La desinformación sobre el origen del covid-19

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Duración lectura: 8m. 28s.
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Para frenar la difusión de bulos acerca del covid-19, en febrero pasado Facebook decidió reforzar sus filtros prohibiendo decir en sus plataformas que es de procedencia humana o que el virus causante es una creación artificial. De modo que eran eliminados los posts que sostenían que el origen de la pandemia estaba en el Instituto de Virología de Wuhan (IVW), la ciudad donde comenzó. Pero el 26 de mayo, Facebook levantó el veto.

El cambio de política, anunció Facebook, se adoptó “a la vista de las investigaciones en curso sobre el origen del covid-19 y tras consultar con expertos en salud pública”. Unas semanas antes, veinte científicos habían pedido, en una carta publicada en Science, que se investigara a fondo la posibilidad de un accidente de laboratorio en el IVW. Pero no pasó inadvertido que la decisión se tomara el mismo día en que el presidente norteamericano Joe Biden había ordenado a los servicios de inteligencia un informe sobre el origen del covid-19, incluida la posibilidad de que hubiera salido del IVW.

La sincronía es llamativa porque la orden de Biden no añadía ni quitaba nada a la probabilidad de la hipótesis del accidente de laboratorio. Y movía a preguntarse qué base en hechos y datos había tenido la censura implantada en febrero.

El acuerdo general es que la teoría sobre el IVW no tiene indicios directos a su favor y es la menos probable. Pero tampoco hay razones definitivas para descartarla, en primer lugar porque tampoco está demostrado el origen natural. Hasta ahora no se ha encontrado el SARS-CoV-2, como se denomina el virus del covid-19, en ningún animal, tampoco entre los que se vendían en el mercado Huanan de Wuhan, al que apunta el rastreo de los primeros casos detectados.

China emprendió una intensa campaña de propaganda para convertir el “virus chino”, como lo llamó Trump, en un “virus americano”

El principal motivo de las dudas en torno al IVW es la opacidad de China, junto con el empeño que ha mostrado de convencer al mundo de que el coronavirus vino del extranjero. En Occidente, los vigilantes de fake news han puesto el foco en los sospechosos habituales: los medios conspiranoicos del entorno de Donald Trump y de la extrema derecha. Pero la intoxicación informativa ha venido también, y en gran medida, del régimen chino.

El “virus americano”

China emprendió el año pasado una intensa campaña de propaganda para convertir el “virus chino”, como lo llamó Trump, en un “virus americano”. A juicio de Paul Charon, del Instituto de Investigación Estratégica de la Escuela Militar de París, “fue un ejercicio de manipulación relativamente sofisticado para invertir la estigmatización, inspirado en métodos soviéticos de los años 70 y 80, que se habían aplicado al virus del sida”.

Tras negar que hubiese un brote de una infección parecida al SARS y perder la ocasión de frenar la epidemia en sus inicios, Pekín acometió una ofensiva informativa tanto en el país como para el exterior. Las cuentas de diplomáticos chinos se triplicaron en Twitter y se duplicaron en Facebook en los primeros meses de 2020. En abril, la consultora Graphika había identificado unas 1.200 cuentas en esas plataformas y en YouTube, en parte creadas y mantenidas mediante inteligencia artificial, dedicadas a difundir el relato chino sobre el origen de la pandemia.

Los chinos se sirvieron también de un seudoexperto, Larry Romanoff, titular de cuentas en redes occidentales, que en ocho meses publicó un centenar de artículos en apoyo de las tesis de Pekín. Los difundieron sitios como Globalresearch.ca y semejantes, aficionados a denunciar complots. Pues en esta campaña, a veces los conspiracionistas de derechas han sido cómplices inconscientes de los comunistas chinos.

A finales de enero del año pasado, los medios oficiales chinos comienzan a decir que los norteamericanos crearon el SARS-CoV-2 en un laboratorio del Pentágono (en Fort Detrick, llegó a precisar el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Zhao Lijian, uno de los más activos desinformadores de la campaña) y lo introdujeron en China por medio de sus soldados que participaron en los Juegos Militares Mundiales celebrados en Wuhan en octubre de 2019.

Pangolines y congelados

En febrero abrieron otro frente, centrado en los pangolines. La Universidad Agronómica de Cantón dijo haber hallado un virus casi idéntico al SARS-CoV-2 en animales de esa especie, procedentes de Malasia, que habían sido incautados en primavera y en verano de 2019 en la aduana china. Tal estudio no se ha publicado, y en otoño de 2020, veterinarios y biólogos malayos anunciaron que en 330 muestras de pangolines no habían hallado rastro de coronavirus alguno.

