El viaje de Juan Pablo II a Kazajstán y Armenia

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Duración lectura: 5m. 59s.

Mil trescientos kilómetros para ver al Papa en Astana

Para la minoría católica de Kazajstán, la visita del Papa era una ocasión única que reclamaba un esfuerzo extraordinario para ver y escuchar a Juan Pablo II. Un sacerdote español que vive en Almaty cuenta su experiencia.

De Almaty salimos 800 personas en un tren especial a Astana, la nueva capital. El tren partió el sábado, 22, a las diez de la mañana y llegó 20 horas después, tras cubrir un trayecto de 1.300 kilómetros. En la estación nos esperaban muchos autobuses y la policía, que fue abriendo paso y escoltando a la caravana hasta llegar a la plaza donde celebraría la Misa el Papa. Allí hubo un control policial serio, cosa inevitable después de los atentados terroristas del 11 de septiembre.

Desde las 8 ya estábamos esperando al Papa, con bastante frío. A las 10.15 llegó Juan Pablo II en el papamóvil, que recorrió todos los sectores de la plaza. La capacidad de la plaza es de 50.000 personas, y estaba llena, con un 90% de los asistentes musulmanes y el resto cristianos. El cielo, que antes amenazaba lluvia, se fue despejando al llegar el Papa, y en pocos minutos tuvimos una mañana soleada muy hermosa. Así se nos fue el frío del cuerpo.

Mucha gente lloraba al ver al Papa, otros reían de emoción, y hasta los musulmanes gritaban “Papa, Papa”, a pesar de no saber nada de él. Se le veía muy anciano, y que hacía un gran esfuerzo, con lo que sus palabras sonaban aún más verdaderas. Nos habló de cómo las distintas religiones pueden convivir, y del deseo de los católicos de contribuir a la paz.

La gente sabe tan poco del cristianismo que alguno preguntó -refiriéndose a la comunión- si los sacerdotes dábamos vitaminas a los católicos.

Por la tarde hubo un acto en la Universidad con los jóvenes. Como había poco sitio, no todos pudieron entrar. Entre los que estaban fuera muchos eran musulmanes. Me preguntaban qué significa la sotana blanca, qué graduación hay entre los sacerdotes (cardenales, obispos, sacerdotes), si ver al Papa daba suerte…: todos muy cariñosos. Al salir Juan Pablo II de nuevo se pusieron a gritar “Papa, Papa” con gran alegría.

Los peregrinos de Almaty regresaron el mismo domingo en tren a las 10 de la noche. Otros tuvieron un viaje aún más duro. En Aktiubins hay una familia española de neocatecumenales. La carretera de su ciudad a Astana pasa por territorio ruso. Si querían transitar por allí, debían pagar un visado (unas 40.000 pesetas por persona). Como no podían gastar ese dinero, decidieron venir por las estepas, al margen de las carreteras, guiados por un joven del lugar que se orientaba mirando las estrellas. Tardaron 36 horas, llegaron y disfrutaron de lo lindo.

El lunes por la mañana, los sacerdotes que trabajamos en Asia Central celebramos la Misa con el Papa en la nueva catedral de Astana. Somos unos 60 en Kazajstán, y otros pocos en los demás países. Las monjas eran algo más numerosas, incluidas monjas de clausura. Al terminar la Misa, saludamos uno a uno al Papa, y recibimos un rosario.

La visita del Papa ha sido una gran ocasión para que se hable del catolicismo. Los preparativos del viaje fueron noticia diaria en la prensa durante el mes anterior; la televisión nacional transmitió en directo todos los actos del Papa, incluidas las Misas. En los días previos pusieron varios documentales del Papa, e incluso la película sobre su vida, Desde un país lejano, del director polaco Krzysztof Zanussi. La gente ha quedado muy impresionada al ver la entrega de Juan Pablo II. También el presidente, Nursultán Nazarbáyev, tuvo muchas muestras de deferencia con el Papa, y quiso recordar en su discurso que en Kazajstán caben las diversas culturas y religiones.

A este respecto, la visita del Papa ha provocado algunos cambios positivos. Pocos días antes de la visita fue retirada del Parlamento una ley de libertad religiosa que no resultaba muy favorable para el cristianismo. Antes, los visados nos los daban solo por seis meses o como máximo un año; ahora nos han escrito diciendo que en adelante serán por todo el tiempo que el obispo nos necesite.

Carlos LahozLa unidad entre la Iglesia católica y la Iglesia armenia, más cerca

Roma. La visita de Juan Pablo II a Kazajstán y Armenia despertó particular interés sobre todo por las circunstancias internacionales en las que se llevó a cabo. Pero muy posiblemente el viaje será recordado también por el paso adelante que ha supuesto hacia la unidad entre la Iglesia católica y la armenia, separadas desde el siglo VI.

Cuando se trata de ecumenismo, la experiencia demuestra que existen detalles humanos que dicen más que las declaraciones formales. Así, durante su estancia en Armenia, el Papa se ha hospedado por primera vez en la residencia de la jerarquía de otra Iglesia, en este caso en el “vaticano armenio”, donde reside el Catholicós Karekin II, quien acompañó al Papa a todos los actos. Allí, también por primera vez, el Romano Pontífice celebró la Misa en un altar perteneciente a una Iglesia no católica.

Si ha sido un paso decisivo o no hacia la unidad, será un juicio que deberá dar la historia. Pero lo que sí se demostró es que la misma voluntad del Papa por mantener el programa, a pesar del riesgo objetivo que suponía el viaje, y su esfuerzo por evitar que su propio desgaste físico alterara los planes, acabaron por conquistar los corazones de muchos millares de personas, en su mayor parte ajenos a la Iglesia católica, que es una minoría en ambos países.

Junto al acercamiento a la Iglesia armenia, un balance de los seis días (22-27 de septiembre) tendría que destacar también la nueva prueba de consideración recíproca entre el cristianismo y el islam, en un momento particularmente delicado. Si la etapa en Kazakjstán fue ejemplar en este sentido, se evitó también que el emotivo homenaje del Papa a las víctimas del genocidio armenio (1915-23) se pudiera ver como un acto de acusación a Turquía.

Algunas de las palabras y gestos de este viaje de Juan Pablo II se han interpretado en el contexto de la tensión internacional creada tras los atentados terroristas en Nueva York y Washington. Aunque el Papa solo se refirió explícitamente a la nueva situación en una ocasión, en la que invitó a cristianos y musulmanes a rezar por la paz, sus llamamientos al diálogo como medio para resolver problemas o su insistencia en que la religión, si es verdadera, no puede ser causa de conflictos, han ayudado ulteriormente a sacar de un contexto de guerra religiosa los planes de lucha contra el terrorismo.

Diego Contreras