¿Qué es lo que Podemos?

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

La noche de las elecciones europeas supuso una enorme sorpresa en España. Un grupo político prácticamente desconocido, Podemos, se alzó con un millón doscientos cincuenta mil votos, convirtiéndose en la cuarta fuerza política del país y siendo votado, en lugares como Madrid, por más de un 11% del electorado. Una sorpresa aún mayor si se tiene en cuenta que su líder, Pablo Iglesias, apenas había aparecido en los medios masivos de comunicación.

El abrumador éxito de esta formación política no es sencillo de explicar. Se ha apuntado a su gran capacidad de gestión de las redes sociales, al voto indignado del amplio segmento de la población española cansado de los políticos profesionales y de los partidos tradicionales que busca una regeneración y renovación de la política, o a la radicalización de la política española que parece abandonar los espacios de centro, mayoritarios desde la Transición, desplazándose, por el efecto Zapatero, hacia posiciones más extremas, especialmente por la izquierda.

Sin duda, todos estos elementos tienen su peso, pero, una vez que Podemos ha irrumpido en el panorama político, se impone también una reflexión directa sobre su programa. Más allá de los motivos que pueden haber llevado a este éxito llamativo e inesperado: ¿qué es lo que propone realmente esta formación política?, ¿es cierto que apuesta por un nuevo modo de hacer política?, ¿hay nuevas ideas en su proyecto?, ¿contiene elementos de renovación?

Hay una distinción de tintes casi místicos entre lo público, bueno por definición y lo privado, siempre sospechoso y perjudicial

Contacto directo con el ciudadano
El análisis del programa de esta formación muestra una potente ambivalencia mezcla de aspectos novedosos y obsoletos. La originalidad aparece ya en la misma presentación del contenido (disponible en http://podemos.info/programa/) que indica que “el presente documento es el resultado de un proceso de elaboración colectiva del programa de Podemos a través de un método abierto y ciudadano en el que han participado miles de personas. Partiendo de la propuesta de un borrador el proceso ha consistido en tres etapas: (i) debate y aportaciones online a título individual, (ii) enmiendas colectivas de los Círculos Podemos y (iii) referéndum online sobre las enmiendas”. Este es, sin duda, uno de los rasgos novedosos de esta formación: la apuesta sin miedos por el contacto directo con el ciudadano y por su involucración en la política. Frente a un quehacer político que se ha ido distanciando de los ciudadanos hasta aparecer como un mundo aparte, distante y, en muchas ocasiones, corrupto, Podemos ha optado por involucrar al votante en la misma elaboración del programa, convirtiéndole automáticamente en “su” programa, no en “el” programa de un partido tradicional elaborado de manera oscura y opaca.

Esta actitud abierta aparece reforzada por una apuesta decidida por una total transparencia de la política y una lucha sin cuartel contra la corrupción y el enriquecimiento (real o presunto) de los políticos y de otras profesiones (particularmente las financieras).

En este sentido aparecen propuestas que abogan por la persecución y endurecimiento de las sanciones del delito fiscal (1.9), por el intercambio fluido y transparente de información fiscal entre todas las administraciones tributarias europeas (1.7), de medidas destinadas a evitar la profesionalidad de la política como la limitación del ejercicio del cargo público a dos legislaturas, la eliminación de las denominadas puertas giratorias, la propuesta de un salario máximo para los políticos no superior al salario medio del país en el cual han sido elegidos (el programa está elaborado para las elecciones europeas, etc.), la abolición de la percepción de 2 o 3 diversos tipos de pensiones del erario público, etc. (5.6).

Da la impresión de que Podemos ignora que el Estado del Bienestar maximalista entró en crisis en los países escandinavos hace ya más de dos decenios

Hay, sin duda, aquí, un soplo de aire nuevo que es el que parece haber sido detectado por un sector importante del electorado y del que deberían tomar nota los otros partidos. Los ciudadanos están muy cansados de una política distante y, en ocasiones corrupta, y están dispuestos a dar un crédito generoso a quien ofrece otro tipo de política.

Democracia asamblearia telemática
El grave problema que presenta Podemos es que este soplo de aire fresco se encuentra enmarcado en un viejo radicalismo de izquierdas de tintes casi mesiánicos, que puede convertir la utopía a la que Podemos y sus votantes, sin duda, aspiran, en una triste y problemática distopía.

Por ejemplo, en el aspecto económico, Podemos enumera toda una serie de medidas con fuerte impacto social y ciertamente agradables: jornada semanal de 35 horas, jubilación a los 60 años (1.1), derecho a una renta básica para todos (1.12), derecho a asistencia sanitaria universal y gratuita para cualquier persona que viva en la Unión Europea (3.4), etc. Ahora bien, no se toma la molestia de indicar de dónde puede salir todo ese dinero, más allá de una vaga reforma progresiva del IRPF. En otras palabras, gastos sin ingresos, algo ciertamente difícil.

Da la impresión de que Podemos ignora que el Estado del Bienestar (entendido en su sentido maximalista) entró en crisis en los países escandinavos hace ya más de dos decenios y que, para bien o para mal (probablemente para bien) no puede volver por meras razones de imposibilidad económica (1). Por eso, el intento de aplicar de nuevo estas viejas propuestas no deja de ser un acto de irresponsabilidad social, puesto que conduce (como estamos experimentando con crudeza en España desde hace años) a un empobrecimiento general de la población y al aumento del desempleo.

