Francisco ofrece una visión realista e ilusionada de la familia

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Duración lectura: 19m. 14s.
familia

Como ya quedó patente en su catequesis de los miércoles sobre la familia, desarrollada entre el Sínodo de 2014 y el de 2015, el Papa Francisco ha vuelto a demostrar que tiene una gran capacidad para hablar con realismo –con “los pies en la tierra” (n. 6)– sobre la belleza de la vida familiar. En esta extensa exhortación, Amoris laetitia, invita a cuidar “la alegría del amor que se vive en las familias” (n. 1), frente a las dificultades que plantea el ambiente actual.

El capítulo primero (“A la luz de la Palabra”) es un ejemplo paradigmático de cómo el Papa combina el realismo con la propuesta de un ideal atractivo. “La Biblia está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares” (n. 8).

Historias de amor y crisis familiares

El Papa entra con la imaginación en uno de los muchos hogares de los que habla la Sagrada Escritura, el que recoge el Salmo 128. “En el centro encontramos la pareja del padre y de la madre con toda su historia de amor” (n. 9). De ese “encuentro con un rostro, con un ‘tú’ que refleja el amor divino” (n. 12), surgen los hijos, que se suman a la alegría festiva de los padres.

Pero “el idilio que manifiesta el Salmo 128 no niega una realidad amarga, presente también en las Sagradas Escrituras. Es la presencia del dolor, del mal, de la violencia que rompen la vida de la familia y su íntima comunión de vida y de amor” (n. 19).

“Hoy, más importante que una pastoral de los fracasos es el esfuerzo pastoral para consolidar los matrimonios y así prevenir las rupturas”

Con ejemplos tomados del Antiguo Testamento y del Nuevo –“Jesús mismo nace en una familia modesta que pronto debe huir a una tierra extranjera” (n. 21)–, el Papa muestra que la vida familiar nunca ha estado libre de dificultades. “En este breve recorrido podemos comprobar que la Palabra de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje también para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor” (n. 22).

El amor no es como las redes sociales

En el capítulo segundo (“Realidad y desafíos de las familias”), Francisco repasa algunas de esas dificultades citando mucho a los padres sinodales. Hay problemas culturales de fondo, como la inmadurez afectiva y sexual, la mentalidad antinatalista o el debilitamiento de la fe y de la práctica religiosa; otros, políticos y sociales, como la falta de apoyo a la familia por parte de las instituciones, la falta de vivienda digna o las largas jornadas de trabajo; hay también situaciones que requieren de un apoyo especial, como las familias más pobres, las migrantes o las que tienen a cargo personas con discapacidad…

Entre todas las citas referidas a estos problemas, de cuando en cuando emerge el estilo inconfundible de Francisco. Como cuando denuncia la “cultura de lo provisorio”, manifestada en “la velocidad con la que las personas pasan de una relación afectiva a otra. Creen que el amor, como en las redes sociales, se puede conectar o desconectar a gusto del consumidor e incluso bloquear rápidamente” (n. 39).

También es expresiva su denuncia de las “diversas formas de una ideología, genéricamente llamada gender”, que procura “imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños” (n. 56). O, unido a lo anterior, la aplicación de la biotecnología al campo de la procreación: “Una cosa es comprender la fragilidad humana o la complejidad de la vida, y otra cosa es aceptar ideologías que pretenden partir en dos los aspectos inseparables de la realidad. No caigamos en el pecado de pretender sustituir al Creador” (ibid.).

Mostrar caminos de felicidad

En este capítulo, el Papa también hace una “autocrítica” sobre las formas desvirtuadas de transmitir el evangelio de la familia. Por ejemplo, reconoce que a veces no se ha hecho “un buen acompañamiento de los nuevos matrimonios en sus primeros años”. Otras, se ha presentado un ideal del matrimonio “demasiado abstracto”, sin despertar “la confianza en la gracia” (n. 36). O se ha olvidado que la Iglesia está llamada “a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas” (n. 37).

La buena noticia es que “la mayor parte de la gente valora las relaciones familiares que quieren permanecer en el tiempo y que aseguran el respeto al otro” y cuenta con el “acompañamiento y asesoramiento” de la Iglesia para crecer en el amor, superar los conflictos o educar a sus hijos. “Muchos estiman la fuerza de la gracia que experimentan en la Reconciliación sacramental y en la Eucaristía, que les permite sobrellevar los desafíos del matrimonio y la familia” (n. 38).

