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Podemos: entre la izquierda dura y la transversalidad

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La retórica populista entronca con la concepción marxista de la sociedad, que ve en el conflicto el rasgo dominante de las relaciones sociales. Pero algunos pensadores posmarxistas, como el fallecido Ernesto Laclau y su mujer Chantal Mouffe, dan un paso más: en vez de plantear una lucha de clases, abogan por la transversalidad de colectivos, movimientos sociales y fuerzas políticas. La idea, aplicada en España por Podemos, es reunir a los indignados de todas las clases en un único frente antiestablishment.

Para estos teóricos del populismo, el foco de infección de la democracia –lo que ha originado la crisis de representación– está en el “capitalismo financiarizado”, que ha ido equiparando paulatinamente los programas de los partidos europeos de izquierdas y de derechas.

El modelo occidental de democracia, explica Mouffe en El País, fue el resultado de articular dos tradiciones en permanente tensión: la de la libertad y la de la igualdad. Pero “al volverse borrosa la frontera izquierda/derecha por la reducción de la democracia a su dimensión liberal, desapareció el espacio donde podía tener lugar esa confrontación agonista entre adversarios”. En estas “sociedades posdemocráticas”, además, han crecido las desigualdades hasta un punto en que “ya no solamente afecta[n] a las clases populares, sino también a buena parte de las clases medias”.

Construir pueblo

Frente a este “fenómeno de oligarquización de nuestras sociedades”, en las que un grupo reducido sustrae el poder a la mayoría, la politóloga belga defiende “una manera de hacer política” que se centre en “construir un nuevo sujeto de la acción colectiva –el pueblo– capaz de reconfigurar un orden social vivido como injusto”.

Para Mouffe, profesora de Teoría Política en la Universidad de Westminster en Londres, el error de los populismos de derechas es que “están construyendo un pueblo cuya voz reclama una democracia que se limita a defender los intereses de los considerados nacionales”. Para frenarles “no sirven la condena moral y la demonización de sus partidarios”, ya que eso reforzaría sus sentimientos antiestablishment, sino que es preciso reformular sus demandas “de modo progresista”.

La idea de tomarse en serio las inquietudes de los simpatizantes de esos partidos es quizá lo más valioso del planteamiento de Mouffe. Basta remontarse a la victoria de Trump para ver que las condenas y los aspavientos de los grandes medios progresistas durante la campaña no han servido de mucho.

Pero Mouffe construye su discurso sobre una premisa muy endeble. ¿Es cierto que el capitalismo ha hecho desaparecer el espacio de confrontación entre la izquierda y la derecha? ¿Que “la aspiración democrática ya no encuentra canales de expresión en el marco de la política tradicional”?

De la calle a las instituciones

Aunque a Laclau y a Mouffe se les considera referentes intelectuales de Íñigo Errejón –pero no de Pablo Iglesias, a quien se suele emparentar con otro marxista, Antonio Gramsci–, lo cierto es que el deseo de construir una voluntad colectiva de carácter transversal está en el origen mismo de Podemos.

Si el movimiento 15-M puso de relieve en 2011 la eficacia del grito “no nos representan” para llenar las calles y canalizar la indignación frente a los partidos tradicionales, el paro, los recortes o la corrupción, fueron las encuestas posteriores del entorno de Iglesias las que dieron el empujón final al mostrar que “había suficiente espacio para un nuevo partido con voluntad transversal”, explica el periodista Iván Gil en su libro Pablo Iglesias. Biografía política urgente (2015).

El salto de la calle a las instituciones se concretó en enero de 2014, con la presentación de un manifiesto en el Teatro del Barrio de Lavapiés (Madrid). Pocos meses después, en mayo, Podemos se convirtió en la cuarta fuerza política más votada en España, con el 7,9% de los votos. En las generales del 20 de diciembre de 2015, Podemos y sus formaciones aliadas en Cataluña, Galicia y Comunidad Valenciana lograron el 20,6% de los votos. Pero en la repetición de los comicios, el 26 de junio de 2016, llegó el primer gran susto: Podemos e Izquierda Unida (IU), con quien se había presentado en esta ocasión, perdieron un millón de votos respecto a los que habían logrado por separado seis meses antes.