Podemos apuesta sin miedos por el contacto directo con el ciudadano y por su involucración en la política

El impulso a la participación activa de los ciudadanos es sin duda uno de los puntos fuertes y válidos de Podemos, pero también se pueden hacer algunas matizaciones ante la presencia de un cierto sesgo populista. No es lo mismo gestionar una Asamblea en la Complutense que un país. Recuerdo que en mi Instituto había gente que, cuando se estaba realizando la votación y antes de que se supiera el resultado, decía: “yo voto con la mayoría”. Afortunadamente, el tema de votación podía ser tan grave como cambiar la fecha de un examen.

Ahora bien, cuando Podemos plantea que “toda privatización deberá hacerse mediante referéndum” (1.6), postula una “democratización de la gestión de la inversión pública” (2.3) o la “conversión del BCE en una institución democrática” (1.3), podemos plantearnos si esa participación ciudadana no puede suponer un peligroso retroceso desde la Democracia representativa hasta la Democracia Asamblearia Telemática. La Democracia representativa (que tiene sus límites como cualquier institución humana) no está en vigor por la mera razón de que es imposible reunir asambleas de millones de personas, sino por la complejidad y dedicación de tiempo que requiere la política. ¿Es posible que la mayoría de los ciudadanos pueda dar un voto razonable en torno a una privatización? (a no ser, por supuesto, que toda privatización sea mala por definición) ¿Pueden estar los ciudadanos apretando continuamente el click del voto telemático (con conocimiento de causa) o tienen otras cosas que atender?

Fuera de lo público no hay salvación
Por último, si nos desplazamos a otros territorios ideológicos, la novedad de Podemos desaparece y deja paso a un rancio radicalismo de izquierdas que, en los últimos años, parece ir reforzándose y derivando hacia posiciones cada vez más marginales sin que sus defensores parezcan inmutarse lo más mínimo.

Encontramos así una distinción de tintes casi místicos entre lo público, bueno por definición, por lo que todas las propuestas que se hacen van inequívocamente acompañadas de este adjetivo; y lo privado, malo por definición, por lo que paralelamente, cualquier iniciativa de este tipo es condenada y rechazada (colegios concertados, cualquier tipo de privatización, etc.).

Podemos parece ignorar que la dilatación de lo público refuerza la soledad del individuo ante el Estado, un problema al que Giddens, desde la izquierda (2), había intentado poner coto promoviendo, en línea con el comunitarismo, las sociedades intermedias.

Pero aquí este problema permanece o desconocido o despreciado hasta el punto de que Podemos no tiene empacho en proponer la “revisión de la organización estatal para asegurar que las personas con cualquier tipo de enfermedad dependan directamente de los ministerios de sanidad, evitando así que la inversión pública destinada a su cuidado no quede en manos de intermediarios (fundaciones, asociaciones, centros especializados” (3.9). Es de suponer que, por su carácter “privado”, estas organizaciones resultan automáticamente sospechosas aunque ahorren millones al Estado (de nuevo el olvido de los problemas estructurales de un Estado del Bienestar maximalista) y de que es bastante posible que la gente quiera tener cuidadores cercanos y, a ser posibles, familiares.

Y, en esta línea, se suceden las propuestas de ideología radical: laicización del Estado; eliminación de los “privilegios fiscales” de la Iglesia Católica (que, curiosamente se autofinancia, al contrario de los partidos y sindicatos, punto que nadie parece recordar); defensa de la diversidad sexual, entendida como garantía del derecho a una vida libre de violencia para las personas lgtbi, es decir, lesbianas, gays, transexuales, bisexuales e intersexuales; derecho a la interrupción voluntaria del embarazo de forma segura, libre y gratuita; a una “muerte digna”; etc.

La novedad de Podemos, como se ve, no está aquí. En este terreno no hay más que una re-proposición de una ideología radical presente en otros grupos y con el mismo ligero tufillo antidemocrático. Solo si piensas como nosotros eres realmente demócrata. La novedad está en su impulso de renovación de la política, ciertamente necesaria, deseable y deseada. Un impulso, sin embargo, que, a nuestro juicio, debe hacer las cuentas con la realidad; es decir, realizar un serio ejercicio de responsabilidad y entrar en diálogos con los matices y con la complejidad. Lo cual no significa necesariamente traicionar a la idea inspiradora sino hacer auténtica política que ha sido definida como el “arte de lo posible”. Las propuestas radicales y sin fisuras –eso sí, de tinte muy hispánico–, es mejor que no salgan de los foros académicos, puesto que sus consecuencias sociales pueden ser desastrosas.

Juan Manuel Burgos es Filósofo y Profesor de la Universidad CEU – San Pablo.

____________________________

Notas

 

(1) Cfr. M. Rojas, Reinventar el estado del bienestar. La experiencia de Suecia, Gota a gota, Madrid (2008). 

(2) Cfr. Anthony Giddens, La tercera vía. La renovación de la socialdemocracia, Taurus, Madrid (1999).

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares