El Papa dialoga con los no creyentes

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Duración lectura: 9m. 30s.

Actualizado el 13 de septiembre de 2013

En respuesta a unas dudas y preguntas planteadas en el diario La Repubblica a propósito de la encíclica Lumen Fidei, el Papa Francisco ha dirigido una carta al periodista Eugenio Scalfari, fundador del periódico, de corte laico según los patrones italianos.

Francisco recuerda con cariño a Benedicto XVI, que concibió y escribió en gran parte dicha encíclica, en la que proseguía su actitud hacia un diálogo sincero y riguroso también con quienes, como Scalfari, se definen “un no creyente por muchos años, interesado y fascinado por la predicación de Jesús de Nazaret”.

Una vez más, reaparece la paradoja de la modernidad: la fe cristiana, siempre luz, fue presentada como oscuridad de la superstición que se opone a la razón. Justamente, el Concilio Vaticano II intentó superar esa incomunicación entre la cultura de inspiración cristiana y la cultura iluminista. En ese contexto, el Papa cita una afirmación de la encíclica que considera muy importante: si la verdad testimoniada por la fe es la del amor, “está claro que la fe no es intransigente, sino que crece en la convivencia que respeta al otro. El creyente no es arrogante; por el contrario, la verdad lo hace humilde, consciente de que, más que poseerla nosotros, es ella la que nos abraza y nos posee. Lejos de ponernos rígidos, la seguridad de la fe nos pone en camino, y hace posible el testimonio y el diálogo con todos” (n. 34). Con ese espíritu Francisco ha escrito a Scalfari.

El Papa pide a los católicos italianos que promuevan la concepción de la familia basada en el matrimonio entre hombre y mujer

Señala cómo su encuentro personal con Jesús solo fue posible dentro de la Iglesia, comunidad de fe “en la que viví y gracias a la cual encontré el acceso a la sabiduría de la Sagrada Escritura, a la vida nueva que como agua brota de Jesús a través de los sacramentos, de la fraternidad con todos y del servicio a los pobres, imagen verdadera del Señor”.

No falta una referencia al “escándalo” de la predicación y la vida de Jesús, inseparables de su “autoridad”, como atestigua el evangelio de Marcos. Ciertamente no es una autoridad para ejercer el poder sobre los demás, “sino para servir, para darles la libertad y la plenitud de la vida”. La resurrección, fundamento de la fe, no muestra “el triunfo sobre aquellos que lo han rechazado”, sino que “da fe de que el amor de Dios es más fuerte que la muerte, que el perdón de Dios es más fuerte que todo pecado, y que vale la pena emplear la propia vida, hasta el final, para dar testimonio de este gran regalo”.

En la carta hay una importante reflexión, que vale la pena leer, sobre el sentido de lo absoluto y, a la vez, la realidad de la relación entre las personas trinitarias: la filiación de Jesús “no se reveló para marcar una separación insuperable entre Jesús y todos los demás: sino para decirnos que, en Él, todos estamos llamados a ser hijos del único Padre y hermanos entre nosotros. La singularidad de Jesús es para la comunicación, y no para la exclusión. Por cierto, de aquello se deduce también –y no es poca cosa–, la distinción entre la esfera religiosa y la esfera política, consagrada en el ‘dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César’, afirmada claramente por Jesús y en la que, con gran trabajo, se ha construido la historia de Occidente”.

Otra gran cuestión en la carta es la actitud cristiana ante el pueblo hebreo, especialmente después del Holocausto y del Concilio Vaticano II. Con claridad, Francisco evoca que “el pueblo judío sigue siendo para nosotros la raíz santa de la que germinó Jesús”. Y añade cómo con sus amigos hebreos de Argentina reflexionó sobre “la terrible experiencia de la Shoah”.Lo que puedo decirle, con el apóstol Pablo, es que nunca ha fallado la fidelidad de Dios a su alianza con Israel y que, a través de las pruebas terribles de estos siglos, los judíos han conservado su fe en Dios”.

La carta del Papa ha sido muy bien acogida por el mundo intelectual italiano

Finalmente, a propósito del perdón de los no creyentes, reitera que “la misericordia de Dios no tiene límites si nos dirigimos a Él con un corazón sincero y contrito”. Y ofrece un giro interesante a la responsabilidad humana: “el pecado, aún para los que no tienen fe, existe cuando se va contra la conciencia. Escuchar y obedecerla significa de hecho, decidir ante lo que se percibe como bueno o como malo. Y en esta decisión se juega la bondad o la maldad de nuestras acciones”.

El Papa concluye su carta afirmando que “la Iglesia, créame, a pesar de todos los retrasos, infidelidades, errores y pecados que haya cometido y todavía pueda cometer en los que la componen, no tiene otro sentido ni propósito que no sea vivir y dar testimonio de Jesús”.

Un texto bien acogido
La carta del Papa ha sido muy bien acogida por el mundo intelectual italiano y ha suscitado artículos y comentarios en la prensa. En el diario L’Unità, el filósofo Carlo Sini señala que “la respuesta del Papa Francisco a las preguntas de Scalfari confirma una vez más la admirable y en algunos aspectos sorprendente disponibilidad del actual pontífice para abrirse a un diálogo y a una presencia real dónde sea y con quién le interpele con sinceridad y nobleza de propósito”.

