El avestruz y los cristianos de Oriente

En un artículo publicado en La Vanguardia, Antoni Puigverd señala que es intelectualmente deshonesto hablar de violencia religiosa, cuando lo que está ocurriendo es el progreso de un islamismo violento.

Puigverd recuerda un artículo publicado un par de años atrás por el sociólogo Ulrich Beck sobre el peligro de la religión actual. “A pesar de reconocer que la fraternidad entre clases y naciones nace del universalismo cristiano, el autor, Ulrich Beck, apuntaba que también de él nace el odio. Las únicas referencias críticas del artículo eran para Benedicto XVI, que aparecía como promotor de la división humana actual por el simple hecho de defender el cristianismo como verdad, y no como una más de las ofertas del supermercado contemporáneo de las ideas relativas. Ningún reproche a la fe islámica, a pesar de que en su nombre diariamente se practican en múltiples rincones del mundo todo tipo de atentados y matanzas”.

Puigverd no niega que también hoy pueda haber gente como el autor del atentado de Tucson contra la congresista Giffords, que parece intoxicado por una mezcla ideológica explosiva en la que el furor racial y el conservadurismo ideológico se confunden con apelaciones a la identidad cristiana de los padres fundadores de América. “Es, sin embargo, muy intelectualmente deshonesto situar el avance del islamismo violento en la Media Luna árabe en el mismo plano que los desmanes ideológicos de cierta minoría neoconservadora de Norteamérica”.

En Norteamérica el Estado no está supeditado a la religión. “Al contrario: la religión se supedita a las leyes. Es incomparable, por lo tanto, el ascenso de cierta beligerancia cristiana con el inquietante progreso del islamismo violento, cuya agresividad y capacidad destructiva parece a estas alturas imparable”.

El caldo de cultivo del fundamentalismo islámico es “la pobreza y el retraso, la falta de perspectivas de las enormes poblaciones juveniles, el fracaso del arabismo laico, la corrupción. Puesto que no hay signos en el horizonte de una posible solución de dichos problemas, es inevitable deducir que el islamismo violento crecerá más y más”.

Como no sabemos qué hacer para frenar el islamismo violento, que a través de algunos sectores de la inmigración está arraigando también en Europa, preferimos la política del avestruz. “El resultado más triste de la imposibilidad de plantearnos esta pregunta es que las minorías cristianas de los países árabes están desapareciendo sin que nos demos por enterados”.

Como lo refleja la masacre contra los coptos el día de Navidad, los cristianos de Oriente Medio “están siendo sometidas a algo muy parecido a una limpieza étnica y no queremos darnos por enterados. Defenderlos complicaría todavía más el avispero oriental. Mientras Alejandro Amenábar dedicó el mayor presupuesto nunca conseguido por un filme en nuestros lares a un péplum panfletario en el que los cristianos de la Alejandría histórica aparecían como ofuscados asesinos, los cristianos de la Alejandría de hoy arriesgan la vida cuando van a misa”.

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