El extremismo hinduista combate el cristianismo porque teme la modernidad

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Duración lectura: 4m. 38s.

El misionero Piero Gheddo comenta en la revista Huellas (septiembre 2008) los motivos de fondo de la campaña anti-cristiana promovida en la India por el extremismo hinduista, recientemente recrudecida (cfr. Aceprensa 90/08 y 102/08).

Conviene tener en cuenta en primer lugar, señala Piero Gheddo, que la religión hindú no fue fundada, sino que se formó tras milenios de trasformación de sus creencias y ritos. Es hindú no quien posee una fe, sino quien nace en una comunidad tradicional de la India cuyos miembros poseen ciertos derechos y deberes de orden social. “La dificultad para comprender la India -afirma Gheddo- procede también de esa indeterminación de su religión nacional, que ha creado una gran civilización uniendo a pueblos muy distintos, pero que hoy atraviesa una fortísima crisis de identidad frente al avance de la civilización moderna”.

Para comprender los ataques a la minoría cristiana es necesario conocer el único fundamento dogmático del hinduismo: la reencarnación de las almas, a su vez relacionado con el sistema tradicional de jerarquía social. “El alma (atman) es eterna, pero vive siempre en cuerpos de hombres o de animales, pasando de uno a otro cuando la muerte del cuerpo precedente la libera, y renace según el karma de cada uno, es decir, según las acciones llevadas a cabo en la vida precedente”. Según un antiguo texto sagrado, el Chandogya Upanishad, “Aquellos cuya vida ha sido virtuosa renacen en el cuerpo de un brahmán, de un noble guerrero o de cualquier ser humano honorable. Aquellos que se han abandonado a los vicios renacen en seres inferiores y viles: en el cuerpo de un paria, de un perro, o de cualquier otro animal inmundo”.

Pues bien, dice Gheddo, “el fundamento de la India tradicional es el sistema de castas”. “Las castas hacen que la sociedad hindú sea estática y, aunque fueron abolidas desde la independencia de 1947 y por la Constitución, continúan regulando la vida de cientos de millones de indios, especialmente en las zonas rurales. (…) El hinduismo, que ha permanecido inmóvil desde siempre, se ha renovado por la influencia de las misiones cristianas desde mediados del siglo XIX a través de las distintas samaj (asociaciones)”.

“Aunque atraviesa una fuerte crisis, el hinduismo tradicional está resurgiendo por el nacimiento de distintos partidos que ocupan el lugar del Congress Party, basados en el sistema de castas y que instrumentalizan el sentimiento religioso del pueblo”.

“El desarrollo económico y social de la India se está viendo frenado en la actualidad por las castas, una estructura social milenaria que no desaparece de un día para otro. Por un lado están las fuerzas políticas, culturales y religiosas modernas de la India, que tienden a la democracia y a la libertad de pensamiento y de religión; por otro, las fuerzas de la hindutva (el nacionalismo religioso-político), que tienden a imponer en todo el país, incluso mediante la fuerza, el principio según el cual el verdadero hindú es únicamente el hinduista”.

Los enfrentamientos con musulmanes y cristianos son constantes, pero al no albergar éstos últimos sentimientos de venganza, han terminado siendo el chivo expiatorio de la situación. “Los asaltos a las misiones y a las obras cristianas se han convertido en un hecho casi cotidiano en algunos estados del centro-norte del país.”

Promoción de los más pobres

El miedo a que la modernidad traiga consigo el fin de la sociedad hindú tradicional es el principal motivo de esta reacción anti-cristiana. “La presencia de las pequeñas comunidades cristianas entre el pueblo difunde los valores del mundo moderno: valor absoluto de la persona humana, igualdad de todos los hombres ante el Estado, igualdad de derechos del hombre y la mujer, libertad de pensamiento y de religión, justicia social. Si el pueblo hindú entra en esta lógica ‘moderna’ abandona el hinduismo, y la India pierde su cultura e identidad profundas. Las élites hindúes, tanto religiosas como laicas, en parte a través del diálogo con el cristianismo y con la obra de las escuelas cristianas, dentro de las que se encuentran las universitarias (las más prestigiosas de todo el país, el 12%), han madurado una visión superior del hinduismo que permite de alguna manera seguir siendo hinduista viviendo plenamente dentro de la modernidad. Pero las masas populares (el analfabetismo alcanza el 35% de la población) viven todavía un hinduismo tradicional y son más fácilmente instrumentalizadas por los partidos políticos extremistas”.

Pero la violencia hinduista tiene además otra motivación. “La obra social de los misioneros se ha dirigido siempre a la promoción de las clases más pobres y marginales. Entre los ‘sin casta’ (dalit o paria, en la actualidad cerca de 150 millones) y los tribales (otros 80 millones), las misiones han llevado a cabo un papel magnífico, reconocido incluso por los gobiernos indios: han permitido que los pobres tomen conciencia de su dignidad y de sus derechos. Cualquiera que visite las regiones habitadas por los parias o por los tribales, si las compara con lo que sucedía hace 20 ó 30 años, puede testimoniar la profunda revolución social realizada sin violencia alguna, sólo con la educación de las personas. Desde hace más de 50 años visito la India y Andhra Pradesh, en donde trabajan los misioneros italianos del Pime, y cada vez me maravillo más de los pasos gigantescos dados por los mismos parias”.