La postura del Vaticano sobre Jerusalén vuelve a interesar

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Duración lectura: 3m. 34s.

Análisis

Es difícil encontrar algún elemento positivo o esperanzador en la nueva crisis prebélica que vive el conflicto entre israelíes y palestinos, semilla a corto o medio plazo de un enfrentamiento mucho más sangriento que el registrado en las últimas semanas de intifada. El fracaso radical del plan de paz definido por los Acuerdos de Oslo de 1993 marca el triunfo de la visceralidad de los extremismos musulmán y judío, que han acabado por imponerse a la racionalidad de una negociación.

El control de los Lugares Santos de Jerusalén ha sido el detonante de una crisis que pretende liberar agravios, odios y expectativas frustradas desde hace muchos años en un sector de la población palestina, y que solo esperaba el fracaso de Oslo para soltar amarras.

Pocos analistas auguraban este desenlace. La cumbre de Camp David celebrada a finales del pasado mes de julio dio a luz un compromiso en torno a tres de los cuatro grandes escollos para una paz definitiva: la superficie final del nuevo Estado palestino (hay que hacer hueco a 145 asentamientos y 300.000 colonos judíos), la seguridad interna y el retorno de los refugiados.

Estados Unidos e Israel presentaron incluso una propuesta sobre Jerusalén para que Arafat pudiera establecer la capitalidad palestina en alguno de sus barrios árabes periféricos. Pero el acuerdo se estrelló al abordar una reivindicación clave de musulmanes y judíos: la soberanía sobre sus lugares santos en la Ciudad Vieja de Jerusalén. Yasser Arafat rechazó de plano la astuta propuesta israelí: control palestino de los lugares santos musulmanes (en particular la Cúpula de la Roca y la mezquita de Al Aqsa, tercer lugar sagrado para el Islam después de La Meca y Medina), pero soberanía judía. Amén de otros argumentos, Israel aduce que en la llamada “Explanada de las Mezquitas” se encuentra también el lugar más santo para los judíos: el Muro de las Lamentaciones.

Los sucesos posteriores -la provocativa visita del líder de la extrema derecha israelí Ariel Sharon a la Explanada, y el comienzo del levantamiento palestino o “intifada de Al Aqsa”- dieron la razón a quienes proponían no hacer mercadería política con las disputas religiosas de alta carga explosiva.

Ésta ha sido la posición inveterada del Vaticano desde la ocupación de Jerusalén por Israel, en la guerra de 1967. Días después del fiasco de la cumbre de Camp David, la secretaria de Estado norteamericana, Madeleine Albright, viajó a Roma para conocer de primera mano la postura de la Santa Sede. El Vaticano fue también uno de los primeros destinos del actual ministro israelí de Exteriores, Shlomo Ben Ami, al recibir en fechas recientes el nombramiento de manos de Barak.

La posición de la Santa Sede elude cuestiones de carácter político como la soberanía territorial de Jerusalén -de ahí que no abogue, como erróneamente se ha afirmado, por una “internacionalización” de la ciudad-, sino que se centra en la trascendencia cultural y religiosa de los Lugares Santos para las tres religiones monoteístas: cristianismo, judaísmo e islam. En este contexto, el Vaticano aboga por un estatuto especial para los lugares sagrados de Jerusalén, que garantice la libertad de culto y el libre acceso a dichos lugares. Dicho estatuto estaría garantizado por un organismo internacional -en principio, Naciones Unidas-, aunque lógicamente la administración de cada lugar recaiga sobre las autoridades de la religión afectada.

El fanatismo de los movimientros extremistas de ambas partes y el actual enfrentamiento armado han puesto sordina a la negociación en torno a esa base. Pero tanto el Vaticano como la minoría cristiana palestina están dando ejemplo en estos momentos de contención y sensatez. A la espera de que se apague el fragor de las pasiones -y con la esperanza puesta en que la nueva Administración norteamericana ponga desde el primer momento manos a la obra en un nuevo plan de paz-, la posición de la más veterana de las diplomacias mundiales se presenta como una de las mejores bases de partida.

Francisco de Andrés

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