El declive de un símbolo: la crisis de “Témoignage Chrétien”

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Duración lectura: 3m. 36s.

No está fuerte el semanario Témoignage Chrétien (TC), nacido en 1941, en plena Resistencia. A comienzos de 2009 lanzó ya un grito de socorro, y puso en marcha una operación financiera, en busca de nuevos accionistas. Pero las razones de la crisis no eran sólo económicas: denotaba el declive de lo que se conocía como “cristianismo de izquierda” o “progresismo”.

Nunca fue fácil la vida de esa revista de pensamiento –hay muchas en Francia–, fundada por creyentes que se comprometieron en la lucha contra el nazismo, y que se difundía clandestinamente. Alcanzó sus máximas cotas en la época del Concilio Vaticano II, pero fue cayendo poco a poco, con el consiguiente déficit económico. Su presidente desde 2008, Bernard Stéphan, trató de colmarlo con la petición de donativos y una ampliación de capital. No había sido suficiente la venta de locales ni la reducción de plantilla. Conservaba entonces 8.000 ejemplares.

Apoyaron el manifiesto de 2009 algunas personalidades como el político Jacques Delors o el prestigioso genetista Axel Kahn. Pero TC no contaba con la simpatía del episcopado. Sólo firmó la petición de ayuda el entonces obispo emérito Jacques Noyer. Tampoco recibió ayudas oficiales, que el presidente Sarkozy había prometido en favor del pluralismo de la comunicación. Consiguieron unos 250.000 euros, la mitad de lo que esperaban, y pudieron seguir adelante.

Hace dos meses, TC reiteró su petición de apoyo económico. Desde el 17 de junio ha dejado de distribuirse en quioscos: sólo se puede leer por suscripción y en Internet. La revista invitaba a sus 7.000 suscriptores (diez veces menos que en los años sesenta) a conseguir que otras personas se abonen también. El objetivo es lograr 3.000 nuevos suscriptores, para alcanzar el punto de equilibrio. Curiosamente, entre los firmantes estaba el ahora popular “indignado” Stéphane Hessel, junto al periodista Bruno Frappat, que fue redactor-jefe de Le Monde y director de La Croix, y algunos empresarios y sindicalistas de relieve.

Consideran que existe un problema no sólo económico, sino intergeneracional: “Invitamos a nuestros abonados a pasar el testigo, con la esperanza de que los jóvenes comprueben que su búsqueda de compromisos, dentro del espíritu de la fe cristiana, puede expresarse a través de medios como TC”.

El 19 de noviembre celebra su el 70º aniversario, una fecha propicia para dar un paso adelante. Lo responsables del semanario lo festejarán organizando en París unas jornadas nacionales sobre diversidad cultural, “para salir al paso de todos los que han decretado el fracaso del multiculturalismo. Pero, como señala Stéphanie Le Bars en Le Monde (15-11-2011), TC es “víctima anunciada de vientos contrarios dentro de la Iglesia y en la prensa generalista y militante”. Cita a la socióloga de la religión Danièle Hervieu-Léger: “TC es la punta de lanza de una corriente que tuvo su tiempo, pero ha llegado al final de la carrera”.

Se puede afirmar que los seguidores de TC, “cristianos de izquierda”, politizados y militantes, han ido envejeciendo a la vez que el propio periódico. Los responsables del semanario reconocen que “el cristianismo progresista que encarnaron en su día se ha hecho minoritario a lo largo del pontificado de Juan Pablo II”. Ciertamente, se puede seguir lamentando el “conservadurismo moral” y la “falta de evolución” de la Jerarquía, Pero la realidad es que el derrumbamiento de TC coincide con el avance otro semanario confesional, Famille Chrétienne, donde se reconoce mejor el público católico.

Circunstancias como la caída de las utopías marxistas y tercermundistas pueden explicar el desencanto de los lectores de TC. La suave pendiente comenzó en los sesenta, desde la crisis producida por la guerra de Argelia hasta las reacciones encontradas a raíz de la encíclica Humanae vitae. La decepción de los creyentes les ha llevado, a juicio de Philippe Clanché, redactor-jefe de TC, a no transmitir a hijos y nietos sus prácticas religiosas, “ni tampoco la suscripción a TC”. Querer que la gente entienda que “que ser cristiano no es necesariamente ser papista, reaccionario y obseso con la sexualidad”, es un argumento quizá demasiado tópico, que no vende ya entre los cristianos franceses.