El Papa ya está en Australia para la Jornada Mundial de la Juventud

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Duración lectura: 9m. 25s.

Sydney. La ciudad más grande de Australia está preparada para el acontecimiento que reunirá a más público en la historia de la nación, la Jornada Mundial de la Juventud 2008 en torno a Benedicto XVI. “Es una oportunidad única en la vida para que nuestros jóvenes se embarquen en una aventura espiritual con otros jóvenes procedentes de todo el mundo a fin de conocer a Cristo y profundizar en sus enseñanzas”, afirma el arzobispo de Sidney, Card. George Pell. “Renovará a nuestra Iglesia y, en mi opinión, a nuestro país a un tiempo”.

Benedicto XVI llegó a Sidney el domingo, 13 de julio, tras un viaje de veinte horas de vuelo, y fue recibido en el aeropuerto por el primer ministro, Kevin Rudd, y el cardenal George Pell. Después el Papa se trasladó a Kenthurst Study Centre, centro de formación de la prelatura del Opus Dei, donde pasará unos días de aclimatación hasta el 16 de julio por la tarde.

Los organizadores esperan 125.000 jóvenes de ultramar y no menos de 100.000 de Australia.

En la planificación de la Jornada se han empleado años, habiendo empezado aun antes de que Benedicto anunciara en 2005 en Colonia que Sydney acogería la siguiente Jornada Mundial de la Juventud.

Ésta es la undécima Jornada Mundial de la Juventud, un acto que Juan Pablo II puso en marcha en 1986 para tratar de llegar a la siguiente generación de católicos, para formarles en su fe y para rejuvenecer la Iglesia. Es la primera vez que este acontecimiento se celebra en Oceanía y en un país cuya población católica es tan reducida. Australia no tiene más que 21 millones de habitantes y sólo una cuarta parte de ellos son católicos, siquiera de nombre.

Sin embargo, gracias a la obstinada determinación del cardenal Pell, a una exhibición de persuasiva labia ante el Vaticano y al entusiasmo de los políticos locales por la promoción del turismo procedente de ultramar, todo está haciéndose realidad. Miles de peregrinos ya han llegado para participar en actos preparatorios en diócesis de todo el país.

Como es inevitable, ha habido un cierto caos. Un grupo compuesto de 50 jóvenes angoleños, más un obispo y cinco sacerdotes, aterrizó en Sydney dispuesto a tomar el autobús que les llevara a un suburbio de las afueras llamado Adelaida. Se quedaron espantados cuando descubrieron que Adelaida está a 1.500 km, o sea a veinte horas de autobús. Sus anfitriones de Adelaida están tratando ahora de recaudar otros 20.000 dólares para sufragar los gastos adicionales. Un grupo español cometió el mismo error.

Un animoso plan de recristianización

El cardenal Pell, un hombre atlético que a punto estuvo de convertirse en jugador profesional de fútbol australiano, era la persona más indicada para lograr que la inmensa organización tuviera éxito. Nunca se ha mostrado reacio a dar la cara ante los medios de comunicación ni a defender a la Iglesia católica y al Papa. Desde el principio, no tuvo el mínimo reparo en describir la Jornada Mundial de la Juventud como un camino hacia la recristianización de Australia. Sabe a lo que se enfrenta. El doctorado en historia que consiguió en Oxford le permite hablar del temperamento, la política y la sociedad nacionales con perspicacia poco común.

El año pasado tomó la palabra en el Club Nacional de Prensa de Canberra y esbozó su audaz plan. “Es justo reconocer que a todos nos vendría bien un poco de renovación, especialmente, como católicos”, dijo a los periodistas. Aunque los católicos constituyen la confesión religiosa más numerosa de Australia, se ha producido un constante descenso en la asistencia al culto semanal, reconoció. A primeros de los años cincuenta, quizá la mitad de los católicos asistían semanalmente a misa. Ahora, sólo lo hace el 16%. “En realidad -reconoció-, el declive se ha acelerado, y aunque los católicos eran más numerosos, se han deslizado por la pendiente resbaladiza en mayor proporción”.

Sólo una semana antes de la Jornada Mundial de la Juventud, un sondeo de ámbito mundial confirmó el diagnóstico de Pell. Una encuesta realizada por el grupo alemán Bertelsmann reveló que Australia es uno de los países menos religiosos del mundo. De los 21 países incluidos en la investigación, sólo Rusia, Francia, Alemania y el Reino Unido tenían menos chispa espiritual.

Los grupos hostiles

Pell sabía que la preparación del viaje del Papa a Sydney resultaría difícil, repleta de “obstáculos políticos y públicos”. A lo largo de los tres últimos años, la Iglesia católica ha tenido que defender la Jornada Mundial de la Juventud de todo un elenco de críticos. Dentro de la Iglesia, algunos sacerdotes han repetido el tópico de que el dinero que costará estaría mejor empleado si se dedicara a la atención de los pobres. Numerosas escuelas católicas apenas la han promovido.

Fuera de la Iglesia, los aficionados a las carreras de caballos no ocultan su contrariedad porque diez semanas de la temporada hípica han quedado canceladas para acoger a la inmensa muchedumbre. Muchos vecinos de Sydney se quejan del trastorno que sufrirá el transporte público por culpa de la afluencia de cientos de miles de visitantes.

