“Tenemos que elaborar una crítica rigurosa de la superficialidad consumista”

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John Haldane es profesor en la Universidad de St. Andrew’s (Escocia), donde dirige el Centro de Ética, Filosofía y Asuntos Públicos. Este filósofo escocés, católico, casado y padre de cuatro hijos, estudió también Bellas Artes y es autor de “Una introducción a la religión para personas inteligentes” (An Intelligent Person’s Guide to Religion, Duckworth, 2003). Su obra más reciente, Faithful Reason (Routledge, 2004), es una colección de ensayos sobre filosofía y fe católica.

Haldane estuvo en el reciente simposio de la Universidad de Navarra, donde pronunció una conferencia sobre “Éticas del relativismo”. Después le planteamos algunas preguntas.

Ante el creciente pluralismo religioso visible en Occidente, sentimos a veces la necesidad de encontrar una base común, unos principios compartidos para organizar la convivencia, para definir qué está permitido y qué no se puede tolerar. ¿Cuál podría ser esa base común: tal vez una ética secular?

— Hoy en los países occidentales vemos dos clases de pluralismo. Uno es un pluralismo de estilos de vida, que puede ser muy superficial: como elegir ropa, o muebles, o cosas así. Y hay una diversidad más profunda, un pluralismo filosófico o ideológico. Ahora bien, el caso es que cuando la gente alude a este pluralismo más profundo, los ejemplos que por lo general ponen muestran más coincidencias que divergencias. Así, las distintas religiones —judaísmo, cristianismo, islam…— suelen considerar que el pluralismo superficial no es serio. Por ejemplo, con respecto al matrimonio, judíos, cristianos y musulmanes comparten, en términos generales, las mismas ideas.

En cambio, la diversidad se da en el campo de ese otro pluralismo superficial, entre personas que parecen no tener más ética que una ética de la opción autónoma. Así, en España, en Gran Bretaña y en otros muchos países, está en primer plano el tema del matrimonio homosexual y la adopción de niños por parte de tales parejas. Pero eso no es en realidad expresión de una filosofía de fondo: es una manifestación de consumismo, del deseo de tener más opciones.

Opciones superficiales

¿Qué propone, entonces?

— A mi juicio, hay que hacer dos cosas. La primera es una crítica negativa, por así decir, del pluralismo superficial. Hemos de hacer ver que, aunque hay mucha diversidad, en realidad no es reflejo de ninguna filosofía profunda, sino que es algo bastante trivial. Y la parte positiva consiste en que los que mantenemos un sistema de ideas serio (y en estos tiempos, tras la desaparición del marxismo, casi no hay más ideas serias que las religiosas) pensemos entre todos qué es exactamente lo que nos une.

Un ejemplo. Hace poco he redactado una propuesta para que en Gran Bretaña se cree un comité nacional de bioética, idea que tiene el apoyo del primado de la Iglesia católica, el cardenal arzobispo de Westminster; del primado anglicano, el arzobispo de Canterbury; del gran rabino; del líder de los mahometanos. Así que musulmanes, judíos y cristianos están a favor de la propuesta. Es interesante ver, pues, que en cierto modo, la sociedad está fuera de control, pero no porque esté en manos de personas imbuidas de una filosofía profunda y una determinada antropología. Lo que se ve aquí es la mano del mercado, no principios, excepto el principio de proteger las opciones.

En fin, creo que, en el plano negativo, tenemos que delatar la superficialidad de la cultura y la sociedad, y a este respecto es una pena que los marxistas hayan desaparecido, porque ellos al menos eran críticos muy duros de la superficialidad de la sociedad de consumo. Tenemos, pues, que elaborar una crítica rigurosa, exhaustiva, perspicaz y retóricamente eficaz de la superficialidad consumista. Y, al mismo tiempo, hemos de procurar desarrollar unos planteamientos coherentes y profundos sobre cuestiones como la vida humana, la reproducción humana, la muerte, etc.

Y una ocasión que yo señalaría como crisis ilustrativa, y que es también una oportunidad, es la desintegración de la familia. Aquí en España la situación es un poco como en Italia. Pues bien, hacia la mitad de este siglo, el 60% de los italianos, casi dos tercios de la población, no tendrán hermanos, ni hermanas, ni primos, ni tíos, ni tías. Dentro de 45 años, en Italia —y seguro que en España pasará lo mismo— esas personas serán como átomos aislados, sin vínculos familiares. Y cuando eso ocurra, será un desastre. Tenemos que procurar advertir a la gente lo que eso significa; decirles: ese estilo de vida que has escogido no te ha enriquecido, te ha empobrecido. Y la única riqueza que no puedes recobrar es la de unas relaciones personales profundas, de familia.

Cuidar la retórica

En un capítulo de su libro Faithful Reason, usted habla de ley natural. ¿Cómo se puede hoy argumentar a favor de la ley moral natural?

