El coronavirus y una enfermedad comunista

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Duración lectura: 7m. 17s.
El coronavirus y una enfermedad comunista

Ahora que el coronavirus se extiende velozmente por China, es común recriminar a las autoridades locales, explicación que conviene claramente a Xi Jinping y su gobierno. Ciertamente, los dirigentes de Wuhan y su provincia tienen culpa, pero eso no indulta a Pekín. La epidemia revela un vicio del propio régimen, un defecto de fábrica de los sistemas comunistas.

El premio Nobel de Economía Amartya Sen, que estudió las hambrunas, concluyó que no se dan en las democracias, como ilustra el caso de su país, la India, que tiene muchos problemas pero no los típicos del comunismo. Para atajar una hambruna –o una epidemia–, es esencial reaccionar ante las primeras señales; si no, después se vuelve muy difícil de contener. Esto, a su vez, requiere que la información circule libremente y que los dirigentes políticos tengan incentivos para actuar.

“Las hambrunas -explica Sen– matan a millones de personas en distintos países del mundo, pero no matan a sus dirigentes. (…) Y, si no hay elecciones, ni lugar para una crítica pública y no censurada, los que tienen la autoridad no tienen por qué sufrir las consecuencias políticas de su fracaso en la prevención de hambrunas”.

Sen recuerda el ejemplo de la hambruna china en los años 1960, que causó cerca de 30 millones de muertes. “La falta de libertad en los medios de comunicación confundió también al gobierno, alimentado por su propia propaganda y por los rosados informes que facilitaban las autoridades locales y que competían por hacer méritos en Pekín. Así, existen pruebas de que, cuando la hambruna llegó a su punto culminante, las autoridades chinas creían erróneamente que tenían 100 millones de toneladas más de cereales de las que tenían en realidad”.

Decir la verdad es peligroso

En efecto, las autoridades locales, las que conocen de primera mano la situación, son las que han de dar la alarma en cuanto aparecen los primeros indicios del problema. Pero en un país comunista, los dirigentes inferiores están fuertemente presionados a contentar a los jefes y tienen miedo de transmitir malas noticias, porque los de arriba se lavarán las manos cargándoles con la culpa.

Al principio del brote, las autoridades locales de Wuhan ocultaron información y castigaron a los que dieron la alarma

Así, ¿quién osa decir al líder supremo que su genial idea (la colectivización agraria de Stalin, el Gran Salto Adelante de Mao) está llevando al país al desastre? Sería jugarse el puesto, la libertad o algo más. Nikolái Bujarin, amigo personal de Stalin y miembro del Politburó, intentó convencerle de que detuviese las incautaciones de cosechas y de que el Estado pagase más por ellas a los campesinos. Y sucedió la catástrofe que temía. Bujarin cayó en desgracia, fue destituido y finalmente condenado en la gran purga y fusilado en 1938.

Todavía en 1932, cuando la carestía de alimentos causaba una mortandad tremenda, el jefe del Partido en Ucrania, Stanislav Kosior, informaba a Moscú que las noticias sobre hambre en la república eran rumores infundados. En el comunismo, la mentira salva el pellejo y la sinceridad se castiga.

Los vicios estructurales no se desarraigan fácilmente. Se vio en la catástrofe de Chernóbyl, y –aun después del comunismo– en el hundimiento del submarino Kursk. La epidemia de coronavirus es un caso semejante.

Difuminación de responsabilidades

Los dirigentes de Wuhan, más preocupados de complacer a los de arriba que de servir a los de abajo, cuando se detectaron los primeros casos, en diciembre pasado, ocultaron información crucial, quitaron importancia al asunto y reprimieron a quienes advirtieron del peligro. A principios de enero detuvieron a ocho médicos que habían dado la alarma. El más célebre era Li Wenliang, un oftalmólogo que en su chat dijo que había casos de una infección respiratoria semejante al SARS. Fue forzado a firmar una declaración en la que se acusaba a sí mismo de difundir rumores infundados. Li, de 34 años, contrajo el coronavirus de un paciente suyo, enfermó y acaba de morir el 7 de febrero.

Cuando la epidemia se hizo imposible de ocultar, llegó la segunda fase de la política comunista de contención: medidas extremas y difuminación de responsabilidades. Stalin decretó el exterminio de los kulaks. Wuhan fue declarada en cuarentena el 23 de enero, y el cordón sanitario se ha ido extendiendo hasta encerrar a más de 50 millones de personas. El transporte ha quedado suspendido, nadie puede salir ni entrar. Tampoco llegan suficientes suministros de material clínico, y es de temer que acaben faltando alimentos.

Han comenzado redadas de personas enfermas –o que lo parecen–, casa por casa, para recluirlas en hospitales de campaña improvisados en un estadio, un recinto ferial u otros establecimientos, donde apenas reciben atención médica. Puestos en largas hileras de camas dentro de enormes naves, hay peligro de que se transmitan enfermedades más contagiosas que el coronavirus, como tuberculosis u otras infecciones bacterianas. Además, esta “represión sanitaria” puede empujar a los enfermos a esconderse, lo que haría más difícil controlar la epidemia.

Y la calamidad provocada por la mala gestión de los responsables políticos se transfigura en objeto de un gran esfuerzo colectivo. De visita en Wuhan el 6 de febrero, la viceprimera ministra Sun Chunlan proclama que la región y el país atraviesan una “situación como de tiempo de guerra” y advierte: “No debe haber desertores, o serán expuestos a pública vergüenza para siempre”. De ahí la movilización para encontrar y recluir infectados.

Censura

En esta gran guerra patria contra el virus, hay que hacer frente también a los agentes de la propaganda enemiga, que intentan socavar la moral de los combatientes y del pueblo. Ahora son periodistas no autorizados, blogueros o simples usuarios de redes sociales. El 3 de febrero, el presidente Xi Jinping hizo un llamamiento al Partido a “reforzar el control sobre los medios e Internet”.

Con Xi Jinping, los puestos de responsabilidad se han cubierto con cuadros del Partido leales

En efecto, la Administración del Ciberespacio ha acusado a algunas redes sociales de “cooperar ilegalmente con servicios informativos en Internet en relación con noticias sobre la epidemia”. También ha anunciado que las principales serán sometidas a supervisión especial a fin de asegurar “un ambiente digital favorable para ganar la guerra de prevención y control del brote de coronavirus”. Se sabe que en Wuhan un informador independiente fue detenido por divulgar que delante de un hospital había visto un furgón funerario con cadáveres, y a otro le han cerrado la cuenta de WeChat (el WhatsApp chino) por la que transmitía sus crónicas (lo mismo han hecho con los usuarios que reenviaban sus mensajes).

En la era Xi

Aunque el desastre del coronavirus sigue la conocida tradición comunista, presenta dos peculiaridades significativas. Por un lado, en los tiempos actuales, la censura y el blindaje del régimen contra las críticas ya no puede ser como antes. Dice en Le Monde Fang Kecheng, de la Escuela de Periodismo de Hong Kong: “Hay tantas críticas, tanta indignación, que es difícil censurar todo”. El mismo diario trae ejemplos de mensajes que no han sido detenidos por los filtros oficiales, como este: “En vez de atacar el problema, detienen a los que lo denuncian”. La difuminación de responsabilidades no ha funcionado del todo.

Otra peculiaridad es de la era Xi, en comparación con épocas recientes del comunismo chino. La tendencia de los dirigentes locales a complacer a la superioridad y su miedo a disgustarla se han reforzado. Los puestos de responsabilidad se han llenado con cuadros del Partido, en vez de técnicos, en mucho mayor medida que antes. La lealtad al jefe cuenta más que la competencia. Es hasta cierto punto comprensible que alcaldes, gobernadores, secretarios provinciales de Partido no hayan hecho demasiado al principio de la crisis si, como dice un análisis del New York Times, tienen que dedicar un tercio de su tiempo a sesiones de estudio político, principalmente sobre los discursos de Xi. El presidente vitalicio –el segundo después de Mao– ha reforzado, a la vez que su poder y la pureza ideológica, el defecto comunista fundamental que puede dar lugar a crisis como la presente.

La epidemia de coronavirus pasará, pero China seguirá padeciendo una enfermedad crónica, que es el comunismo.

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