A raíz de estos resultados, y aunque el choque de visiones entre los pablistas y los errejonistas venía de antes, Iglesias y Errejón se enfrentaron públicamente a mediados del pasado septiembre. “El día que dejemos de dar miedo (…) seremos uno más y ese día no tendremos ningún sentido como fuerza política”, dijo el secretario general de Podemos. Y Errejón replicó: “A los poderosos ya les damos miedo, ese no es el reto. Lo es seducir a la parte de nuestro pueblo que sufre pero aún no confía en nosotros”. E Iglesias, de nuevo: “Sí, compañero @ierrejon pero en junio dejamos de seducir a 1 millón de personas. Hablando claro y siendo diferentes seducimos más”.

Generar confianza

No sabemos cuánto hay de estrategia política y cuánto de convencimiento ideológico en esta pugna. Seguramente, las dos cosas vayan muy unidas en esta formación, como sugiere el hecho de que Errejón –al que Iglesias considera un “politólogo brillante”– sea el secretario político y jefe de estrategia de Podemos. Pero el duelo es real y tiene visos de agudizarse de cara al próximo congreso del partido, previsto para principios de 2017.

En un reciente artículo publicado en el diario 20minutos, Errejón sostiene que Podemos no puede limitarse a “señalar las injusticias y agitar la vida política”, sino que debe “generar confianza” para sumar a los que todavía les miran con recelo. De esta forma conseguirán la mayoría política necesaria para forjar “un nuevo acuerdo de país que ponga en el centro las necesidades de la gente”.

A sus críticos les recuerda que “esa mayoría popular que le puede dar la vuelta a la tortilla es necesariamente transversal: incluye por supuesto a la izquierda tradicional, pero va mucho más allá y no puede tropezar en sus viejas piedras”. E insiste: “Si no nos encerramos ni nos replegamos a ser una minoría ruidosa, si continuamos abriéndonos y tendiendo la mano, podemos ser el núcleo de un nuevo proyecto de país”.

El proyecto de Errejón no solo apunta a un cambio de estilo que fuerce a los pablistas a abandonar el tono de confrontación: en la práctica, se concreta en mantener la independencia de Podemos frente a IU –aunque deja la puerta abierta a las alianzas con “fuerzas hermanas”– para que los votantes no asocien la formación morada a la izquierda comunista.

Guerra de significantes

Se entiende que a Alberto Garzón, líder de IU y coportavoz de Unidos Podemos, no le haga ninguna gracia el discurso del número dos de Podemos, al que acusa de “hablar de cosas que no ofenden para intentar ganarse a la mayoría”. Garzón sí quiere “hacer una oposición beligerante”.

Entretanto, y al igual que hizo con la noción de socialdemocracia, Iglesias se ha lanzado a redefinir la idea de transversalidad. Para él, la batalla de la transversalidad no se gana en la “centralidad del tablero” por la que aboga Errejón. Más bien, pasa por reforzar la complicidad con IU y otras fuerzas de la izquierda que forman Unidos Podemos, y, al mismo tiempo, por conservar la “identidad impugnatoria” del principio. De ahí que abogue por seguir “cavando trincheras en la sociedad civil”, como explicó el mes pasado en una larga entrevista realizada por eldiario.es. “Las trincheras no se hacen para defenderte, se hacen para preparar un asalto. Las trincheras son las condiciones de posibilidad de tomar el castillo. Ese es nuestro papel ahora (…)”.

Sin embargo, ambos líderes siguen coincidiendo en lo esencial: la necesidad de articular una voluntad popular que reúna a “los de abajo” contra “los de arriba”; a “nosotros”, los desposeídos, contra “ellos”, las élites corruptas. Hasta ahora, explica Jorge Galindo en El País, este “discurso frentista” les ha servido para atraerse al profesor y al becario –jóvenes de izquierdas con estudios universitarios–, pero también a un sector de la clase obrera. Ahora bien, el problema de “identificar a todos en una sola categoría: la gente” es que “con cualquier paso en falso, algunos que se pretendían ‘nosotros’ pueden ser vistos de repente como ‘ellos’ por obreros, becarios o profesores”.

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