En Líbano se abre una nueva etapa histórica

Análisis

Con la victoria de la coalición musulmana-druza-cristiana de Saad Hariri y Walid Yumblat en el norte del país, en la cuarta y última etapa de las elecciones legislativas, ha empezado en el Líbano una nueva era que pone fin a la dominación siria. Pero se abren ahora nuevas incógnitas sobre el objetivo más preciado de la pacífica “revolución del cedro” iniciada tras el asesinato, en febrero pasado, del ex primer ministro Rafik Hariri: la reconciliación nacional, después de los quince años de “pax syriaca”.

Muchos esperaban que la resonante victoria obtenida por el general Michel Aun en la región cristiana de Monte Líbano, donde se hizo con 21 escaños para sorpresa y enfado de la coalición tripartita, se iba a extender al norte, en la última fase de las elecciones. Para ello, Aun se había aliado con algunos veteranos líderes políticos: los incombustibles Soleiman Frangié, cristiano, y el musulmán sunnita Rachid Karamé, de los que se conocen sus buenas relaciones con el presidente sirio Bachar El-Assad.

No ha sido así. A pesar de que Aun había sido uno de los detonantes de la oposición a Siria, apenas regresó de sus quince años de exilio en Francia, sus adversarios le acusaron de dividir al frente anti-sirio, de mantener vínculos con el poderoso vecino y de proteger al presidente Emile Lahud, cuyas simpatías por Assad no son secreto para nadie. Ante esta sospecha, el veterano general (70 años), que había sido expulsado del país precisamente por el ejército sirio al término de la guerra civil, ha sido derrotado por la coalición tripartita, que se presenta como el portaestandarte de la ruptura con Siria.

Así, el hijo del asesinado Rafik Hariri, de 35 años, hábil empresario con múltiples negocios en Arabia Saudita, pero sin experiencia política, ha alcanzado la mayoría absoluta en la Cámara Legislativa (74 de 128 escaños). Está llamado ahora a formar un gobierno cuyo principal objetivo será introducir algunas reformas políticas, entre ellas la de la ley electoral, y levantar la deteriorada economía del país. No tiene, sin embargo, la mayoría parlamentaria de tres cuartos necesaria para cambiar la Constitución y así provocar la destitución del presidente Lahud, cuyo mandato fue prolongado de manera poco ortodoxa por tres años más a finales de 2004. Se recordará que aquella decisión, impuesta por Siria, desencadenó la dimisión del gobierno de Rafik Hariri.

La historia reciente es bien conocida: la ONU, bajo presión de Estados Unidos y Francia, aprobó una resolución que pedía la retirada de las tropas sirias del Líbano y el desarme de las milicias de Hezbolá, el partido de la minoría chiita apoyado por Irán y considerado por Israel como la mayor amenaza exterior a su seguridad. A la vez, se desencadenaba en buena parte del país una auténtica marea popular para pedir el fin de la tutela siria y la celebración de elecciones libres.

El deseo del pueblo se ha cumplido: las tropas sirias se han retirado y las elecciones han llevado al Congreso una mayoría anti-siria. Pero todavía es pronto para saber si la nueva etapa recién iniciada servirá para consolidar la reconciliación nacional esbozada a raíz del asesinato de Rafik Hariri, o para despertar las viejas rencillas de los múltiples clanes que mantienen vivas los diferencias étnicas y religiosas.

La singularidad libanesa

Para situarnos mejor en el contexto libanés hay que tener en cuenta varios factores. El primero es la cruenta guerra civil (1975-1990) que enfrentó primero a cristianos y a las milicias libanesas refugiadas en el país después del sangriento “septiembre negro” de Jordania y, a continuación, a cristianos y musulmanes en general, durante quince años en los que intervinieron tanto fuerzas sirias como israelíes. El segundo factor es los acuerdos de Taif de 1989, que pusieron fin a la guerra y permitieron a Siria establecer un auténtico protectorado en el Líbano, con el despliegue de más de 20.000 soldados. El tercero es la reforma de la Constitución, que dejó a los cristianos en paridad de representación popular con los musulmanes, en lugar de su anterior predominio de 60 a 40. El cuarto, la quiebra económica que ha permitido una corrupción sin límites, paralela al crecimiento de la deuda exterior, que hoy es de 43.000 millones de dólares. Quinto, la supervivencia de los clanes políticos que mantienen en el poder a las más viejas familias tradicionales del país. Y sexto, por no citar más, la intervención de la ONU tras el asesinato de Rafik Hariri.

Junto a este panorama hay que tener en cuenta la diversidad religiosa y étnica de los 3,5 millones de habitantes, incluidos unos 350.000 refugiados palestinos. Hay una veintena de confesiones religiosas, distribuidas en seis grandes grupos: maronitas, greco-católicos y greco-ortodoxos en el lado cristiano, y sunnitas, druzos y chiitas en el lado musulmán.

Según la Constitución, el presidente de la República debe ser un cristiano, el primer ministro un musulmán sunnita y el presidente de la Cámara Legislativa un musulmán chiita. Este sistema se ha mantenido incluso después de los acuerdos de Taif, si bien con una disminución de los poderes del presidente de la República en beneficio del jefe de gobierno, de tal manera que el primero ya no puede destituir al segundo ni disolver la Cámara. Igualmente se mantiene la distribución de cargos públicos entre los representantes de las comunidades religiosas oficialmente reconocidas, que son 17.

En este contexto, coincidiendo con la intervención de la ONU, diversos partidos políticos decidieron formar una coalición con el propósito de desterrar los últimos vestigios de la presencia siria y dejar en minoría a los simpatizantes pro-sirios de Hezbolá y Amal, integrados por chiitas. A su vez, estos dos últimos partidos no dudaron a aliarse con disidentes sunníes e incluso cristianos pro-sirios. Estas alianzas, algunas “contra naturam” pero destinadas también a iniciar una cierta “desconfesionalización” de la vida política, se encontraron con la sorpresa del retorno de Aun, considerado por muchos como una de las pocas personalidades ajenas a la corrupción. Aun decidió enfrentarse a la coalición liderada por Hariri y el dirigente druzo Yumblat, a quienes acusa de marginar a la parte cristiana.

Aun es ahora acusado falsamente de querer el retorno de la influencia siria y, sobre todo, de mantener las divisiones confesionales, además de sabotear la oposición anti-siria. El general se defiende diciendo que sus 21 diputados lucharán por una reforma que ponga fin al predominio de la vieja oligarquía corrupta. Esa oligarquía, sin embargo, se ha consolidado en el poder, por lo que Aun -que sin proclamarse confesional se ha alzado con la bandera cristiana- va a ser, en adelante, el enemigo a batir, con todas las tormentosas repercusiones que eso tendrá en la vida política.

Manuel Cruz

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