“El cristianismo vive sobre todo del vigor de la fe de los cristianos”

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Duración lectura: 15m. 59s.

El mensaje de Juan Pablo II en Alemania
En su tercera visita a Alemania, Juan Pablo II ha exhortado a salvaguardar la auténtica libertad, que nace del amor y de la solidaridad. Y al dirigirse a los obispos ha insistido en que, si es importante que la Iglesia esté consolidada como institución, el cristianismo vive sobre todo de la vitalidad de la fe de los fieles. Mientras las protestas de algunos grupos minoritarios han mostrado lo intolerantes que pueden ser algunos que tanto invocan la tolerancia, el mensaje sereno del Papa ha mostrado la fuerza tranquila de un hombre de fe. Recogemos algunos párrafos de sus principales discursos.

En el discurso que dirigió a la Conferencia Episcopal en el Collegium Leoninum en Paderborn (22-VI-96), el Papa abordó asuntos de particular importancia para el futuro de la Iglesia en Alemania.

En la conclusión, ya próxima, del segundo milenio, la Iglesia se hace cada vez más consciente de su misión en el mundo redimido por Cristo (…). Muchos de nosotros han experimentado personalmente cómo los mesianismos políticos desembocan con frecuencia en las peores tiranías. Las estructuras que las sociedades se dan a sí mismas no tiene nunca carácter definitivo; en particular, no pueden sustituir la conciencia del hombre, ni su búsqueda de la verdad y del absoluto.

Para fundamentar la democracia

Como Iglesia, debemos percibir de modo más intenso la tarea de ser la conciencia moral de la sociedad. Como cristianos, debemos volver a ser “sal de la tierra” y “luz del mundo”. La vida eclesial, que se debe fundamentar exclusivamente sobre las verdades de la fe, debe permanecer fiel a Cristo y al mensaje del Evangelio; es una condición necesaria si queremos ayudar a los miembros de la Iglesia que se encuentran en una sociedad que trata de relativizar y secularizar todos los ámbitos de la vida.

En efecto, existe hoy la tentación de fundamentar la democracia en un relativismo moral que llega a rechazar toda certeza sobre el sentido de la vida del hombre y de su dignidad, sobre sus derechos y sus deberes fundamentales. Cuando se instaura tal mentalidad, antes o después se produce una crisis moral de las democracias. El relativismo impide practicar el necesario discernimiento entre las diversas demandas que se expresan en la base de la sociedad, entre el bien y el mal. La vida de una sociedad se apoya sobre decisiones que presuponen un firme convencimiento moral.

El Evangelio es una fuerza inspiradora e iluminante para la vida del pueblo de Dios. Allí donde se disminuye su contenido, se producen graves consecuencias para los hombres y la sociedad. Sólo basándose en un sólido fundamento, los cristianos pueden asumir sus responsabilidades en la vida cultural, social, política y económica. Se debe evitar la difusión de valores capaces de atraer a las multitudes, pero que pueden oscurecer la verdadera naturaleza del Evangelio. La verdad de la fe se debe anunciar con calma y reflexión, “en toda ocasión, oportuna e inoportuna”.

La religión en los territorios del Este

(…) Ningún otro acontecimiento de los últimos decenios ha cambiado la sociedad en Alemania tanto como la caída del muro. Una muralla que había partido vuestro país, de modo definitivo y visible, y había desgarrado Europa en dos partes (…). Junto a la eliminación de las alambradas y la caída del muro, ha llamado la atención el estado desolador en que la República Democrática Alemana ha dejado a las personas en lo que atañe a sus anhelos en el ámbito religioso. (…) A pesar de que esa presión ha producido sus efectos en no pocos casos, el régimen no ha conseguido apagar completamente el imperioso deseo de Dios, presente a veces de modo escondido o incluso sepultado. Ha quedado, sin embargo, un gran vacío por lo que se refiere al conocimiento de la fe y de la vida cristiana, y una gran desorientación (…).

Según algunas estadísticas, más del setenta por ciento de los habitantes de los nuevos Länder no pertenecen a ninguna confesión religiosa. En la República Democrática Alemana, la religión y la Iglesia estaban, en buena parte, estigmatizadas ideológicamente y aisladas socialmente. Salir públicamente de la Iglesia y mantener claramente las distancias era algo aconsejable para quien deseara ejercer un papel en la vida social. Hoy, sin embargo, nadie está dispuesto a admitir que cedió a la propaganda anticlerical o a la presión política, y mucho menos que participó activamente en tal presión. Por esta razón, todavía existe una difundida necesidad de querer justificar la salida de la Iglesia como una decisión bien ponderada, libremente realizada y definitiva (…).

