Hans Küng, tradicionalista del disenso

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Contrapunto

El teólogo Hans Küng ha estado en Madrid y Barcelona para promocionar con conferencias y entrevistas el primer tomo de sus memorias, que se acaba de traducir. El cliché habitual lo presenta como el teólogo contestatario y arriesgado que se opone a la autoridad de la Iglesia. Pero yo lo veo cada vez más como un teólogo tradicionalista, de la tradición del disenso. Tradicionalista no ya por sus tesis, sino por sus actitudes mentales.

Un rasgo típico del tradicionalista es el carácter repetitivo de sus temas y de sus planteamientos. Desde la época de Pablo VI -en la que chocó ya con los obispos-, Küng propugna una adaptación de la Iglesia a la modernidad, tal como él la entiende. En la práctica, las piedras de toque de esa adaptación siempre acaban siendo las mismas: fin del celibato sacerdotal, admisión del sacerdocio femenino, una moral sexual contemporizadora con las costumbres del momento, menos rigorismo en el aborto, mayor democratización en la Iglesia. Nunca son tesis comprometidas, pues lo que dice Küng siempre va a favor de la corriente de una sociedad secularizada. Así como la doctrina del tradicionalista conservador daba muchas veces un respaldo religioso a los poderosos de su tiempo, un tradicionalista del disenso como Küng tranquiliza a los partidarios del statu quo en la opinión pública actual. Una voz como la de Küng les garantiza que un día la Iglesia católica dejará de ser incómoda para convertirse en una voz más en el coro.

Frente a una insistencia tan obsesiva en los mismos temas, la amplitud del espectro de preocupaciones de Juan Pablo II y su constante apertura a nuevos proyectos -desde la nueva evangelización al empeño ecuménico, la correcta utilización de la biotecnología o la huella cristiana en la cultura-, es lo que distingue al innovador del tradicionalista.

El tradicionalista es un hombre tan convencido de su postura que no advierte los cambios en la realidad. En esto, Hans Küng es tan miope como los lefebvrianos, aunque sus tesis sean opuestas. Desde hace más de tres décadas el teólogo alemán propugna la misma receta de adaptación a la modernidad. Pero no parece advertir que en ese tiempo también la modernidad ha cambiado. Mientras Juan Pablo II llevaba adelante su programa de aplicación del Concilio Vaticano II, daba una visión firme de la identidad cristiana e incidía con su acción en el cambio del mundo de hoy, Küng ha seguido anclado en las propuestas de un “progresismo” postconciliar cuyos frutos nunca se han visto. Como le ha dicho a veces algún no católico, todo lo que Küng reclama para el catolicismo lo han admitido ya los protestantes. Pero sus templos están más vacíos que los católicos.

Curiosamente, los movimientos que en el catolicismo y en el ámbito protestante (evangélicos) han mostrado más vitalidad son precisamente los que han ido por vías opuestas a las que Küng propugna, mientras que las Iglesias protestantes que se han adaptado más a la modernidad son las que han entrado en declive. Y es que el hombre de hoy, cuando se abre a la religión, busca el misterio y lo sacro, no una repetición de esa modernidad de la que está insatisfecho.

Un intelectual que se precia de advertir los signos de los tiempos como Küng, tiene una visión desfigurada de lo más evidente. Incluso de lo que se puede medir con datos. Dice, por ejemplo, que Juan Pablo II es corresponsable de la escasez de los sacerdotes, con un “reemplazo inexistente”. Pero los candidatos al sacerdocio, que en 1978 eran 63.800, habían pasado a 108.500 en 1997.

Küng, convencido de que fuera de “su” Iglesia no hay salvación, desdeña con ligereza a quienes se salen de su esquema. “No deben llamar a engaño -dice- las masas de las manifestaciones papales: son millones los que bajo este pontificado han huido de la Iglesia”. Habría que ver si no habían huido antes o si nunca estuvieron o si huyeron porque algunos aplicaron por su cuenta el modelo de Iglesia que Küng avala. Pero si el Papa convoca el Jubileo del año 2000 y van a Roma 25 millones de peregrinos, despreciar el dato indica que Küng ha huido de la realidad hace tiempo.

Cuando el tradicionalista no quiere ver algo, es inútil ponérselo delante. Pocos Papas han hecho más que Juan Pablo II por resaltar el papel de la mujer en la Iglesia y en la sociedad. Pero, como no ha admitido el sacerdocio femenino, Küng asegura que “este Papa repele a las mujeres modernas”. “Pues bien que le aclaman las señoras”, objeta el periodista en una de las entrevistas de Barcelona, intentando bajarle a la realidad. “Esa es la Iglesia de fachada”, replica Küng. “Si el Papa viene a Barcelona o a Madrid congregará a miles de fieles, pero eso es solo ruido mediático” (¿y a qué ha venido Küng a España sino a hacer ruido mediático en torno a su libro?). Pero lo llamativo es este desprecio altivo del pueblo fiel en un hombre que propugna la democratización de la Iglesia.

Un signo claro de mentalidad tradicionalista es su rigidez, su resistencia a cambiarse a sí mismo, su negativa a rectificar. Küng es un buen ejemplo de ello. Nunca cree que la Iglesia haya reconocido suficientes culpas de los cristianos del pasado, pero jamás reconoce haberse equivocado en algo; pide diálogo, pero opina como si fuera infalible; denuncia el clima “inquisitorial” en la Iglesia, pero adopta un tono condenatorio del discrepante. Menos mal que fue el teólogo Ratzinger y no Küng quien llegó a la Congregación para la Doctrina de la Fe. De lo contrario, el autoritarismo sería algo más que una tentación.

Ignacio Aréchaga

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