guiándose por la Osa menor y el Cisne, o bien consultar el oráculo de los astrólogos en vez de las previsiones del FMI.

Un árbol que no se plantará
Junto con todo lo dicho, este año se producen nuevos episodios de polémica en torno al árbol de Navidad, costumbre bastante arraigada en la Europa septentrional. Por ejemplo, el Ayuntamiento de Bruselas ha preferido no instalar el tradicional árbol ni el Belén en la Grand-Place, sino cambiarlos por una instalación de luces, algo similar a la decoración callejera en cada vez más ciudades europeas. Frente a las críticas de quienes creen que es un gesto para soslayar cualquier problema con el islam, el Ayuntamiento explica que no se trata de quitar tradiciones populares, sino ponerlas al día.

El alcalde Freddy Thielemans (socialista) asegura que Bruselas debe ser una referencia por su innovación y su turismo de calidad (Le Soir, 12-11-2012). En este sentido, el árbol electrónico –cuyo coste será de 45.000 euros, seis veces más caro que un abeto de verdad– es una inversión que pretende recalcar la modernidad y atractivo de la capital belga. No opina lo mismo Bianca Debaets, de la oposición conservadora, que se resiste a los cambios de denominaciones aparejados a este plan turístico, ya que se ha transformado el Marché de Noël (“Mercado navideño”) en Plaisirs d’hiver (“Placeres invernales”).

En la pequeña localidad de Kokkedal (Dinamarca), una junta de distrito ha rechazado subvencionar con 7.000 coronas (unos 940 euros) el árbol de Navidad, a pesar de que este verano había gastado 60.000 coronas (más de 8.000 euros) en la fiesta con que se cierra el Ramadán. El porcentaje de población musulmana en esta ciudad es destacado; de hecho, cinco de las nueve personas que integran esa junta de distrito siguen la religión de Mahoma. Las reacciones han supuesto un debate nacional. De una parte, los vecinos de Egedalsvænge, el barrio afectado, no comprenden la decisión, y aseguran que la junta de distrito no representa siquiera a los musulmanes de la propia comunidad (The Copenhagen Post, 14-11-2012). El parlamentario conservador Tom Behnke, en declaraciones a DR News, dice: “No deberíamos querer una Dinamarca en la que las tradiciones danesas desaparecen al haber una mayoría musulmana”. En seguida, se enlaza este problema con las noticias acerca de barrios controlados por la sharía en el corazón de este país. Por el otro lado, se escuchan voces que califican estos sucesos como simples anécdotas, y lamentan que las reacciones legítimas luego sean manipuladas para generar xenofobia o amenazar los derechos de los musulmanes.

Las disquisiciones en torno al árbol de Navidad –y sobre el intento de convertir esta fiesta en un acontecimiento secularizado– coinciden con una pintoresca petición del Banco Central Europeo. Esta organización ha solicitado a Eslovaquia que retire del nuevo diseño de sus monedas de dos euros las aureolas de los santos Cirilo y Metodio. El país centroeuropeo quiere conmemorar los 1.150 años de la llegada de los hermanos que, procedentes de Constantinopla, predicaron el Evangelio a los pueblos eslavos. Pero la UE ha dicho que se debe garantizar la “neutralidad religiosa”. Lo cual no impide que la moneda de 1 euro griega tenga a Zeus en forma de toro, y que su moneda de 2 euros muestre la lechuza y la rama de olivo, que son los atributos de la diosa Atenea. El banco central eslovaco asegura que la nueva moneda seguirá teniendo a los santos predicadores y la doble cruz, símbolo nacional.

Expulsar los símbolos religiosos
También en Estados Unidos encontramos numerosos casos de “cruzada laicista”. Más en concreto, en la californiana Santa Mónica, una serie de decisiones judiciales ha desembocado en la prohibición de acoger belenes o signos navideños en los espacios que son propiedad municipal. Se trata de un logro de ciertas organizaciones antirreligiosas que han ido adaptando varias tácticas, en su afán de expulsar los símbolos religiosos del entorno público (Time, 26-11-2012). Sus dos grandes argumentos son contradictorios. De entrada, las asociaciones “ateístas” aducían que la Primera Enmienda de la Constitución impide a un gobierno favorecer la religión, pero el texto literal es este: “El Congreso no hará ley alguna con respecto a la adopción de una religión o para prohibir el libre ejercicio de una religión”. Entonces, ¿qué colisión hay entre la Primera Enmienda y los belenes de los parques públicos? De cualquier modo, la literalidad de esta Enmienda ha sido estirada hacia el laicismo, durante las últimas décadas, por parte de la Corte Suprema. Asimismo, conviene recordar que los presidentes juran el cargo con la mano encima de una biblia, y que la Declaración de Independencia se basa en la ley de Dios –citado dos veces de manera explícita– y se acoge a la “protección de la Divina Providencia”.

El segundo argumento de los laicistas era la igualdad de oportunidades y de libertad de expresión; si solo los cristianos se expresan en Navidad, se impide a los demás el ejercicio de ese derecho. A la postre, la solución no ha sido otra que la que solo contenta a los ateístas. Así, la Navidad y los abetos decorados y los belenes solo pueden contemplarse en espacios privados, bajo iniciativa y financiación particular.

Teniendo en cuenta que un mes antes de la Navidad se celebra el Adviento, quizá muchos tengan tiempo de sobra para reflexionar sobre estas cuestiones. Si es que no les estorban las luces y los turrones que ya están a la venta en los supermercados. Para ayudar a profundizar en el verdadero significado de esta fiesta, el Papa acaba de publicar su nuevo libro sobre Jesús de Nazaret, en esta ocasión centrado en su infancia. En el libro, el Papa repite lo que ya se sabía: que ni en el Evangelio de san Lucas, ni en los otros, se menciona a un buey y una mula junto a María, José y Jesús recién nacido. Lo cual no constituye un problema para el folklore de que se suele vestir la Navidad; incluso en la misma Plaza de San Pedro se suele añadir al Belén las figuras de estos animales. Sin embargo, pocos minutos tardaron algunos en afear a Benedicto XVI tal comentario, que, por otro lado, es más extenso, complejo e interesante, como resulta habitual en sus escritos, rebosantes de dominio filológico sobre la Escritura. La separación entre teología y costumbre popular se antoja demasiado sutil para algunos comentaristas.

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