En los primeros años que siguieron a la unificación, se han debido resolver antes que nada cuestiones políticas y económicas, y armonizarse en lo exterior las condiciones de vida de los habitantes del Este y del Oeste. Ha sido un empeño que ha surtido, en gran medida, resultado positivo y al que se debe desear un éxito perdurable (…).

Últimamente, sin embargo, se pone de manifiesto cada vez con más claridad la necesidad interior de una comunicación de carácter espiritual, ético y religioso. Se muestra de modo perceptible un nuevo interés por la religión, no sólo entre los que, después del cambio político, se han trasladado a las regiones occidentales de vuestro país, sino también entre los que han permanecido en sus regiones de origen. Es decisivo, por tanto, promover y reavivar el espíritu misionero en las parroquias. Es tarea de todos los bautizados llevar a Cristo a las personas alejadas. (…)

La alegría de la fe

Es necesario consolidar la Iglesia como institución, pero el cristianismo vive sobre todo del vigor de la fe de los cristianos, de su unión personal con Cristo y de la fuerza de su testimonio. La Iglesia sirve al hombre y a la humanidad cuando anuncia a Cristo (…).

La conversión de los que piden ser bautizados en el seno de la comunidad parroquial puede llevar también a los cristianos bautizados a su “segunda conversión”. Confiémonos, por tanto, como en los inicios de la Iglesia, a la guía del Espíritu Santo, que también en tiempos de dificultad y de cansancio da a la Iglesia nueva fuerza vital. (…)

La Iglesia sólo puede realizar su misión presentándose como baluarte de la alegría de la fe y de la confianza en el futuro. Por desgracia, para no pocos cristianos, la tarea de examinarse a sí mismos y de purificarse, como había pedido el Concilio Vaticano II, se transformó en una desmoralización crítica de las instituciones y en la difusión del descontento, favorecido también por el acentuado subjetivismo de la cultura “postmoderna”.

Pero si tenemos fe, no hay ningún motivo para el miedo. “Esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe” (1 Jn 5, 4). La fe no nos aleja del mundo. Al contrario, nos acerca a sus problemas y a sus esperanzas. La verdadera fe en el Redentor no nos aleja de los hombres. (…)

La fe bebe en el manantial de la verdad y de él saca vida y fuerza. Será necesario llamar de nuevo la atención de los fieles sobre lo que es el centro de la verdad revelada: Cristo, y la vida en Cristo. Naturalmente, no se puede esperar que los hombres se entusiasmen por la Iglesia y encuentren en ella la alegría de la fe, cuando se colocan en el centro del interés público cuestiones que en realidad son de naturaleza e importancia secundaria. Y todavía más, cuando se presentan esas cuestiones a los fieles bajo las falsas apariencias de una argumentación objetiva, y con métodos de instrumentalización.

La confesión, un encuentro personal

Compete precisamente a los obispos la tarea de ser servidores de la fe alegre de la Iglesia. Este es un servicio que exige vigilancia. No se puede dispensar del ejercicio de la autoridad, ni se puede omitir en debates públicos ni en coloquios pastorales. Se debe ofrecer tal servicio en un clima de diálogo y de amor, pero siempre con claridad y decisión.

Por tradición, el anuncio y la predicación tiene un papel importante en vuestro país. También la celebración de los sacramentos se tiene, justamente, en gran consideración. Prestad una particular atención a la Eucaristía y al sacramento de la Penitencia. En 1983, el sínodo de los obispos indicó la confesión personal como algo insustituible. En una época en la que se mecanizan todas las relaciones humanas y los contactos se convierten en cosa anónima, la confesión se presenta como una de las pocas posibilidades de encuentro personal. Tratad, por tanto, de explicarlo de nuevo y de hacerlo comprender en las parroquias. Es preciso animar a los sacerdotes y a los seminaristas a recibirla ellos mismos. No conseguirán nunca convencer a otros de que reciban este sacramento si ellos mismos no buscan y experimentan su gracia. (…)

Hay que apreciar la notable ayuda que los sacerdotes reciben de laicos en régimen de voluntariado. Es necesario, sin embargo, estar atentos para que en la planificación, que la falta de sacerdotes hace necesaria, los laicos no vayan adoptando papeles de “sacerdote suplente” o “capellán suplente”. Esto vale especialmente para las parroquias que no cuentan con sacerdote propio.

