El cambio episcopal

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Duración lectura: 5m. 10s.

Contrapunto

El montaje informativo en torno a la reciente renovación de la cúpula de la Conferencia Episcopal española ha tenido su mordiente. No me refiero ahora al hecho de que hayan resultado elegidos estos o los otros, sino al modo de presentarlo en buena parte de la prensa. Sin duda, es comprensible que cada uno tenga sus preferencias y que se alegre cuando los resultados coinciden con ellas. También es lógico que el periodista intente ofrecer al lector unas claves de interpretación de los hechos.

Lo malo es cuando las claves de interpretación se reducen a latiguillos. Así, para algunos todo se resume en el triunfo de los obispos renovadores frente a los conservadores, de los partidarios del diálogo con la sociedad frente a los de la “línea dura” de confrontación, de los defensores de la autonomía de la Iglesia española frente a los “sumisos” al Vaticano y a la nunciatura. En suma, “voto de castigo” al Vaticano y a sus aires “restauracionistas”. Ya es discutible que la realidad de la Iglesia pueda explicarse según unos esquemas más propios de la lucha política. Pero es que ni tan siquiera en la información política son hoy de recibo estas explicaciones tan pobres y sin matices. Al menos, los informadores políticos saben distinguir entre el lenguaje de mitin y el análisis político.

¿Qué quiere decir, por ejemplo, que un obispo es partidario del diálogo con la sociedad? ¿Hay algún obispo que no lo sea? ¿Cómo podría evangelizar sin hablar con la gente y escucharla? Otra cosa es confundir el diálogo con una especie de rebajas en las exigencias del Evangelio. Y aunque el mensaje siempre se puede presentar de un modo más atractivo, los datos confirman que las rebajas no han contribuido a aumentar la clientela, sino todo lo contrario.

Hay quienes reprochan a la Conferencia Episcopal que, durante la etapa de Suquía, adoptase una postura excesivamente crítica de los cambios sociales y de los comportamientos auspiciados desde el Gobierno socialista. Con frecuencia son los mismos que, en otras circunstancias, defendían que la Iglesia fuera la conciencia crítica de la sociedad. Ahora desearían una actitud más complaciente. Pero el avance de algunos evidentes males sociales, y no sólo el de la corrupción tan duramente denunciada por la prensa, revela que los obispos no iban tan descaminados.

Pero lo más divertido es la reaparición en algunas informaciones de un tufillo triunfalista, que parecía ya desterrado en estos pagos. “La perestroika ha llegado a Añastro”, escribe lleno de entusiasmo un comentarista, sin advertir quizá que la perestroika llevó a una renovación muy distinta de la que pretendían sus inspiradores. Da lo mismo. Para el periodista, “la verdad es que se respira ya una bocanada de aire fresco en los otrora lúgubres pasillos de la Casa de la Iglesia” (¿habrán tenido tiempo de repintarlos?). Hay quien, dispuesto otras veces a enmendar la plana al Espíritu Santo, le aplaude en esta ocasión: “El Espíritu Santo anduvo listo y se posó a tiempo en los corazones de la mayoría episcopal, así como otras veces parece que estaba distraído”. Con delicioso anacronismo, otro asegura de modo elogioso que al nuevo secretario general se le conoce ya como el “obispo rojo”. Y es que hay algunos que no acaban de caerse del muro, y confunden todavía el progresismo con el pasado.

Otro aspecto significativo es cómo cambia la calificación de un hecho según que coincida o no con las propias preferencias. Si aceptamos el esquema renovadores frente a conservadores, resulta que el primer sector ha barrido en el reparto de cargos. Los que se alegran de que así haya sido, no invocan esta vez el pluralismo. Los renovadores, dice una información, “estaban decididos a copar todos los cargos, apostando decididamente por la entrada de aire nuevo en la Conferencia Episcopal”. Se trataba de dar un golpe de timón, afirma otro, “sin tener que ceder por cortesía la vicepresidencia al sector teóricamente derrotado, como es habitual”. Incluso en el reparto de las comisiones, se asegura que once de las catorce están presididas por obispos de “línea aperturista”: “Sumado el equipo de gobierno, resulta altamente significativo el número de prelados con unidad de criterios”

¿Qué se hubiera dicho si los “conservadores” hubieran ganado del mismo modo? Me temo que el titular sería: “Los conservadores imponen su monopolio, asfixiando el indispensable pluralismo”. Y es que, cuando se hacen cargo del gobierno los que uno desea, la denostada uniformidad se transforma en encomiable unidad de criterios, y el riesgo de monopolio en decidido golpe de timón. No en vano el cambio ya no es involucionista sino renovador.

Pero, en fin, tampoco hay que pensar que estos clichés hacen justicia a la realidad. Así lo han advertido los mismos protagonistas del cambio. Monseñor Elías Yanes, el nuevo presidente, ha negado que su elección haya supuesto un “voto de castigo” al Vaticano: “Ese planteamiento es falso. Ni siquiera creo que haya demasiadas diferencias en cuanto a orientación general entre los obispos”. También ha querido dejar bien claro el deseo del nuevo equipo de “seguir actuando en absoluta comunión con las enseñanzas y orientaciones pastorales de la Santa Sede” (¿se habrá convertido ya en un “sumiso”?).

Para el vicepresidente, Mons. Fernando Sebastián, “es una tontería establecer clasificaciones de conservador y progresista dentro de la Iglesia”, distinción que “está ya muy superada en la vida civil”. “Si el progreso en la Iglesia es lo que cada uno se imagina, entonces esas clasificaciones son enormemente subjetivas y confusas”. También Mons. José Sánchez, secretario electo, ha advertido que la misión de la Iglesia no puede comprenderse con una visión terrena: “No entender esta clave puede llevar a unos esquemas que no se adecúan a la realidad”. A este paso, acabarán tachándoles de conservadores.

Ignacio Aréchaga

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