La expresión “sexo seguro” comporta “una actitud negativa hacia la finalidad procreativa natural de la sexualidad”, y suele suponer una “irresponsable invitación a los adolescentes a que jueguen con sus cuerpos y deseos”

Esta perspectiva “abre la puerta a una pastoral positiva, acogedora, que posibilita una profundización gradual de las exigencias del Evangelio”. En vez de actuar “a la defensiva”, la Iglesia debe tomar la iniciativa “para mostrar caminos de felicidad”. Esto exige aprender de “la predicación y de las actitudes de Jesús que, al mismo tiempo que proponía un ideal exigente, nunca perdía la cercanía compasiva con los frágiles, como la samaritana o la mujer adúltera” (n. 38).

Un regalo de Dios

El capítulo tercero (“La mirada puesta en Jesús: vocación de la familia”) es una síntesis sobre las enseñanzas de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia. En cierto modo, es el complemento que pedía el anterior capítulo: tras repasar las dificultades, Francisco vuelve a lo esencial del primer anuncio, que es “lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario”, como dice citando su exhortación Evangelii gaudium.

En el recorrido que hace por el Magisterio reciente, desde el Concilio Vaticano II hasta la actualidad, pasando por el beato Pablo VI, San Juan Pablo II y Benedicto XVI, llama la atención el inmenso valor que concede la Iglesia al matrimonio, un regalo de Dios para toda la humanidad desde la creación. Se comprende el empeño que pone la Iglesia por “cuidar este don divino”, que incluye la sexualidad (n. 61) y que, para los cristianos, es también una vocación y un sacramento “para la santificación y la salvación de los esposos” (n. 72).

Saber amar

El “himno de la caridad” (1 Cor 13) sirve al Papa como introducción al capítulo cuarto: “El amor en el matrimonio”. Francisco desmenuza, a partir de la síntesis del Apóstol, los rasgos que deben caracterizar la relación conyugal.

Subraya así la paciencia, la actitud de servicio, la amabilidad… Pide además cultivar, en el seno del matrimonio, actitudes de desprendimiento; de rechazo a la violencia interior que termina por proyectarse hacia los demás; de alegrarse con el bien de los otros, y, fundamentalmente, de perdonar, de intentar comprender la debilidad ajena.

“Si aceptamos –dice– que el amor de Dios es incondicional, que el cariño del Padre no se debe comprar ni pagar, entonces podremos amar más allá de todo, perdonar a los demás aun cuando hayan sido injustos con nosotros” (n. 108).

Pasión y realismo

Más adelante, Francisco se centra en cómo puede fomentarse la caridad en la familia, y lo hace anotando que el matrimonio, además de unir afectiva y espiritualmente a los esposos, “recoge en sí la ternura de la amistad y la pasión erótica, aunque es capaz de subsistir aun cuando los sentimientos y la pasión se debiliten” (n. 120).

En tal sentido, recomienda “cuidar la alegría del amor”, que no está en la búsqueda obsesiva del placer: “La alegría (…) amplía la capacidad de gozar y nos permite encontrar gusto en realidades variadas, aun en las etapas de la vida donde el placer se apaga” (n. 126).

No se debe ser “padres helicóptero”: “La obsesión no es educativa, y no se puede tener un control de todas las situaciones por las que podría llegar a pasar un hijo”

De igual manera, exhorta a los esposos a buscar la belleza en el “alto valor” del otro, lo cual “no coincide con sus atractivos físicos o psicológicos”, y “nos permite gustar lo sagrado de su persona, sin la imperiosa necesidad de poseerlo” (n. 127).

Por otra parte, llama a los jóvenes a valorar el matrimonio, pues expresa la seriedad de la identificación mutua y la superación del individualismo adolescente, y no significa en modo alguno el cese de las alegrías en la relación: “Nada de todo esto se ve perjudicado cuando el amor asume el cauce de la institución matrimonial. La unión encuentra en esa institución el modo de encauzar su estabilidad y su crecimiento real y concreto” (n. 131).

Sí alerta, en cambio, contra la idea del matrimonio fundado en el amor “idílico”, semejante al que propone la propaganda consumista, de familias en las que “no pasan los años, no existe la enfermedad, el dolor ni la muerte”, según observaban los obispos chilenos en un documento de 2014.

