Confesonario público

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Duración lectura: 1m. 23s.

Contrapunto

Sólo algún clérigo despistado puede creer que la confesión está en crisis. Lo que ocurre es que, en la era de la comunicación de masas, la confesión es cara al público y ante el periodista. De la reserva del confesonario hemos pasado al plató. Pero, si se quiere empezar una nueva vida, no hay mejor recurso que una confesión general. ¿El príncipe Carlos de Inglaterra quiere realzar su imagen ante la opinión pública? Debe jugar fuerte y sin tapujos: un documental de dos horas en la televisión, en el que admite incluso haber cometido adulterio. Según los sondeos posteriores, ha sido perdonado por la audiencia.

¿El ex gobernador del Banco de España quiere pasar al contraataque tras haber estado unos días en la cárcel? Empieza confesando sus yerros a la prensa. En una entrevista comienzan preguntándole cuántas veces se ha arrepentido de no haber dicho la verdad al Parlamento sobre sus inversiones. Respuesta: “Siempre que he pensado en ello”. ¿No es un escándalo que no haya cumplido sus obligaciones fiscales? “Estoy de acuerdo en que es algo grave que una persona como yo haya incumplido sus obligaciones fiscales”. ¿Quién dijo que la confesión era humillante? No hay como un reconocimiento humilde de los propios errores para expulsar el sentido de culpabilidad. La ventaja de la confesión en la iglesia es que se puede obtener el perdón sin abdicar del derecho a la privacidad. Y es que el perdón de Dios se obtiene más fácilmente que el de los hombres.

Ignacio Aréchaga