El ex ministro de sanidad Umberto Veronesi, comenta en su artículo que “como no creyente y apasionado por la historia de las religiones, la carta del Papa me ha tocado”. Reconoce que “nosotros, laicos, estamos admirados por la enseñanza humana de Jesús, y estamos cerca de ella porque crea un terreno favorable a un ética compartida, basada en el amor, la solidaridad y la paz”.

“Está claro que la fe no es intransigente, sino que crece en la convivencia que respeta al otro”

El propio Scalfari comenta en otro artículo posterior que la carta “responde a las preguntas que me había permitido hacer y sobre ciertas cuestiones va incluso más allá”. A su juicio, la postura del Papa Francisco supone “una ruptura y una apertura”, cuando propone un diálogo sin prejuicios entre la Iglesia y la cultura moderna. Esto era algo querido por el Vaticano II, pero que, según Scalfari, habría sido descuidado por Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Pero si Scalfari piensa que Francisco dice en su carta cosas que ningún pontífice habría dicho antes sobre el diálogo entre la Iglesia y la cultura heredera de la Ilustración, quizá se deba a que no conoce bien el Magisterio pontificio, le responde Massimo Introvigne en La nuova bussola quotidiana. “Ciertamente, Scalfari puede pensar, como ilustrado, que se encuentra ante cosas muy nuevas cuando lee frases como ‘es necesario acoger las verdaderas conquistas de la Ilustración’ y que para la Iglesia esta acogida ha requerido ‘una larga y fatigosa búsqueda’. El problema es que estas frases no son del Papa Francisco, son de Benedicto XVI, en el discurso a la Curia Romana del 22 de diciembre de 2006, un texto particularmente importante y solemne”.

A propósito del diálogo con la cultura moderna, Introvigne recuerda que ya Benedicto XVI, en su viaje a Estados Unidos en 2008, “había distinguido dos tipos de cultura de la Ilustración, valorando la anglosajona que lleva a la Revolución americana, respecto a la europea, que lleva en cambio a la Revolución francesa”. Tanto el Papa Francisco como Benedicto XVI han mantenido que para la relación entre la Iglesia y la modernidad hay que partir siempre del Vaticano II, en el que la Iglesia “acogía y recreaba lo mejor de las instancias de la modernidad”, a la vez que “evitaba sus errores y callejones sin salida” (Benedicto XVI).

En definitiva, dice Introvigne, Scalfari atribuye al Papa Francisco una ruptura donde en realidad hay continuidad con el magisterio precedente, tanto en lo que se refiere al diálogo con la modernidad, como a la relación con los judíos o al papel de la conciencia.

La familia en la sociedad moderna
Pero el diálogo con la modernidad no significa dar por buena cualquier nueva tendencia que se abra paso en ella. Así lo ha demostrado también en estos días el Papa Francisco en el mensaje enviado a la Semana Social de los católicos italianos, que se celebra en Turín sobre el tema “La familia, esperanza y futuro para la sociedad italiana”.

“La Iglesia ofrece una concepción de la familia, que es la del libro del Génesis, de la unidad en la diferencia entre hombre y mujer, y de su fecundidad. En esta realidad advertimos un bien para todos, reconocido también en la Constitución italiana”,.

Por diverso que sea en sus manifestaciones públicas, el magisterio del Papa Francisco sigue profundamente anclado en la tradición de la Iglesia. Y así como Benedicto XVI se había manifestado en contra de considerar matrimonio las uniones homosexuales, también Francisco advierte “las consecuencias, positivas o negativas, de las elecciones de carácter cultural y políticas respecto a la familia”. Consecuencias que “afectan a los diversos ámbitos de la vida de una sociedad y de un país: desde el problema demográfico, que es grave en todo el continente europeo y de modo particular en Italia, a las otras cuestiones relativas al trabajo y a la economía en general, a la crianza de los hijos y hasta aquellas que afectan a la misma visión antropológica que está en la base de nuestra civilización”.

Es importante sostener a la familia porque es “escuela privilegiada de generosidad, de participación, de responsabilidad, escuela que educa a superar cierta mentalidad individualista que se ha abierto camino en nuestras sociedades”.

El Papa no ignora “los sufrimientos de tantas familias” debidos a la falta de trabajo o a los conflictos internos o los fracasos de la experiencia conyugal. Pero a la vez recuerda también el testimonio sencillo de tantas familias “que viven la experiencia del matrimonio y del ser progenitores con alegría, iluminados y sostenidos por la gracia del Señor, sin miedo de afrontar también los momentos de cruz que – escribe Francisco – vivida en unión con la del Señor, no impide el camino del amor, sino al contrario, puede hacerlo más fuerte”.

En fin, el Papa espera que esta Semana Social contribuya a “destacar el vínculo que une al bien común con la promoción de la familia fundada en el matrimonio, más allá de prejuicios e ideologías”.

Texto de la carta en castellano.

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