“Es más sano –advierte el Papa– aceptar con realismo los límites, los desafíos o la imperfección, y escuchar el llamado a crecer juntos, a madurar el amor y a cultivar la solidez de la unión, pase lo que pase” (n. 135).

Y aconseja, por supuesto, el diálogo: “Darse tiempo, tiempo de calidad, que consiste en escuchar con paciencia y atención, hasta que el otro haya expresado todo lo que necesitaba” (n. 137). Pero no solo se precisa tiempo: hay que tener “materia” sobre la que intercambiar: “Reconozcamos que para que el diálogo valga la pena hay que tener algo que decir, y eso requiere una riqueza interior que se alimenta en la lectura, la reflexión personal, la oración y la apertura a la sociedad. De otro modo, las conversaciones se vuelven aburridas e inconsistentes” (n. 141).

Eros en el matrimonio

En otro punto, el de los sentimientos y la sexualidad en el matrimonio, el Papa alude a la aclaración hecha por su predecesor, Benedicto XVI, acerca de que, si bien no han faltado exageraciones que nada tienen que ver con la doctrina cristiana, la enseñanza de la Iglesia no rechazó el eros, sino la falsa divinización de este, que precisamente terminó privándolo de su dignidad.

“Una de las causas que llevan a rupturas matrimoniales es tener expectativas demasiado altas sobre la vida conyugal”

“Nosotros creemos que Dios ama el gozo del ser humano, que Él creó todo ‘para que lo disfrutemos’ (1 Tm 6,17). Dejemos brotar la alegría ante su ternura cuando nos propone: ‘Hijo, trátate bien […] No te prives de pasar un día feliz’ (Si 14,11.14). Un matrimonio también responde a la voluntad de Dios siguiendo esta invitación bíblica: ‘Alégrate en el día feliz’ (Qo 7,14)” (n. 149).

Por ello, a la luz de la enseñanza de la Iglesia, y particularmente del magisterio de san Juan Pablo II, Francisco precisa que “de ninguna manera podemos entender la dimensión erótica del amor como un mal permitido, o como un peso a tolerar por el bien de la familia, sino como don de Dios que embellece el encuentro de los esposos” (n. 152).

Casi al final del capítulo, el Papa refiere otra importante realidad: el amor se va transformando, pues la apariencia física, con los años, se modifica. Ello, sin embargo, no es obstáculo para que la atracción mutua se debilite o desaparezca.

“Cuando los demás ya no puedan reconocer la belleza de esa identidad –afirma–, el cónyuge enamorado sigue siendo capaz de percibirla con el instinto del amor, y el cariño no desaparece. Reafirma su decisión de pertenecerle, la vuelve a elegir, y expresa esa elección en una cercanía fiel y cargada de ternura. La nobleza de su opción por ella, por ser intensa y profunda, despierta una forma nueva de emoción en el cumplimiento de esa misión conyugal” (n. 162).

La familia, lugar de acogida y fuente de compromiso social

El capítulo quinto (“Amor que se vuelve fecundo”) aborda la institución familiar como el lugar donde se acoge y se quiere a todos con independencia de sus méritos. Por ello, es el reflejo más claro del amor gratuito de Dios, un amor que siempre es fecundo y tiende a extenderse.

Como ya quedó patente en su catequesis de los miércoles sobre la familia, desarrollada entre el Sínodo de 2014 y el de 2015, el Papa Francisco ha vuelto a demostrar que tiene una gran capacidad para hablar con realismo –con “los pies en la tierra” (n. 6)– sobre la belleza de la vida familiar. En esta extensa exhortación, Amoris laetitia, invita a cuidar “la alegría del amor que se vive en las familias” (n. 1), frente a las dificultades que plantea el ambiente actual.

Los primeros puntos están dedicados a la manifestación más evidente de esta fecundidad, el nacimiento de los hijos. Francisco recuerda la importancia de cuidar al niño incluso antes de que nazca, y pide a la mujer embarazada: “Cuida tu alegría, que nada te quite el gozo interior de la maternidad. (…) Ocúpate de lo que haya que hacer o preparar, pero sin obsesionarte” (n. 171). Un elogio especial tiene el Papa para las familias numerosas, “una alegría para la Iglesia” porque “en ellas, el amor expresa su fecundidad generosa” (n. 167).

