Juan Pablo II: ¿Por qué sigue?

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La imagen de Juan Pablo II es la de un anciano a punto de cumplir 83 años, cansado y sufriente. Cada aparición pública despierta tanta admiración por su coraje como piedad por su debilidad. ¿Por qué continúa? ¿No sería mejor que dimitiera? Si está mandado que los obispos presenten su renuncia al Papa a los 75 años, ¿no sería oportuno que el Obispo de Roma siguiera el mismo criterio?

No es un tema tabú. El Código de Derecho Canónico prevé esa posibilidad: “Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie” (art. 332, 2). Nadie se lo reprocharía.

Pero no parece que responda a su modo de entender la misión del Papa. En una ocasión en que un periodista le preguntó si pensaba dimitir al cumplir los 75 años, le respondió: “Es un poco difícil, porque tendría que encontrar un superior ante el que presentar la dimisión”. Una respuesta aparentemente humorística, pero que revela una actitud de fondo: su vida y su potestad están en manos del mismo “superior” que le escogió. El día que cumplió 75 años, afirmó: “Es Dios quien me ha dado esta misión de obispo de Roma y es Él quien me la retirará”.

Quizá otros líderes mundiales envejecidos se engañan sobre sus fuerzas y se aferran a una posición que ya no son capaces de llevar. En cambio, Juan Pablo II nunca habla de confianza en sus fuerzas, sino de confianza en quien puede dárselas: “Pienso que Dios nos concede los medios para realizar aquello que nos manda y que parece humanamente imposible. Es el secreto de la vocación”.

La aceptación de una llamada

Juan Pablo II vive su misión con una actitud de servicio, que le lleva a olvidarse de sí mismo. No se plantea si le gustaría o no hacer otra cosa. Así lo advierten sus más próximos colaboradores. “Durante los muchos años al lado del Papa -declaraba Joaquín Navarro-Valls en 1994- jamás le he oído hacer referencias directas ni indirectas a este tema [su renuncia], ni siquiera como un deseo”.

Parece humanamente imposible que un hombre de su edad y de sus achaques no haya tirado la toalla. Pero no hay que olvidar que el oficio de Papa no responde a un proyecto personal, sino a la aceptación de una llamada, a pesar de la propia debilidad. En una entrevista con el escritor André Frossard lo expresaba con una insólita comparación: “Pienso en otras situaciones que he afrontado en mi experiencia pastoral, en esos enfermos incurables condenados a la silla de ruedas o clavados en la cama (…) Lo que ellos aceptan, ¿no podría aceptarlo yo también? Tal vez esta comparación le sorprenda; pero se me ocurrió el día de mi elección”.

Mira hacia adelante

Pero ¿no ha cumplido ya lo esencial de su misión? La predicción que le hizo el cardenal polaco Stefan Wyszynski el día de su elección (“Tú harás entrar a la Iglesia en el tercer milenio”) se ha hecho realidad con un Jubileo del año 2000 que movilizó a toda la Iglesia y señaló metas ambiciosas para el comienzo del tercer milenio.

Sin embargo, si en algo se demuestra que Juan Pablo II no tiene un espíritu envejecido es en que no mira atrás, a lo ya hecho, sino a lo que queda por hacer. Por eso siempre tiene proyectos entre manos, documentos que publicar -como la reciente encíclica sobre la Eucaristía-, países que esperan su visita. Los que anunciaban un fin de pontificado marcado por el inmovilismo, las camarillas vaticanas y las maniobras de sucesión, han sido arrollados por las continuas propuestas de Juan Pablo II a la Iglesia universal. Quienes pensaban que a estas alturas el Papa “reina pero no gobierna” se habrán sorprendido al comprobar la capacidad de iniciativa de Juan Pablo II en la reciente crisis de la guerra de Irak.

Pero, sin duda, se ha desvanecido el ímpetu de los primeros tiempos de su pontificado, la energía entusiasta de un líder del espíritu, su capacidad para hacer saltar las reglas y convertirse en “el primer Papa que…”, esa apertura a todo lo humano que encantó al mundo y sacudió a la Iglesia. ¿No se corre el riesgo de que este Papa viejo y enfermo transmita una imagen débil y taciturna de la fe?

Pero en lo que muchos ven como una limitación “se encuentra un mensaje particular de la segunda mitad de su pontificado”, según escribía el cardenal Ratzinger en un artículo publicado en Famiglia Cristiana (18-X-98). En una sociedad que privilegia el culto de la juventud, la belleza y la salud, es preciso que la enfermedad y la vejez permanezcan lo más ocultas que sea posible. Por eso, el Papa que tiene el dolor en el rostro es otro signo de anticonformismo, y transparenta el símbolo y la promesa de un Dios que acompaña siempre al hombre en su sufrimiento.

Juan Pablo II enseña ahora a vivir el ocaso de la existencia terrena sin lamentaciones. Como confesaba en su “Carta a los ancianos”: “Es hermoso poder gastarse hasta el final por la causa del Reino de Dios. Al mismo tiempo, encuentro una gran paz al pensar en el momento en que el Señor me llame: ¡de vida a vida!”. Es otro modo de defender la “cultura de la vida”.

Ignacio Aréchaga

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