¿Es compatible el islam con la democracia? Depende

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Duración lectura: 2m. 24s.

Para Roberto Rapaccini, autor del libro Paura dell’Islam. Il travisamento della cultura islamica nella genesi del terrorismo (2012), no cabe dar una respuesta única a la pregunta de si es compatible el islam con la democracia tal como se entiende en Occidente. Lo explica en un artículo publicado en Studi Cattolici, del que seleccionamos algunos párrafos.

En un país donde la sharía esté en vigor, [el islam] difícilmente puede coexistir con una sociedad plural y democrática. La primacía de islam excluye, en primer lugar, la tutela de los fieles de otras religiones. Es significativa la obsoleta figura (pero puesta de nuevo en vigor por el Estado Islámico) de la Dhimma [pacto de protección, que incluía un impuesto, que debían pagar “los pueblos del libro”, es decir, judíos y cristianos, para vivir en un estado musulmán].

Además de la religiosa, el islam justifica otras formas de discriminación, como por ejemplo entre los sexos. En conclusión, la interferencia de la ley islámica en la sociedad civil es incompatible con el pluralismo político y religioso (en el islam, política y religión son inseparables); es incompatible con la tutela de las minorías; es incompatible con la igualdad y los derechos de libertad. En resumen, es incompatible con la democracia.

Por el contrario, si el Estado en el que hay una mayoría musulmana tiene leyes seculares, no hay prejuicios antidemocráticos. Este principio tiene ejemplos concretos, como el régimen tunecino. En Túnez, el 98% de la población es musulmana. En 2014, este país adoptó una Constitución que fue el resultado de un acuerdo entre el partido islamista Ennahda y las fuerzas de la oposición. La Constitución otorga un lugar políticamente reducido al islam y en diversos sectores de la sociedad introduce la igualdad entre hombres y mujeres. También se prevé la libertad de conciencia (“El Estado es el guardián de la religión, garante de la libertad de conciencia y de fe y de la libertad de culto”). Asimismo, garantiza la libertad de expresión, y prohíbe la tortura física y moral.

Entre estas dos posiciones –o sea, un Estado gobernado por la sharía, y uno con leyes seculares, incluso con una población mayoritariamente musulmana– existen muchas situaciones intermedias. En el fondo está el recurrente problema de la definición del llamado “islam moderado”: entre las diversas interpretaciones del islam es imposible identificar una versión oficial, porque no existe una autoridad religiosa jerárquicamente superior.

Resta la dificultad general de individuar concretamente el concepto de democracia: si desde un punto de vista formal es fácil determinar los índices de su existencia, desde el punto de vista sustantivo la democracia es un proceso in fieri, quizá eternamente inacabado.