La formación espiritual de los candidatos al sacerdocio en los seminarios y las facultades de teología es decisiva para el desarrollo de la personalidad del sacerdote (…). Además, son absolutamente necesarios los contactos regulares y frecuentes entre los obispos y los profesores de las facultades de teología. Como los teólogos y los obispos están al servicio de la misma Iglesia al promover la fe, deben desarrollar y cultivar una confianza recíproca y con este espíritu superar también las tensiones y conflictos. (…)

La religión en la escuela

Respecto a la enseñanza de la religión en la escuela, os ruego que prestéis una atención especial a la formación de los profesores. La missio no puede ser una simple formalidad. Quien la acepta, manifiesta que no quiere introducir en las lecciones sus opiniones personales sobre la fe y la vida de fe, sino que quiere enseñar la fe de la Iglesia, que se ha convertido para él en camino de vida. El sí interior del docente a esa fe le ayudará, por una parte, a transmitir los conocimientos necesarios, y por otra a permearlos con la convicción que a su vez genera convicción.

Naturalmente, el Catecismo de la Iglesia Católica debe ser traducido desde el punto de vista del método. No obstante, muestra los grandes contenidos de que consta la enseñanza de religión, que no deben ser ofuscados por las modas teológicas que se suceden. Os ruego de todo corazón, por tanto, que la catequesis en todas sus modalidades reciba del Catecismo la sólida base común. Al mismo tiempo, deseo agradecer a todos los profesores de religión su testimonio y su valentía. (…)

Para poder hacer frente, en este momento significativo de la historia, a las difíciles tareas que se presentan a la Iglesia, es necesaria una gran unidad en el episcopado: una unidad que no quita nada a la indispensable libertad para intercambiar opiniones y que en ningún caso podría impedir la responsabilidad de iure divino et canonico de cada obispo en su diócesis. La coordinación de la actividad pastoral, que se realiza sobre todo en el ámbito de la Conferencia Episcopal, está dirigido a facilitar el difícil trabajo del obispo y sostener su autoridad.

Un nuevo Sínodo para Europa

En el discurso en el estadio olímpico de Berlín (23-VI-96), Juan Pablo II anunció, sin precisar la fecha, un segundo Sínodo de Obispos para Europa, después del celebrado en otoño de 1991.

Desde esta famosa ciudad, que ha vivido de modo particular el destino de la historia europea de este siglo, deseo anunciar a toda la Iglesia mi intención de convocar una Segunda Asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos para Europa. Como las otras asambleas sinodales, de otras partes del mundo, deberá ocuparse también de la preparación del gran Jubileo del año 2000.

Después de los conocidos acontecimientos de 1989 y las nuevas condiciones que se crearon tras la caída del muro que se había erigido precisamente en esta ciudad, pareció necesaria una reflexión de los representantes de las conferencias episcopales del continente. La Asamblea extraordinaria de 1991 desarrolló esa tarea. La evolución de los cinco años siguientes en Europa han ofrecido la oportunidad de un nuevo encuentro con los representantes de los obispos europeos con el fin de analizar la situación de la Iglesia de cara al Jubileo. Es necesario que las grandes fuerzas espirituales del continente se puedan desplegar en todas las direcciones y que se creen los presupuestos para una época de auténtico renacer religioso, social y económico. Eso será fruto de un nuevo anuncio del Evangelio.

Os invito a invocar ya desde ahora la intercesión celestial de los patrones de Europa: san Benito y los santos Cirilo y Metodio. Partiendo de las respectivas tradiciones occidentales y orientales consiguieron ofrecer una aportación fundamental para la unidad cultural y espiritual de esta parte de la tierra.

Cristianos y judíos

En el encuentro con el Consejo Central de los Judíos Alemanes en Berlín (23-VI-96), Juan Pablo II se refirió a la actitud de los católicos bajo el nazismo:

A pesar de que muchos sacerdotes y muchos laicos, como han demostrado los historiadores, se opusieron a aquel régimen de terror, y a pesar de que se activaron muchas formas de oposición en la misma vida cotidiana, todo eso fue demasiado poco. A todos ellos va hoy nuestro agradecimiento y estima. Su ejemplo y su recuerdo no son sólo un modelo imperecedero: constituyen, al mismo tiempo, una exhortación para que cristianos y judíos se empeñen juntos a favor de la dignidad de todos los hombres allí donde también hoy pueda estar amenazada.