La parte central del capítulo trata sobre la necesidad del padre y de la madre en cada familia. Frente a las teorías que tienden a desfigurar la singular aportación de cada cónyuge, el Papa subraya la importancia de la diferencia: “Hay roles y tareas flexibles, que se adaptan a las circunstancias concretas de cada familia, pero la presencia clara y bien definida de las dos figuras, femenina y masculina, crea el ámbito más adecuado para la maduración del niño” (n. 175).De ahí que Francisco señale: “Valoro el feminismo cuando no pretende la uniformidad ni la negación de la maternidad” (n. 173).

La última parte del capítulo está dedicada a las relaciones intrafamiliares, con un especial recuerdo a la importancia de cuidar y respetar a los abuelos (nn. 191-193), y a la labor social de la familia. Francisco quiere familias abiertas, en posición de salida, no de defensa: “Dios ha confiado a la familia el proyecto de hacer ‘doméstico’ el mundo”.

Acompañar a novios y recién casados

En el capítulo sexto (“Algunas perspectivas pastorales”), el Papa aborda la pastoral familiar en sus aspectos generales, empezando por subrayar, con el Sínodo, que en ella, las familias mismas son protagonistas y no solo destinatarias (n. 200). También en lo que sigue, gran parte son citas de los documentos finales de los dos Sínodos, así como de las catequesis de Juan Pablo II y del propio Francisco.

Una sección del capítulo subraya la necesidad de formar mejor a los sacerdotes, ya desde los años de seminario, para que comprendan y sepan atender a las familias (n. 203). Para esto hay que contar con la colaboración de laicos, tanto hombres como mujeres (n. 204). También cabe aprovechar la experiencia de los sacerdotes casados que hay en las Iglesias orientales (n. 202).

Después el Papa se detiene en la preparación al matrimonio (nn. 205-216), uno de los temas a los que más importancia dio el Sínodo. Es tarea de la comunidad parroquial, y en ella es capital la participación de matrimonios, junto con los ministros. El Papa anota que, además de las sesiones para grupos, “son indispensables algunos momentos personalizados, porque el principal objetivo es ayudar a cada uno para que aprenda a amar a esta persona concreta con la que pretende compartir toda la vida” (n. 208). En todo caso, la preparación debe ayudar a los novios a descubrir posibles incompatibilidades o riesgos, para que no se expongan a un fracaso evitable (n. 209).

La boda no es el final; el Papa, siguiendo al Sínodo, insiste en el acompañamiento a los esposos en sus primeros años de matrimonio (nn. 217-230), en especial porque a veces la maduración de los jóvenes lleva retraso, y no se completa durante el noviazgo (n. 217). Cada uno deberá aprender a tener una visión realista del cónyuge: “Hay que dejar a un lado las ilusiones y aceptarlo como es: inacabado, llamado a crecer, en proceso” (n. 218). Pues “una de las causas que llevan a rupturas matrimoniales es tener expectativas demasiado altas sobre la vida conyugal” (n. 221). En realidad, el matrimonio es un camino de maduración y perfección. La ayuda de otros matrimonios con experiencia contribuirá mucho a afianzar a las parejas recién casadas (n. 223). Ellos también podrán tener un papel eficaz para ir en busca de las que no vuelven a la iglesia después de la boda (n. 230).

El realismo dicta admitir que en todo matrimonio habrá momentos de crisis (nn. 231-240). El Papa describe con agudeza sus diversos tipos (la del primer hijo, la del nido vacío…) y el itinerario que siguen. Señala las actitudes básicas que se requieren para superarlas, y también la importancia de contar con personas expertas que ayuden a identificar las causas y hallar salidas (n. 238). Cuando la separación es inevitable, o incluso se procede al divorcio, sigue haciendo falta el acompañamiento pastoral (n. 242); pero en este caso, hay que preocuparse muy especialmente por los hijos, la parte más débil y las víctimas inocentes de la ruptura (nn. 245-246).

Después, la exhortación contempla algunas situaciones complejas: los matrimonios donde uno de los cónyuges no es católico o no cristiano; las familias que incluyen a algún miembro homosexual; los hogares monoparentales… (nn. 247-252). El último tema del capítulo es cómo afecta a la familia la muerte de alguno de sus miembros (nn. 253-258).

