¿Choque de religiones o conflictos políticos?

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Sin duda, hay fanáticos que enarbolan la bandera de la religión para luchar con violencia por los objetivos que ellos consideran irrenunciables. Pero a esto exaltados, ¿les mueve realmente la religión? El caso más llamativo y actual es el de los “hombres bomba” que se inmolan para combatir al enemigo en Bagdad o en Israel. La explicación más habitual atribuye el terrorismo suicida al fundamentalismo islámico, ya que la religión es a menudo usada para reclutar y motivar a los suicidas. Pero cuando los datos sustituyen a las suposiciones se ve que la realidad es más compleja.

Robert A. Pape, profesor de ciencia política de la Universidad de Chicago, ha compilado datos sobre cada uno de los 315 ataques suicidas ocurridos en el mundo entre 1980 y 2003. Con esta base de datos ha escrito un libro (Morir para ganar. Las estrategias del terrorismo suicida), donde revela que hay menos relación de lo que se cree entre terrorismo suicida y fundamentalismo religioso (1).

Antes de la oleada terrorista en Irak, posterior al periodo estudiado por Pape, el grupo que más recurrió a los ataques suicidas (76 casos) son los Tigres Tamiles de Sri Lanka, de origen hindú pero de ideología marxista-leninista y opuestos a la religión. Estos ataques suicidas superan a los de grupos habitualmente relacionados con el fundamentalismo islámico, como Hamás (54) o la Jihad Islámica (27). Incluso entre los musulmanes, más de un tercio de los ataques suicidas corresponden a grupos seculares, como el Partido de los Trabajadores del Kurdistán, el Frente Popular para la Liberación de Palestina y las Brigadas de los Mártires de Al Aksa.

Casi todos los ataques de los terroristas suicidas (301 de 315 en el periodo estudiado) tuvieron lugar como parte de una campaña política o militar organizada. La conclusión de Pape es que “lo que tienen en común casi todos los ataques de los terroristas suicidas es en realidad un objetivo estratégico y no religioso: obligar a modernas democracias a retirar sus tropas de territorios que los terroristas consideran como su patria. La religión se utiliza a menudo por las organizaciones terroristas en el reclutamiento y en la búsqueda de ayuda en el exterior, pero rara vez es la causa fundamental”.

Nihilismo suicida

Para el filósofo francés André Glucksmann, muchos de los conflictos actuales no pueden explicarse como un enfrentamiento entre el islam y Occidente, entre la Media Luna y la Cruz. Como explicó en Dostoievski en Manhattan, el terrorismo suicida tiene más que ver con el nihilismo que con la religión: “Las minorías incendiarias y sin escrúpulos -los nihilistas activos- compiten en crueldad y se aprovechan de la dejadez de las mayorías durmientes, los nihilistas pasivos” (2).

El último ensayo del intelectual alemán Hans Magnus Enzensberger, El perdedor radical, también reconoce el carácter nihilista del terrorismo suicida. Según Enzensberger, el caldo de cultivo de las obsesiones destructivas es la sensación de fracaso y de frustración. Los “hombres del terror” -dice- experimentan una tensión interna entre el odio al otro, al triunfador, y el desprecio a uno mismo, al derrotado (3).

En sintonía con estos autores, el historiador Wil van den Bercken afirma que los ataques terroristas en Estados Unidos no se explican por motivos religiosos. Lo mismo se puede decir del conflicto de entre palestinos e israelíes, que “no es, en primer término, una guerra de religión. Comenzó como una contienda territorial y a partir de 1967 ambas partes empezaron a invocar a Dios. Pero, para los israelíes y palestinos secularizados, el motivo de la guerra sigue siendo la tierra” (ver Aceprensa 143/01 ).

En suma, más que guerras de religión lo que hay son conflictos reales por intereses económicos (como el control y la explotación del petróleo), territoriales y políticos (como los casos de Israel e Irlanda del Norte), o étnicos y nacionalistas (como en la ex Yugoslavia o en la antigua Unión Soviética).

Balance positivo

Si no se pueden achacar a la religión conflictos que tienen otro origen, tampoco se puede olvidar su papel beneficioso a la hora de inspirar acciones que han contribuido a solucionar otros. Quienes pensaban que el secularismo iba a desplazar a la religión de la escena pública, se sorprenden al ver que la influencia de la religión en el ámbito público cada vez se hace más visible a lo largo y a lo ancho de la política mundial. Timothy Samuel Shah y Monica Duffy Toft se preguntan en Foreign Policy (4) si esta mayor influencia está siendo positiva.

Responden que es cierto que existen ejemplos de extremismo. Citan, entre otros, a “los Hermanos Musulmanes en Egipto y Jordania, Hamás en los territorios palestinos, Hezbolá en Líbano y el Nahdlatul Ulama en Indonesia”. Sin embargo, de ahí no se puede concluir que la mayor presencia de la religión en el ámbito público tenga efectos perjudiciales. En realidad, en la mayoría de los casos, el balance ha sido positivo.: “La religión ha movilizado a millones de personas para que se opusieran a regímenes autoritarios, para que empezaran transiciones democráticas, para que apoyaran los derechos humanos y para que aliviasen los sufrimientos de los hombres”.

Y añaden: “En el siglo XX, los movimientos religiosos ayudaron a poner fin al gobierno colonial y a acompañar la llegada de la democracia en Latinoamérica, Europa del Este, el África subsahariana y Asia. La Iglesia católica posterior al Concilio Vaticano II desempeñó un papel crucial oponiéndose a los regímenes autoritarios y legitimando las aspiraciones democráticas de las masas”.

También hoy tenemos ejemplos recientes de cómo la religión influye positivamente en la política. Las últimas campañas de la Conferencia Episcopal estadounidense son un caso paradigmático. Tanto en el debate de la pena de muerte (ver Aceprensa 38/05 ) como en el de la inmigración (ver Aceprensa 60/05 ), los obispos católicos han contribuido a la formación de un clima de opinión más humanitario.

Juan Meseguer Velasco
ACEPRENSA

(1) Robert A. Pape, Morir para ganar. Las estrategias del terrorismo suicida. Paidós, Barcelona (2006). 352 págs. 19 €.
(2) André Glucksmann, “Balance del futuro”,
El País, 12-01-2007.

(3) Hans Magnus Enzensberger,
El perdedor radical. Ensayo sobre los hombres del terror. Anagrama. Barcelona (2007). 72 págs. 9,50 €.

(4) Timothy Samuel Shah y Monica Duffy Toft, “Por qué Dios está ganando”,
Foreign Policy, edición española, agosto/septiembre 2006.

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