En las últimas semanas, un hostilidad cada vez más creciente ha salido a la luz en los medios de comunicación, aunque por lo general ha sido más el ruido que las nueces. El sindicato de ferroviarios amenazó con convocar una huelga motivada por reivindicaciones salariales que habría dejado abandonados a su suerte a miles de peregrinos. Dieron marcha atrás cuando intervino el primer ministro, Kevin Rudd: “Australia se honra con tener al Santo Padre entre nosotros y creo que todos los australianos, incluidos los miembros de este sindicato en particular, deben tratarle con respeto”, aseguró.

Ni el estado ni el gobierno federal han regateado su colaboración. Según algunos cálculos, la Jornada Mundial de la Juventud ha costado a los gobiernos estatal y federal australiano 160 millones de dólares. Por otra parte, el gobierno de Nueva Gales del Sur calcula que el beneficio bruto para la economía local oscilará entre 150 y 231 millones de dólares australianos.

Una heterogénea caterva de grupos radicales -homosexuales, lesbianas, feministas radicales y ateos- recurrirán a tácticas de guerrilla para perturbar el desarrollo de la visita. Tienen previsto repartir condones entre los peregrinos, llevar camisetas con eslóganes obscenos y blasfemos, y así sucesivamente. El gobierno estatal ha respondido con una legislación contundente que impondrá una multa de 5.500 dólares a cualquiera que entorpezca el desarrollo de la Jornada Mundial de la Juventud.

En cualquier caso, los organizadores eclesiásticos no se alteran. Danny Casey, director del comité encargado de los preparativos, comentó: “Los que protestan suelen meter mucho más ruido antes del acto que durante la celebración”.

Una sórdida polémica sobre un caso de abuso sexual cometido hace más de veinte años por un sacerdote suspendido de su ministerio, ha facilitado una última distracción. El cardenal Pell se ha visto mezclado en un aluvión de alegaciones según las cuales él engañó deliberadamente a un demandante. Probablemente el incidente se haya olvidado cuando llegue el Papa. Sin embargo, al igual que en Estados Unidos, los abusos sexuales del clero son una herida abierta para la Iglesia católica australiana, y Pell ha expresado su esperanza de que Benedicto haga pública una disculpa, como hizo en su reciente visita a los Estados Unidos.

El saque inicial de una transformación

Respaldando la defensa y la explicación que el cardenal hace de la Jornada Mundial de la Juventud, está uno de los miembros de la nueva generación de obispos católicos, Anthony Fisher, de 48 años de edad. El obispo Fisher, dominico, especialista en bioética, tan imperturbable como claro en la expresión de sus ideas, poseedor igualmente de un doctorado de Oxford, es el coordinador de la Jornada Mundial de la Juventud. Hace algún tiempo, explicó al periodista norteamericano John Allen cómo podría la Jornada Mundial de la Juventud dar comienzo a una transformación de la Iglesia católica australiana.

Mons. Fisher ha puesto su mirada en lo que sucede después de que se haya acabado la fiesta. “La clave está en pensar en la Jornada Mundial de la Juventud considerando que tiene tres fases: 1) la preparación, 2) el mismo acto, 3) la continuación. Esta última etapa es de importancia fundamental debido al riesgo de que nos quedemos sin fuelle y no haya nadie que reciba a estos jóvenes cuando regresen a sus parroquias, llenos de una nueva energía”.

Basándose en estudios sociológicos de anteriores Jornadas Mundiales de la Juventud, Mons. Fisher está convencido de que existe un genuino “efecto de la Jornada Mundial de la Juventud”, consistente en que incluso cinco o diez años después los jóvenes están más comprometidos con la Iglesia y participan más en ella.

Y, al igual que Pell, sostiene que será bueno para todo el país. “No creo que Australia se convierta, de la noche a la mañana, en el país más cristiano del mundo. Pero nuestros medios de comunicación preguntarán por qué tantos jóvenes están interesados en la misa, en la catequesis y así sucesivamente. Plantearán algunas preguntas, sacando a la luz el tema de Dios. Solo eso supondrá un gigantesco paso adelante”.

La mera presencia de multitudes de jóvenes alegres tendrá su propia magia, dice. Los asistentes “pondrán en cuestión los estereotipos sobre la ‘juventud religiosa’. El acontecimiento se enfrentará al laicismo… de una forma tal que convertirá corazones y hará que la gente esté más abierta a nuevas posibilidades. Verán a jóvenes felices, no camino de las tabernas ni enzarzándose en reyertas después del fútbol, sino ayudándose mutuamente y amando a Dios”.

A pesar de las críticas de algunos periódicos y comunicadores de radio y televisión, gran parte de la cobertura de los medios ha sido positiva. El Daily Telegraph, un diario popular que es el periódico más leído de Sydney, defendió contra sus críticos en un punzante editorial “un acontecimiento tan positivo y defensor de la vida”. “Si la Navidad hubiera sido inventada este año, esta gente se opondría a ella… La pregunta que planteamos a nuestros colegas de los demás medios es: ¿no deberíais esperar a que algo suceda antes de declararlo un desastre?”

Los entendidos apuestan por Madrid como sede de la Jornada Mundial de la Juventud en 2011. Si las esperanzas del cardenal Pell sobre el efecto de la Jornada Mundial de la Juventud se demuestran bien fundadas, podría suponer un giro también para la Iglesia católica española.