Los hijos

El capítulo séptimo se titula “Fortalecer la educación de los hijos”. Subraya la necesidad de estar pendiente de ellos, por ejemplo, sabiendo “quiénes se ocupan de darles diversión y entretenimiento, quiénes entran en sus habitaciones a través de las pantallas, a quiénes los entregan para que los guíen en su tiempo libre” (n. 260). Pero sin ser “padres helicóptero”: “La obsesión no es educativa, y no se puede tener un control de todas las situaciones por las que podría llegar a pasar un hijo” (n. 261): así no se favorece que madure. Educar no es mimar: exige también corregir, siempre sin ira (n. 269).

Un apartado se refiere a la educación sexual, que ha de llevarse a cabo “en el marco de una educación para el amor, para la donación mutua” (n. 280). Esto resulta más relevante ahora que los jóvenes son “bombardeados” por una “pornografía descontrolada” y una “sobrecarga de estímulos que pueden mutilar la sexualidad” (n. 281). Por ejemplo, Francisco previene contra la propaganda del “sexo seguro”, expresión que “transmite una actitud negativa hacia la finalidad procreativa natural de la sexualidad”, y suele suponer una “irresponsable (…) invitación a los adolescentes a que jueguen con sus cuerpos y deseos” (n. 283).

Un elemento de la educación sexual es la formación en un “sano pudor”, que “tiene un valor inmenso, aunque hoy algunos consideren que es una cuestión de otras épocas”. “Sin el pudor, podemos reducir el afecto y la sexualidad a obsesiones que nos concentran sólo en la genitalidad, en morbosidades que desfiguran nuestra capacidad de amar y en diversas formas de violencia sexual” (n. 282).

Cuando el amor es frágil

El capítulo octavo (“Acompañar, discernir e integrar la fragilidad”) trata de las situaciones en que la unión conyugal es imperfecta o está deteriorada: cohabitación, matrimonio solo civil, parejas de divorciados. El Papa insiste en “acompañar, discernir e integrar”, para que las personas que están en esos casos vayan superando las deficiencias y participen en la vida de la Iglesia, en consonancia con la enseñanza de san Juan Pablo II en Familiaris consortio, 34.

También remite a Juan Pablo II para señalar que entre los divorciados casados de nuevo se dan casos distintos: no es igual quien provocó la ruptura de su anterior matrimonio, que alguien que fue abandonado injustamente. Así, en cuanto a la posibilidad de comulgar o a otras formas de participar en la vida de la Iglesia, Francisco no señala ninguna nueva disciplina, sino insiste en ofrecer a todos la misericordia de Dios y tratar cuidadosamente cada caso. “Si se tiene en cuenta la innumerable diversidad de situaciones concretas (…) puede comprenderse que no debía esperarse del Sínodo o de esta Exhortación una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos” (n. 300). En fin, asume lo que al respecto dijo el Documento final del último Sínodo (n. 84).

Ante las circunstancias particulares y los condicionamientos que pueden atenuar la responsabilidad moral, el Papa señala que no necesariamente toda persona en una de esas situaciones irregulares se encuentra en pecado mortal (n. 301). Y añade dos aclaraciones. Primera: así como las normas no pueden abarcar todos los casos concretos, tampoco el caso concreto puede ser elevado a norma (n. 304). Segunda: “Comprender las situaciones excepcionales nunca implica ocultar la luz del ideal más pleno ni proponer menos que lo que Jesús ofrece al ser humano. Hoy, más importante que una pastoral de los fracasos es el esfuerzo pastoral para consolidar los matrimonios y así prevenir las rupturas” (n. 307).

Espiritualidad familiar

El último capítulo, el noveno (“Espiritualidad matrimonial y familiar”), recalca que el matrimonio es una vocación cristiana específica, “un verdadero camino de santificación en la vida ordinaria y de crecimiento místico” (n. 316), que tiene formas propias de expresarse en la relación con Dios. Una de las principales es la oración en familia, que tiene su culmen en la participación de todos en la Eucaristía dominical.

La exhortación termina con un mensaje de aliento a las familias. “Caminemos familias, sigamos caminando. Lo que se nos promete es siempre más. No desesperemos por nuestros límites, pero tampoco renunciemos a buscar la plenitud de amor y de comunión que se nos ha prometido” (n. 325).