Viejas caras para los nuevos poderes de la extinta URSS

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Duración lectura: 2m. 58s.

En las repúblicas de la antigua URSS, tras las explosiones nacionalistas están volviendo a tomar las riendas los antiguos dirigentes del comunismo, lo cual no quiere decir que sigan siendo de ideología comunista, sino que conocen mejor los resortes del poder y cuentan con clientelas a su favor.

Si rehacemos el mapa de la extinta URSS, todas las repúblicas están ahora gobernadas por ex comunistas, salvo Estonia y Armenia. Los jefes de estas dos repúblicas no pertenecieron al partido comunista, sino que fueron sus víctimas: Lenart Meri, el presidente estonio, fue deportado con su familia al día siguiente de la anexión de 1940; el dirigente de Armenia, Ter-Petrossian, fue encarcelado en plena perestroika.

Pero esas son las excepciones. Eduard Shevernadze -ministro de Asuntos Exteriores de la URSS durante la perestroika- es el máximo responsable de su Georgia natal desde el año pasado. Sucedió a Zviad Gamsajurdia, un disidente elegido por sufragio universal afectado de megalomanía.

Tayikistán, tras un intermedio de régimen islámico, ha sufrido un enfrentamiento armado con el resultado de 20.000 muertos y 500.000 personas desplazadas. La intervención del ejército ruso ha servido para proteger el viejo orden, con la presencia de Emomali Rajmonov, contra el peligro islámico simbolizado por el vecino Afganistán.

Las repúblicas más estancadas en el comunismo son Uzbekistán y Turkmenistán, donde nada ha cambiado salvo los nombres. Los antiguos dirigentes y el aparato siguen en su sitio. Pero los comunistas han pasado a llamarse “democráticos” y el antiguo KGB es ahora la Seguridad Nacional en lugar del Comité de Seguridad del Estado.

En Lituania, Vitautas Landsbergis, “Padre de la independencia”, dio paso a Algirdas Brazauskas, que, en la cúpula del PC lituano propugnó la separación de la URSS desde la época de Gorbachov. La población le ha elegido no para revivir el comunismo, sino por su capacidad para dirigir el Estado en una etapa de recesión económica.

A principios del mes de junio una rebelión militar en Azerbaiyán contra el moderado nacionalismo de Abulfaz Elchibey facilitó el poder a Gaidar Aliev, un amigo de Leónidas Breznev que perteneció al KGB y que, aunque se retiró del PC en una inteligente maniobra, cuenta con muchos años de Politburó.

Otros ejemplos similares de maniobras del poder han sucedido en repúblicas como Ucrania o Letonia. En la primera, por ejemplo, Leonid Kravtchuk transformó sagazmente el cargo de secretario ideológico del partido en el de presidente de la República.

En Letonia, Anatolis Gorbunovs se llevó el gato al agua por método similar y hoy la república goza de cierta estabilidad política y posee la segunda renta per cápita después de Bielorrusia.

En Moldavia, la posición de Mircea Snegur, antiguo presidente del Soviet Supremo, es más incómoda. Está siendo acusado de rusofilia por los que buscan la reunificación con la “madre patria”, Rumania, y recibe la acusación contraria por las minorías rusas del Dniéster.

En Kazajstán, el presidente Nazarbaev hace equilibrios para contentar a la vez a los de su propia etnia y a los rusos, que son pocos menos. Es de los que defienden la Comunidad de Estados Independientes nacida del imperio soviético.

Y en Rusia, aunque Boris Yeltsin quiere enterrar el comunismo, la realidad es qeu la mayor parte de los jefes de la Administración hicieron su carrera -como el propio Yeltsin- en el PCUS.

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