Una puerta abierta a la libertad

En la ceremonia de despedida ante la Puerta de Brandeburgo (23-VI-96), Juan Pablo II hizo un llamamiento por la libertad.

La Puerta de Brandeburgo fue ocupada por dos dictaduras alemanas. A los dictadores nacionalsocialistas le servía como imponente escenario para sus paradas, y los tiranos comunistas la tapiaron: como tenían miedo de la libertad, los ideólogos transformaron una puerta en un muro. (…) En este lugar tan lleno de historia me siento empujado a hacer un urgente llamamiento por la libertad dirigido a todos los aquí presentes, al pueblo alemán, a Europa, también ella llamada a la unidad en la libertad, y a todos los hombres de buena voluntad. Que este llamamiento llegue también a los pueblos a los que se ha negado hasta ahora el derecho a la autodeterminación, a los muchos pueblos que no tienen garantizadas las libertades fundamentales de la persona: la libertad de fe, de conciencia, la libertad política (…).

La nueva casa europea, de la que hablamos, necesita una Berlín libre y una Alemania libre. Necesita, sobre todo, aire para respirar, ventanas abiertas, a través de las cuales pueda entrar el espíritu de la paz y de la libertad. Europa necesita, y no como cosa última, de hombres convencidos, que abran las puertas, de hombres que tutelen la libertad mediante la solidaridad y la responsabilidad. No sólo Alemania sino toda Europa tiene necesidad de esta aportación indispensable de los cristianos.

El Papa visto por un teólogo protestanteEl teólogo luterano alemán Wolfhart Pannenberg habla en una entrevista de Luigi Geninazzi (Avvenire, 5-VI-96) a propósito de la visita de Juan Pablo II a Alemania.

– En Alemania crece el complejo anti-romano, y más de uno estaría contentísimo de poder prescindir totalmente del Papa. ¿No le parece que el punto crucial es la aceptación del primado del obispo de Roma sobre la Iglesia universal?

– Depende de cómo se entienda esa doctrina. El cardenal Ratzinger ha dicho expresamente que no se puede pedir a los ortodoxos, respecto al primado, más de lo que siempre se creía durante el primer milenio. El obispo Kasper ha añadido que esto debe valer también para la Iglesia evangélica. Nosotros también podemos aceptar la forma de gran autoridad que se vivía en tiempos de León Magno. El problema está en la historia del centralismo romano; si Roma, como parece, tiene el valor de atenuar ese centralismo respecto a los ortodoxos, entonces no veo por qué no se debería hacer lo mismo con los protestantes.

– Pero son precisamente los protestantes quienes se caracterizan por el rechazo claro de la doctrina del primado del Papa…

– Es verdad. Por parte de los protestantes hay todavía ciertos temores que actúan de modo irracional. Pero nadie puede poner en duda que, históricamente, Roma ha sido el centro de la cristiandad. Cualquiera puede darse cuenta de que la figura del Papa no está al mismo nivel que la del obispo de Padernborn o el de Múnich. Es necesario distinguir entre dos funciones del Papa: por una parte, ejerce el ministerio del servicio a la unidad de la Iglesia universal y, por otra, tiene el poder que desempeña como Patriarca de Occidente. Nos encontramos, por tanto, ante la auctoritas y la potestas. En el fondo, los ortodoxos reconocen al Papa el papel de primus inter pares, pero no quieren que se inmiscuya demasiado en las Iglesias orientales. Del mismo modo, como Patriarca de Occidente, el Papa podría reconocer la autonomía a las Iglesias protestantes, que dejarían de verle como un monarca absoluto; pero, para ello, debe cambiar la manera de ejercitar su ministerio.

– Es lo que afirma Juan Pablo II en la encíclica Ut unum sint, proponiendo nuevos modos de ejercicio del primado pontificio. ¿Cómo ve esta apertura?

– Es el camino que hay que seguir para llegar a una nueva comprensión de la unidad. Creo que el Papa actual es el que ha hecho mayores aperturas a nivel ecuménico. En la teoría y en la práctica. Sus viajes por el mundo, por ejemplo, son de por sí una manera nueva de ejercer su ministerio. Espero que el ecumenismo se refuerce en el encuentro que se tendrá en Padernborn, el 22 de junio, con representantes de las Iglesias evangélicas.

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