No hay afroamericanos, ni raza vikinga: no hay razas

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Duración lectura: 2m. 45s.

A pesar de que ha sido una de las primeras certezas que se han desprendido de la investigación genética, sigue causando sorpresa que las diferencias genéticas entre la población mundial sean mínimas, a pesar de las apariencias. Tanto, que algunos investigadores afirman que el concepto de raza, biológicamente hablando, no tiene sentido.

En enero de 1995, Luca Cavalli-Sforza y otros publicaron The History and Geography of Human Genes, el primer árbol genealógico mundial. La principal conclusión del estudio fue que las diferencias genéticas eran muy pequeñas, y que se debían, sobre todo, a adaptaciones a los distintos climas (ver servicio 10/95). Hace dos años, el Proyecto Genoma Humano reveló que todos los seres humanos tienen prácticamente el mismo ADN (un 99,9%). Solo hay diferencias en una de cada 1.000 ó 1.500 letras de nuestro código genético. Aunque las combinaciones matemáticamente posibles con ese 0,1% son suficientes para dar origen a la diversidad humana.

Desde entonces, los sucesivos estudios han confirmado esa tesis. Uno de los más recientes señala que en muestras del cromosoma 21 tomadas de poblaciones humanas de todo el mundo se da una semejanza asombrosa. Los investigadores hallaron que el 80% de las muestras se caracterizan por tres variaciones (haplotipos) comunes, y solo el 8% de los haplotipos son propios de alguna población (Patil et al., Science, 23-XI-2001, pp. 1719-23). Esto significa que en el genoma de una población humana determinada, lo peculiar de ella es mucho menos que lo común con las otras poblaciones. Es más, a veces, las personas tienen más parecido genético con personas de otros continentes que con otras más cercanas. Así, por ejemplo, un europeo puede tener un ADN más parecido al de un habitante del sudeste asiático que al de otros europeos.

El genetista Lynn Jorde, de la Universidad de Utah, ha vuelto sobre esta idea en una conferencia celebrada recientemente (cfr. Vancouver Sun, 30-X-2002). “Las diferencias entre personas de dos continentes distintos son mayores que las que se dan entre personas del mismo, pero muy poco más”, afirmó. Cuando los continentes están unidos, o lo han estado, no hay fronteras genéticas claras. Una muestra de ADN de dos personas de, por ejemplo, África y Europa presentan diferencias solo un 10% superiores a las que se encuentran entre dos europeos o dos africanos. Estas fronteras genéticas borrosas son consecuencia de las lentas migraciones de los primeros humanos a otros continentes.

Algunas revistas, como la New England Journal of Medicine, han publicado artículos con la idea de que no existen razas (“La raza no tiene significado biológico”, se titulaba un editorial del año pasado). Sin negarlo, algunos expertos han replicado que, aunque no haya grandes diferencias genéticas, sí se observan otras. Por ejemplo, los negros de Estados Unidos son más propensos a la hipertensión y a la diabetes que los blancos. Jorde, por su parte, señala que estas diferencias tienen interés científico, pero que no se deben a diferencias “raciales”. De ahí que algunos términos, como “afroamericano”, no sirvan de mucho para definir a un grupo social, ya que África es el continente con mayores diferencias genéticas entre su propia población.

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