— La vieja tradición filosófica distinguía entre dialéctica y retórica. La dialéctica trata de la argumentación estricta, y la retórica trata del modo de presentar las ideas. En mi opinión, los defensores de la ética tradicional, la ley natural, etc. eran a veces muy buenos dialécticos, pero no tan buenos en retórica. La doctrina tradicional es muy seca y teórica, le falta vida. El esqueleto, la armazón de argumentos es buena, pero hay que completarla con carne, piel, sangre.

En fin, creo que hemos de recuperar un estilo más natural y más sencillo de explicar las cosas; un estilo menos escolástico, menos técnico, más directo. Pero también hemos de revestir todo eso con recursos retóricos eficaces, usando la imaginación, poniendo ejemplos: ilustrando, sin limitarnos a dar argumentos. Por eso creo que el cine, el periodismo, las novelas, la música… son muy importantes en nuestra época, porque eso es, en parte, lo que llega a la gente. Hoy la gente capta las cosas de otra manera, no dedica tiempo a leer argumentaciones. Así, creo que un artículo periodístico de 1.200 palabras es un modo de atraer a la gente, incluso de educarla.

La aportación de los creyentes

¿Cómo pueden los creyentes hacer aportaciones valiosas a los debates actuales?

— Entre los creyentes puede uno encontrar hoy dos posturas que no son provechosas. Una es cierta actitud como de condena agria, amargada, resentida, para la que todo es malo, corrompido, terrible. Y esta actitud no ayuda. Si eso es todo lo que uno tiene que decir, es mejor que se quede al margen, porque eso solo sirve para reforzar en la gente la impresión de que la religión es algo oscuro, deprimente y negativo.

La otra aportación que no sirve es la de esa especie de evangélicos ingenuos que creen que todo es maravilloso. Ni esa clase de negra condena calvinista, ni el ingenuo evangelismo pueden ser tomados en serio en la sociedad contemporánea.

Creo que los creyentes, ante todo, tienen que ganar credibilidad intelectual, tienen que demostrar su altura intelectual. Necesitamos más intelectuales, la Iglesia los necesita. En Gran Bretaña, por ejemplo, en el primer tercio del siglo XX la Iglesia católica recibió gran número de conversos. Desde el siglo XIX, con el cardenal Newman, pasando por G.K. Chesterton, Evelyn Waugh… muchas personas —filósofos, escritores…— se convirtieron al catolicismo. ¿Por qué? Porque les atrajo el rigor intelectual del catolicismo. Así que hemos de hacer valer nuestras credenciales intelectuales ante el mundo, mostrar que somos intelectualmente rigurosos y no condenar al mundo ni ir por ahí en una especie de trance de entusiasmo.

Tomismo y filosofía analítica

Una de esas aportaciones positivas puede ser el “tomismo analítico” que usted sostiene. ¿En qué consiste esta propuesta filosófica?

— Esta propuesta, por cierto, es el tema de un libro, firmado por dos norteamericanos, que saldrá el año próximo y se titulará Analytical Thomism —Traditions in Dialogue. Yo he escrito un epílogo, una especie de conclusión que repasa la evolución del “tomismo analítico”, término que propuse hace unos diez años.

Lo que pretende el tomismo analítico es retomar las intuiciones tradicionales del tomismo —la metafísica, la ética…—, pero liberándolo un poco del aparato de la escolástica tradicional. Intenta dar salida a esas ideas en el mundo usando los métodos y técnicas de la filosofía anglosajona contemporánea: la filosofía desarrollada en el siglo XX en Oxford y Cambridge, y luego en otros lugares de Gran Bretaña y también de América, como Princeton, Harvard o Yale.

Se trata, pues, de introducir las ideas tomistas en el torrente circulatorio del pensamiento contemporáneo, adaptándolas, remodelándolas, sin abandonar ninguno de los elementos centrales; aunque con unos planteamientos, quizás, más modestos que los de algunos tomistas del pasado, admitiendo que tal vez no tenemos todo claro, que tal vez hay problemas que no sabemos resolver. Entonces, tenemos que pensar más y aprender también de la filosofía analítica contemporánea que se remonta a Bertrand Russell: esos pensadores pudieron cometer errores, quizás no llegaron al fondo en algunas cuestiones; pero también hicieron algunos descubrimientos, y un tomismo que pretenda ser creíble tiene que responder a las objeciones y problemas planteados por la filosofía contemporánea. Así pues, si el tomismo aprende de la filosofía analítica, puede influir en ese campo.

En fin, el tomismo analítico no es un nuevo género de tomismo. Ha habido otras corrientes tomistas, como el tomismo trascendental, que quisieron cambiar el tomismo, transformarlo en la filosofía de Kant o en alguna otra cosa. No es eso lo que pretende el tomismo analítico, que quiere ser fiel al espíritu del tomismo. No se trata de cambiar el tomismo, sino de renovarlo; no se trata de cambiar los principios, sino de ver cómo esos principios se pueden expresar y desarrollar en nuestro tiempo.

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