En junio de 2020, la propaganda china apuntó a otro posible origen: alimentos congelados, importados de Vietnam y otros países. Tampoco aportó pruebas ni ha habido confirmación independiente. En septiembre siguiente el nuevo objetivo fueron los “200 laboratorios secretos de bioseguridad norteamericanos”, repartidos por el mundo, de los que pudo salir el virus, según un vídeo de CGTN, un medio estatal chino, difundido en las redes sociales.

Ocultación

Esta campaña, entre sofisticada y burda, no habría despertado tantas sospechas si no fuera acompañada de ocultación de informaciones sobre el origen de la epidemia en China. La misión de la OMS no fue admitida hasta pasado un año del primer brote, cuando ya había menos posibilidades de encontrar indicios directos, y solo pudo ver lo que le permitieron las autoridades chinas. Pekín se aferra a la conclusión del equipo internacional, para el que es “extremadamente improbable” que el SARS-CoV-2 procediera de una fuga accidental en el IVW. Pero el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, que había elogiado a China por su gestión de la crisis, dijo luego que las investigaciones de la misión no habían tenido amplitud suficiente.

La transparencia de otros ha sido explotada por China en beneficio propio. Algunos países –como Italia, Francia, EE.UU.– han adelantado la fecha de los primeros casos conocidos de infección tras descubrir rastros del virus en algunas muestras conservadas en bancos de sangre, procedentes de miles de personas. Los chinos no han dejado de subrayar que el SARS-CoV-2 circulara fuera antes del primer paciente reconocido por ellos. Pero no han hecho o publicado estudios semejantes.

Durante la misión de la OMS, aportaron apenas un centenar de análisis de sangre de enfermos con síntomas compatibles con covid-19 tratados en Wuhan antes de diciembre de 2019. Ninguno había encontrado el SARS-CoV-2. Pero, como dijo el director de la misión, Peter Ben Embarek, la selección de tan pocas muestras entre decenas de miles, era demasiado restrictiva.

Censura previa

La primera sospecha de que el virus pudo proceder del IVW es en realidad de fuente china, pero no se ha podido comprobar. A finales de febrero de 2020, el gobierno ordenó a los científicos someter a revisión y aprobación previa todo proyecto de investigación sobre el covid-19, y les prohibió comunicar a otras instituciones o personas datos de muestras biológicas, cultivos, etc. El régimen se aseguraba así el control de todo lo que sus especialistas dieran a conocer sobre la enfermedad.

Un grupo informal de científicos y otras personas interesadas han señalado puntos oscuros de la versión china

En consecuencia, fue retirado un trabajo, aparecido unos días antes en Research Gate (un portal de publicación preliminar de estudios) y firmado Botao Xiao y Lei Xiao, de la Universidad Tecnológica de China Meridional (Cantón). Decían que en Wuhan hay dos laboratorios que investigan sobre coronavirus de murciélagos, y uno está a 280 metros del mercado Huanan. Concluían: “Tras examinar sumariamente el histórico de los laboratorios, formulamos la hipótesis de que el coronavirus probablemente proviene de uno de ellos”.

La contribución de voluntarios

La opacidad china ha ido alimentando las sospechas, y no solo en los ambientes conspiranoicos, hasta la carta publicada en Science. Pero es significativo que a ello haya contribuido un grupo informal, llamado Drastic, de científicos y otras personas interesadas, cuyas pesquisas sobre el IVW estaban vetadas en Facebook. Una de ellas, la microbióloga italiana Rossana Segreto, de la Universidad de Innsbruck, descubrió que el genoma del coronavirus más próximo al SARS-CoV-2 que se conoce, revelado en febrero de 2020 por científicos del IVW, ya había sido publicado en parte por otros colegas del Instituto en 2016, aunque entonces llamaban al virus de otra manera.

Eso forzó a los del IVW a publicar una aclaración en la que precisaban también el origen del virus secuenciado: una vieja mina, poblada de murciélagos, donde en 2012 unos trabajadores habían contraído una neumonía desconocida, de la que algunos murieron. Un voluntario anónimo, al parecer de la India, descubrió más detalles sobre la extraña enfermedad y la mina en dos memorias y una tesis, elaboradas hace entre siete y dos años por doctorandos del IVW. La tesis, de 2019, permitió a un virólogo francés, Étienne Decroly, detectar una diferencia entre el fragmento de genoma publicado en 2016 y el correspondiente del genoma publicado en 2020. La diferencia está en los genes de la espícula, que es la “llave” con la que el virus entra en las células del huésped. Pero el IVW dice que es imposible reconstruir la secuenciación de 2016, pues la muestra no se conserva.

El origen del SARS-CoV-2 sigue sin conocerse, y quizá no se conozca nunca. Al fin y al cabo, tampoco se ha llegado a saber exactamente de dónde vinieron el virus del SARS y el del ébola. Lo peculiar del caso del nuevo coronavirus es que a la ignorancia se ha sumado la desinformación. Y las redes sociales, en su esfuerzo por detenerla, a menudo han apuntado mal.